Patria Grande

Sobre Introducción a la América Criolla de Jorge Abelardo Ramos

Hay una potencia intelectual muy característica en los autores clásicos de la tradición del materialismo histórico –pensamos en Marx mismo, Gramsci, el Trotsky de Literatura y Revolución, el Lukács de La novela histórica, Mariátegui o el José Revueltas de Cuestionamientos e intenciones o Visión del Paricutín para el caso mexicano– que tiene que ver con una fascinadora capacidad para abordar las producciones de la cultura –particularmente la literatura y el cine– con una fuerza tal que les permite incrustarlas en el telar de la época que les corresponde con una claridad extraordinaria para hacernos posible verlas como formas específicas de la producción humana indisociables de las contradicciones sociales y económicas fundamentales de que se nutren las pasiones plasmadas en cada una de ellas, presentándolas entonces como episodios o variables del gran drama de la historia y como acontecimientos incandescentes, ahí donde lo son de verdad, del despliegue apasionado de la gran política (Gramsci). Jorge Abelardo Ramos es otro ejemplo extraordinario de esa potencia intelectual esclarecedora.

No estoy diciendo que sea obligado ser marxista para ser un gran crítico literario o cultural –Auerbach, Curtius, Reyes, Chesterton o Lezama no fueron lo primero pero sí lo segundo–: lo que sí digo es que hay una amplitud arquitectónica y una potencia totalizadora de estirpe tal vez hegeliana que hace que un gran marxista, a la hora de abordar una obra de arte o de literatura, puede alcanzar registros verdaderamente prodigiosos. Léase por ejemplo La novela histórica de Lukács, un libro sinfónico y extraordinario en toda regla, como ejemplo de lo que digo. 

El Sartre de ¿Qué es la literatura? podría entrar también en esta nómina situado en una posición de equidistancia entre el marxismo y otras posturas filosóficas como el existencialismo, aunque es lo cierto que a Ramos no le hubiera gustado escuchar ese nombre junto al suyo dado el justificado coraje con el que reclamó enérgico, en un programa de debate sobre las Malvinas que puede encontrarse en internet, el hecho de que la prensa porteña le haya dedicado siete miserables líneas a la muerte en 1974 de uno de los grandes pensadores argentinos y latinoamericanos que fue Jauretche, y páginas y páginas enteras a la de Sartre en 1980, insignificante a todos los efectos desde la perspectiva de la comprensión de los verdaderos problemas orgánicos, estructurales e históricos de la patria argentina (y por su través de la Patria Grande), que es la ley suprema de todo pueblo con dignidad. A José Revueltas también, en su momento, le aventaron como insulto el adjetivo de “sartreano” cuando se le fueron encima sus camaradas comunistas por la publicación de su –por otro lado– magistral novela Los días terrenales.  

Y es que es ese coraje viril y patriótico (o digamos mejor “gran patriótico”) de Jorge Abelardo, en todo caso, la clave fundamental de distinción que le da una vitalidad extraordinaria e intelectualmente muy estimulante, vale decir emocionante, a todo lo que escribió sobre infinidad de temas de la cultura objetiva argentina y latinoamericana en su inserción en la dialéctica mundial con un enfoque de gran sutileza y profundidad desde el que lograba aislar, con el mismo genio sarcástico y apasionado de Carlos Marx, pero también como el de Vasconcelos, el hilo de una contradicción social, económica o histórica, o detectar la sombra o los puntos ciegos ideológico-políticos de una obra, autor o acontecimiento determinado, construyendo un pensamiento de perfiles nítidos y consistentes y de entidad propia para situarse como una de las grandes figuras de la historia, la sociedad, la política y la cultura latinoamericanas y como uno de nuestros grandes clásicos de pleno derecho.

He terminado hace poco, quedándome al hacerlo con una impresión como la que acabo de describir, el libro Introducción a la América Criolla de Jorge Abelardo Ramos que la Dirección de Asuntos Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de Argentina publicó en 2023 como parte de la Colección de la Unidad Sudamericana.

El libro recoge un puñado de textos –son apenas siete– de procedencia diversa, en donde Ramos se nos presenta con toda la gallardía de su pensamiento incisivo y soberano doctrinalmente –y esto es fundamental subrayarlo: Jorge Abelardo Ramos tenía y creó doctrina propia, he ahí una de las claves de su valía histórica fundamental a todos los efectos–, que lo mismo abordaba, con un mismo nivel de severidad y pasión intelectual políticamente implantados, la figura de Manuel Ugarte (‘Redescubrimiento de Ugarte’) que el Martín Fierro de José Hernández (‘Martín Fierro y los bizantinos’), José Gaspar de Francia (‘Una mirada al supremo dictador’) o el proceso de la revolución peruana (‘La revolución peruana: un diálogo’, ‘De Mariátegui a Haya de la Torre’), la perniciosa presencia en Hispanoamérica de Gran Bretaña, nuestro máximo divisor común (‘Lord Ponsonby y la invención del Uruguay’) o, en fin, el gran problema de la nación inconclusa que es Hispanoamérica (‘140 millones de latinoamericanos buscan un país’).

