Club Nikolái

Quinceava noche en el Sályut

Eran las 12.30 del día del sábado 24 pasado y LD. nos estaba esperando ya en el Café La Habana para nuestra quinceava tertulia literaria. Éramos L. y yo nada más y el libro que nos convocaba era La velocidad de la luz (2005) de Javier Cercas, que yo logré conseguir muy rápido cuando salimos de la sesión anterior por ahí de fines de noviembre pasado.

De Cercas yo había leído ya dos libros: Soldados de Salamina (2001), que según entiendo es el que lo lanzó al estrellato con la correspondiente adaptación cinematográfica homónima (David Trueba, 2003) y Anatomía de un instante (2009).

La primera está ambientada en el contexto de la guerra civil española y acaso podamos decir que se articula alrededor del instante en el que un miliciano republicano que descubre al ideólogo y fundador de Falange Española Rafael Sánchez Mazas, que andaba huyendo en el bosque luego de haber sobrevivido a un frustrado asesinato masivo, decide no dispararle teniéndolo de frente, desarmado y sin lentes; la segunda lo está en el del golpe militar en España del 23 de febrero de 1981 y se articula alrededor del instante, también, en el que, al entrar los elementos militares golpistas para disparar en el hemiciclo del Congreso de los Diputados produciendo un estruendo que mandó al suelo a toda la clase política de la democracia española en fase de transición, hubo tres personas que se mantuvieron en pie: el presidente de gobierno Adolfo Suárez, el secretario general del Partido Comunista de España Santiago Carrillo, y el vicepresidente de gobierno y capitán general Manuel Gutiérrez Mellado. Anatomía de un instante es un libro formidable al que llegué por la recomendación que le leí a Alessandro Baricco, y lo reseñé aquí mismo en otro momento.

LD. no había leído La velocidad de la luz para esta ocasión, pero tenía tiempo que no nos veíamos y estábamos poniéndonos al día en lo que llegaba el resto. Al poco tiempo lo hicieron K. y F. Ellos sí la terminaron, y yo estaba a punto de hacerlo.

Es una cualidad notable del libro, y en general de la narrativa de Cercas según lo que hasta ahora llevo leído de él, la velocidad de lectura que permite abordar sus libros con un ritmo vamos a decir que vertiginoso y reiterativo sin que esto suponga, desde luego, un decaimiento de la calidad literaria sino más bien todo lo contrario. Y esto es lo que ocurre también con La velocidad de la luz:

‘Ahora llevo una vida falsa, una vida apócrifa y clandestina e invisible aunque más verdadera que si fuera de verdad, pero yo todavía era yo cuando conocí a Rodney Falk –dicen las líneas iniciales–. Fue hace mucho tiempo y fue en Urbana, una ciudad del Medio Oeste norteamericano en la que pasé dos años a finales de la década de los ochenta. La verdad es que cada vez que me pregunto por qué fui a parar precisamente allí me digo que fui a parar precisamente allí como podía haber ido a parar a cualquier otro sitio. Contaré por qué en vez de ir a parar a cualquier otro sitio fui a parar precisamente allí’.

F. comenzó hablando del problema de la culpa como posible pivote de la novela, según se va distribuyendo narrativamente alrededor de las dos historias entrelazadas: una alrededor de la culpa de haber participado en la Guerra de Vietnam (Rodney Falk), y la otra manifestada a través de la fama como “el Vietnam” de quien la padece (el narrador, que es muy fácil imaginar siendo el mismo Javier Cercas en alguna etapa de su vida), en el sentido de que el éxito puede ser una condena para muchos.

‘La novela podría ser leída entonces, nos dijo más o menos F., como una exploración de las posibilidades que la vida nos da para apaciguar el infierno’, siendo una de ellas la del suicidio. Es algo –continuó– que desarrolló Fitzgerald tanto en su obra como en su vida misma en función del problema de que el éxito puede ser el fracaso del escritor.

K. por su parte dijo que para ella no era la culpa lo que carcomió y terminó por destruir la vida de Rodney, porque lo que hizo fue un deber, y que su suicidio acaso pudo haber sido, según anoté, una estrategia narrativa que le hizo pensar en la afirmación de Terry Eagleton según la cual la narrativa sirve también para matar al personaje. ‘Bueno, más o menos es eso’, me dijo K., ‘es decir’, continuó corrigiéndome: ‘Eagleton se refiere a que las narrativas son como asesinos a sueldo interviniendo para salvar la situación. Para mí Cercas le da un final trágico a Rodney como una mala excusa para regresarle protagonismo al aspirante a escritor, quien, ante un personaje como Rodney, no puede ya darle fuerza a su historia paralela, así que la narrativa se ve obligada a intervenir deshaciéndose de Rodney para que el aspirante a escritor pueda concluir su historia.’

