Los días terrenales

La Secretaría de Guerra de Trump: entre Hobbes y Schmitt, Kissinger y Napoleón

Hay algo que puede que no se haya tomado en cuenta con el rigor necesario, y es el hecho de que, en algún momento del año pasado, el gobierno de Trump cambió el nombre de su Secretaría de Defensa al de Secretaría de Guerra, trasladando las cosas a las coordenadas del siglo XIX.

Se trata de un cambio conceptual de fondo para modificar la disposición geopolítica de las Fuerzas Armadas norteamericanas con la que se nos estaba anunciando la llegada de una situación en la que Estados Unidos ha puesto al mundo en estado de guerra hobbesiana mediante el que ha hecho saltar por los aires el marco entero del Derecho Internacional configurado desde la Segunda Guerra Mundial, y que ha llevado a todos los Estados a tocar su fondo existencial político y a hacerse la pregunta de las preguntas: ¿cuánta fuerza militar y armamentística tenemos y cuál es nuestra capacidad real para entrar en una guerra si Estados Unidos nos invade, nos ataca o secuestra quirúrgicamente al Jefe del Estado correspondiente a nuestra nación política?

El estado hobbesiano es el estado de la fuerza natural, de la potencia política previa al Derecho, y se equivocan a lo grande quienes piensan que es el estado de la barbarie, de la irracionalidad, de los “errores en política exterior” o, peor aún, de la negación de la política, porque se trata precisamente de todo lo contrario como muy bien dice Carl Schmitt: ‘el estado de naturaleza es el estado auténticamente político’.  

No estamos volviendo a la barbarie ni ante el atroz despliegue de la irracionalidad. Lo que ocurre es otra cosa muy distinta: estamos en una situación genuinamente revolucionaria en la que una potencia nuclear (es decir, un imperio nuclear) está destruyendo un orden jurídico mundial para crear otro en función de sus intereses y de su potencia nada más, luego de lo cual habrá de crearse un nuevo orden como consecuencia del equilibrio que se logre una vez que alguien lo pare en el estricto terreno, también, de la fuerza, es decir de la guerra.

De la victoria en esa guerra se derivará una paz geopolítica;  una pax que será norteamericana, rusa o china o una mezcla tripartita (un orden tripolar), y a sus directrices habremos de atenernos según la fuerza geopolítica (económica y militar) de cada uno de nuestros estados nacionales.

Es una situación analogable históricamente a la producida por Napoleón en la etapa de expansión y conquistas europeas entre fines del siglo XVIII y principios del XIX según lo analiza Henry Kissinger en su soberbia obra de filosofía política Un mundo restaurado (1964).

Leamos con atención las palabras que utiliza para explicar el poderío expansivo y desestabilizador de Napoleón en su relación con Europa ajustándolas a los conceptos que, correspondientemente, utiliza hoy Donald Trump para explicar la política de fuerza de Estados Unidos en su relación con el mundo:

‘Siempre que exista una potencia que considere opresivo el orden internacional o la forma de su legitimación, sus relaciones con otras potencias serán revolucionarias. En tales casos no será el ajuste de las diferencias dentro de un sistema dado, sino el sistema mismo, el que se ponga en tela de juicio. Los ajustes son posibles, pero los mismos se concebirán como maniobras tácticas para consolidar posiciones con miras al enfrentamiento inevitable, o como instrumentos para minar la moral del antagonista. Es cierto que la motivación de la potencia revolucionaria puede ser defensiva; tal potencia puede ser sincera en sus protestas de que se siente amenazada. Pero el rasgo distintivo de una potencia revolucionaria no es que se sienta amenazada –ese sentimiento es inherente al carácter de las relaciones internacionales basadas en los estados soberanos– sino que nada puede tranquilizarla.’.

Lo que entonces fueron Italia, España, Prusia o el ducado de Varsovia para Napoleón, hoy podrían ser para Trump Irán, Venezuela o Groenlandia. O eso es lo que pretende.

Napoleón produjo como reacción el nacionalismo y fue vencido. Rusia ya sabemos todos quién es y dónde está.

¿Quién será entonces la Gran Bretaña, y dónde el Congreso de Viena de Donald Trump?

Publicación original de El Independiente