En todos y cada uno de los textos Ramos se ponía metafórica –pero también tal vez literalmente– los guantes de box para entablar una dialéctica pugilística platónica en el sentido de que pensar es pensar contra alguien a propósito por ejemplo, por un lado, de la interpretación de un clásico de la literatura hispanoamericana como el Martín Fierro, en donde, demarcando de un plumazo firme el terreno en disputa, comienza diciéndonos esto: ‘No ofrecemos al lector una exposición sobre literatura pura: ni los esfuerzos de la química han logrado situar nada en estado específico. La impureza, por el contrario, es el modus constante de la naturaleza, de las letras y también de la política. Todas las tentativas de “purificar” algo concluyen generalmente en su esterilización. Nuestro tema será en consecuencia lo nacional y lo europeo en la literatura argentina y, por implicación, en la formación del pensamiento nacional latinoamericano’ (p. 45), o a propósito también, por el otro, del clima social e intelectual en el que se formó el extraordinario José Carlos Mariátegui, respecto de lo cual afirmaba con un sarcasmo penetrante esto:

‘El ambiente literario y periodístico en que actuaba el joven Mariátegui (y también, según su propia confesión, Haya de la Torre) estaba sumergido en un galicismo existencial, suerte de “dandismo” verbal que se apodera de su generación y que era tan típica de una Lima no peruana, como lo era de aquella Buenos Aires no argentina. En el caso peruano, el contraste resultaba patético, pues más allá de la frivolidad limeña se escondía el Perú indígena, que era casi todo el Perú… Esa frivolidad de la inteligencia limeña en un país trágico, tenía hondas raíces. Ya Bolívar, que como San Martín había sufrido el cerco de esa sociedad oligárquica empapada en sangre indígena, había definido a Lima con estas palabras: “Oro y esclavos”. Como en casi todas las capitales de América Latina, el núcleo intelectual soñaba con Europa. Pretendía huir de la pobreza circundante y de su clase privada de destino por los fuegos fatuos de la “pose” literaria o por la expatriación.’ (pp. 134 y 135).

Hay un coraje, ya digo, o tal vez y mejor una cólera que acaso podríamos elevar a rango de categoría bautizándola como “cólera jorgeabelardiana” –tal como acá en México tenemos la “desesperación vasconcélica” o la “inteligencia alfonsina” (Alfonso Reyes)– que está presente en todos estos textos de Introducción a la América Criolla cumpliendo una función de líquido de contraste de altísima causticidad que, primero, puede generar una suerte de reacción de repliegue inicial en la lectura pero que luego, por vía casi siempre irónica y sutil instrumentalizada con una sagacidad como la que Marx tenía al usar como nadie sus clásicos quiasmos como aquel que dice que “la crítica no es una pasión de la cabeza sino la cabeza de la pasión”, reconduce el recorrido crítico en direcciones que te llevan a escenarios esclarecedores y panorámicos y de una vastedad nueva enfrente de los cuales te quedas con una felicidad intelectual spinoziana (mentis libertas seu beatitudo) similar a la que ocurre, pongamos por caso, cuando luego de ir por una ruta no conocida desembocas de pronto en un escenario natural de belleza deslumbrante o ingresas a una biblioteca monumental como la de José Luis Martínez o al Cuarto de Maravillas de algún excéntrico novohispano coleccionista de arte.

Victor Ramos me explicó una vez que, sorprendentemente, y lo cito, ‘Abelardo fue un autodidacta, no terminó el secundario. Fue expulsado del colegio y no hubo manera de que siguiera. Lo calificaban como historiador los políticos y como político los historiadores. Algunos, intelectual, otros, pensador. Él no le daba importancia.’

Algo así pasó también con José Revueltas, que me parece que no terminó la secundaria. Es obvio que los dos se midieron con los mejores, por eso el balance final les será favorable, como diría por su parte Juan José Arreola.

Es momento ya de realizar ese balance, y de dar a conocer a todo lector hispanoamericano la obra y pensamiento de Jorge Abelardo Ramos, demasiado desconocido en México por lo demás, y de situarlo como uno de nuestros grandes clásicos del pensamiento, la organización política y la acción.

Introducción a la América Criolla es una atinada, sintética y panorámicamente ágil forma de comenzar a hacerlo.  

Publicación original de Patria Grande