Club Nikolái

Apaciguar el infierno

[Sobre La velocidad de la luz de Javier Cercas, 2005]

Las relaciones entre la literatura y la guerra son una constante fundamental, de hecho son constitutivas históricamente. En el vértice está la guerra de Troya, marco contextual en el que se dibuja la cólera de Aquiles como hilo conductor de la trama a partir de la cual se desarrolla la narración épica de la Ilíada. Esto supone el hecho de que el primer contexto y tema en y sobre los cuales nace la literatura, tal como la conocemos, fue la guerra.

Recuerdo a estos efectos que hace muchos años acudí a una mesa en la UNAM, me parece que en la Facultad de Filosofía, sobre algo que tenía que ver con la situación política nacional o internacional. En alguna de las mesas, uno de los ponentes habló con el desprecio característico de los intelectuales o académicos que se sienten moralmente superiores sobre la noticia que leyó no sé dónde sobre el hecho de que un soldado norteamericano que participaba, según creo recordar, en la guerra de Irak o de Afganistán, tenía en su mochila la Ilíada y la Odisea, dando a entender lo escandaloso de la situación por considerar una blasfemia el hecho de que un soldado imperialista despreciable se atreviera a tener una obra sublime de la historia de la literatura como la de Homero.

La primera evidencia que tuve al instante fue la de que el ponente era pacifista y estaba contra la guerra y era un progre antiimperialista muy seguramente. La segunda fue la de que también era un ignorante dogmático y panfletario integral, porque el hecho de que un soldado, el que sea, donde sea y en el período histórico que sea incluido el presente, tenga la obra de Homero en su mochila no es una contradicción ni una blasfemia torcida sino más bien todo lo contrario: me parece absolutamente razonable porque las dos obras con que arranca la gran tradición de la literatura universal tratan sobre, giran alrededor y se alimentan de la guerra y solo de ella.

Y de ahí hasta Guerra y paz de Tolstoi o Vida y destino de Grossman. El hecho de que se esté a favor de un bando o del otro es otra cosa, porque en el fondo, para decirlo con Jorge Abelardo Ramos, lo importante no es ganar o perder sino la lucha misma como ámbito de templado fundamental del carácter de un hombre, de un pueblo o de una nación.

Para el caso de México la trayectoria iría de Bernal Díaz del Castillo, ese personaje fascinante que fue soldado y escritor al mismo tiempo en la línea de Cervantes y con el que arranca la literatura mexicana en sentido estricto hasta la novela de la revolución mexicana, que, según Max Aub, es la gran aportación de México a la literatura universal en el siglo XX. Yo ajustaría lo dicho por Aub diciendo que fue la segunda gran aportación, porque la primera fue la de los cronistas de la Conquista como Bernal, precisamente.

Para el caso de España de lo que procede hablar, por cuanto al siglo XX, es de su guerra civil, que nos dio a Gironella, a Aub mismo, a Orwell o a La Esperanza de Malraux.

Este tipo de relaciones entre la guerra y la literatura es lo primero en lo que pensé cuando comencé a leer La velocidad de la luz de Javier Cercas, configurada no obstante en un contexto muy poco romantizable como la guerra de Vietnam, que desde siempre ha sido una de las bestias ideológicas principales a partir de las cuales se enderezaron las condenas y el odio al imperialismo norteamericano.

La segunda cosa en la que pensé es de tipo estrictamente biográfico, y tiene que ver con una estancia de verano que tuve el privilegio de hacer junto con mi hermano hace como treinta años en Seattle, concretamente en el Evergreen State College. Ahí tuve un profesor de inglés que me hizo recordar a Rodney Falk.

No recuerdo su nombre. Era de baja estatura, así que era difícil que pudiera haber sido elegible, supongo yo, para ser enviado a Vietnam, además de que no era tan grande y entonces no concordaban las cosas como para tener a un excombatiente de Vietnam como profesor.

Lo que sí recuerdo es su semblante, que en ese momento tal vez no fui capaz de caracterizar como “de izquierda” o “progresista”, mucho menos como trotskista, pero ahora que lo recuerdo me parece que por ahí han de haber ido sus tiros y su posición política. Nunca supe si tenía un gusto por la literatura, pero no me cuesta imaginar que sí. Yo no lo tenía todavía entonces. Después cambiaría todo de manera radical, y en ese momento las claves fundamentales ni siquiera se insinuaban aún. Lo único que estaba ya presente era el jazz. El piano y el jazz.