Está por otro lado la relación Rodney Falk – Hemingway como figuras trágicas que ven involucrada su vida con la guerra y la escritura dentro de un esquema histórico de posibilidades que solo un imperio como el de los Estados Unidos puede ofrecerle a alguien, y que terminan en el suicidio como única alternativa posible para apaciguar el infierno, su infierno.

En el caso de Hemingway, su infierno estuvo organizado alrededor de la muerte y su función detonadora de preguntas fundamentales sobre la vida, el deber, el valor y la valentía, el honor, la gloria y el destino. Por eso su obsesión por la guerra, la caza y los toros, esa institución histórica única y sublime mezcla de belleza, gracia y delicadeza por un lado y virilidad, valentía y sacrificio por el otro.

Cómo deploro y detesto por cierto, dicho sea de paso, el hecho de que hayan prohibido las corridas de toros en la ciudad de México políticos infantilizados e infantilizadores que, además de que obviamente no han leído a Hemingway ni saben seguramente quien es, no tienen agallas para parar en seco –y peor aún si es porque se la creen– la imbecilidad woke y progresista del ambientalismo, el animalismo y el afeminado buenismo pánfilo que está “contra-toda-forma-de-violencia”, postura que está detrás, funcionando a toda máquina, en el argumentario desde el que se terminó prohibiendo una institución, la de los Toros, que es más definitoria de México que la mismísima Virgen de Guadalupe por aquello de que, antes que guadalupanos, aquí fuimos taurinos, como dice muy bien mi amigo Onel Ortiz.

L. por su parte, desde su óptica de fotógrafa, nos hizo una semiótica de la portada de mi edición de 2005 (Tusquets) diseñada ex profeso como paratexto de la obra de Cercas, detectando el hecho de que hay una triple relación ciega, por decirlo de algún modo, en la que el lector es puesto detrás del narrador, que le da la espalda y que a su vez está detrás del personaje central, Rodney Falk, que observa en un espejo dándole también la espalda de suerte que nadie (nosotros los lectores, el narrador y el personaje protagónico) son capaces de verse el rostro como símbolo tal vez de la culpa que deambula fantasmal en toda la novela y entre nosotros.

Antes de dar por concluida nuestra quinceava “noche” en el Sályut (no era de noche pero quedémonos con esa idea para mantener intacto el sentido originario de las Noches en el Sályut), LD. nos contó un poco cómo va con su taller de actuación, cosa que llamó mucho la atención de F. al tratarse, nos contó, de una de las grandes pasiones de su vida al grado de que en su momento tuvo incluso la idea de poner en marcha una compañía de teatro.

Es un campo de acción humana fascinante el de la actuación –nos decía más o menos–, que tiene que ver con el desdoblamiento y la representación de la personalidad y la conciencia según los designios de las leyes dramáticas a las que un autor determinado –Shakespeare, Brecht, Ibsen, Usigli o Carballido– someten al actor, que, transfigurado, se presenta en escena ante los demás con la máscara de alguien que no es él, lo que me recuerda –según la insistencia que de ello solía hacer Gustavo Bueno– el origen del concepto de “persona”, traslación latina del término griego prósopon, que significa rostro, faz o, efectivamente, máscara teatral “per sonare” (para sonar) utilizada en el teatro griego antiguo mediante o a través de la cual el actor se la ponía sobre el rostro para poder así poner en acto el desdoblamiento actoral y hablar ante los demás.

La idea de persona entonces, dice Gustavo Bueno, supone la presencia de un grupo o de una sociedad que observa y escucha la conducta de alguien según “el papel” que la sociedad históricamente nos asigna a cada uno en el teatro de la vida (que bien puede ser una divina comedia, según Dante, o una comedia humana según Balzac), lo que a su vez supone que sólo podemos ser personas social, cultural e históricamente, vale decir moralmente, pero nunca aisladamente. Por eso nadie dice que alguien es un buen “individuo”, sino que es una “buena persona”.

F., en todo caso, nos recomendó muchísimo leer el teatro de Sartre, que es el que más lo ha cautivado, recomendándonos mucho Las moscas, Las manos sucias, El diablo y Dios y A puerta cerrada.

Yo tomé nota de todo porque en materia de teatro, no me pregunten por qué, me declaro un analfabeto consumado.