Además de aquel profesor que hoy me resulta de alguna manera entrañable (si hoy lo tuviera frente a mí tal vez le preguntaría sobre lo que piensa de la literatura de Melville o de Norman Mailer, o sobre el significado filosófico de Emerson sobre el que Harold Bloom llamó poderosamente mi atención), La velocidad de la luz me hizo también recordar la atmósfera de aquellas semanas en el Evergreen State, y me imaginé lo que sería ser un profesor asociado de literatura en el departamento de lenguas hispánicas o algo así.

Ahí están los elementos de esta espléndida obra de Javier Cercas: la guerra (Vietnam), la literatura (un escritor y profesor de Gerona/Barcelona que a todas luces es un alter ego de Cercas), Estados Unidos, una ciudad menor y sin carácter (Urbana Illinois), una universidad tal vez sin demasiadas ambiciones o prestigio y un conjunto de destinos que se entrelazan alrededor de un personaje trágico: Rodney Falk, excombatiente de Vietnam atormentado por el conjunto de atrocidades de las que fue testigo y partícipe y que de alguna manera busca apaciguar su infierno a través de la literatura y el olvido, y que es reconstruido por Cercas a partir del modelo de Ernest Hemingway, que mezcló también guerra y literatura y decidió, como Rodney, terminar él mismo con su vida.

El valor fundamental de la novela está definitivamente, me parece a mí, en la historia de Rodney y en los detalles de la forma en que la vida de un ciudadano de una nación imperial como Estados Unidos termina destruida a través del sistema de guerras que todo imperio está obligado a ejecutar por fuerza de la dialéctica trágica de la geopolítica.

El propio Cercas aclara, en la nota final del autor, que el corazón de esta obra es efectivamente el de la guerra de Vietnam como experiencia de destrucción geopolítica de la vida civil, indicando las obras consultadas a esos efectos sobre las experiencias de los ex combatientes: Nam, de Mark Baker, War and Aftermath in Vietnam, de T. Louise Brown, A Rumor of War de Philip Caputo, Dispatches de Michael Herr y el texto “Trip to Hanoi” de Susan Sontaga incluido en Styles of Radical Will.       

El carácter autobiográfico participa como elemento de construcción de la obra a través del destino del personaje narrador (Javier Cercas reconstruyendo la historia, que investigando un poco se puede verificar que fue cierta), un escritor en ciernes que de Gerona/Barcelona y un presente insulso y un futuro difuso de todo punto decide irse una temporada a la Universidad de Illinois campus Urbana como profesor de literatura, teniendo por suerte el haber compartido cubículo con el personaje central Rodney Falk llamado a delimitar el antes y el después: ‘Ahora llevo una vida falsa, una vida apócrifa y clandestina e invisible aunque más verdadera que si fuera de verdad, pero yo todavía era yo cuando conocí a Rodney Falk. Fue hace mucho tiempo y fue en Urbana, una ciudad del Medio Oeste norteamericano en la que pasé dos años a finales de la década de los ochenta’.

Entre Urbana y Barcelona pasan los años y los desencuentros, el suicidio de Rodney y el éxito del narrador (nunca se sabe su nombre) que muy posiblemente es el generado alrededor de Soldados de Salamina, la destrucción de su familia a golpes del éxito alcanzado y que no supo controlar y que terminó por convertirse también en su propio infierno, la muerte de mujer e hijo y la literatura como ejercicio de representación del drama civil, político, individual, intelectual y geopolítico en el que este par de destinos queda envuelto al igual que el de todos nosotros nos guste o no.

Uno ha crecido en la condena ideológica y política al imperialismo de los Estados Unidos, y la guerra de Vietnam sigue siendo el emblema de ese desprecio compartido por generaciones enteras. Las referencias consultadas por Javier Cercas para la fundamentación de esta historia personal sobre el infierno que fue para quienes lo padecieron pero no desde las calles y las protestas sino desde las mismísimas tropas de Estados Unidos in situ dan un poco de perspectiva y tal vez de compasión. Eso es lo que en mí inspiró Rodney Falk visualizado como mi profesor de inglés del Evergreen State College de Seattle hace como treinta años y de cuyo nombre no logro acordarme.

Todo mundo, supongo yo, tenemos nuestros infiernos, y cada uno los apacigua como puede. La velocidad de la luz es a estos efectos una obra muy buena, muy buena y digna que trata sobre eso, sobre cómo apaciguar un infierno. Javier Cercas es un gran escritor y con ella ha hecho ganar a la literatura.