Hace más o menos dos años andando por la colonia Nápoles, muy cerca de avenida Insurgentes, entramos a una pequeña cafetería/panadería que nos llamó la atención. En el letrero del negocio decía “Boston Cookies” o algo así, Galletas Boston, y entramos.
El negocio era regentado por una señora norteamericana muy amable y simpática, de unos sesenta y cinco años o poco más, que bromeaba con mucho compañerismo con sus empleados –que no pasaban de tres– hablando un español totalmente soberano y fluido. Mientras comprábamos nos iba contando que llevaba más o menos veinte años en México, que era originaria de Boston y que, en efecto, las galletas eran horneadas con una receta de hechura propia, “al estilo Boston” o algo así, si no recuerdo mal.
Fue un encuentro muy raro y por completo inusual. No es común encontrarse con una persona estadounidense en la ciudad de México que es inmigrante pequeña empresaria de Boston y ya entrada en años que habla perfecto español y bromea amablemente con sus empleados, y que te cuenta que lleva décadas en México y que le encanta tu ciudad, cuando la impresión que normalmente se tiene de un norteamericano (o de un gringo) en México tiene el perfil del turista de la Condesa, o de alguna playa o de San Miguel de Allende.
Ese es el perfil tal vez más habitual. El otro podría ser el del empleado de alguna empresa norteamericana afincada en México (Walmart, ExxonMobil, yo qué sé) que ocupa algún alto cargo ejecutivo y que difícilmente te lo encuentras caminando por la calle. Y un último perfil podría ser el del funcionario de la Embajada o de alguna agencia de inteligencia que te dice que es reportero freelance o artista independiente pero que, en realidad, trabaja para el gobierno norteamericano como agente encubierto.
Pero nada de esto es nuevo. Las relaciones de penetración e intercambio entre México y Estados Unidos han sido muy intensas desde el inicio de nuestra vida independiente, pero particularmente al terminar la guerra civil norteamericana (1861-1865), que fue el período en el que en México se combatía, con Juárez a la cabeza, a las fuerzas de ocupación que Napoleón III había enviado a nuestro país como base de soporte del emperador pelele Maximiliano de Habsburgo.
El apoyo de fondos y armas norteamericanos para repeler a los franceses terminaría siendo decisivo, según cuenta John Mason Hart en la primera sección del capítulo primero (‘Armas y capital’) de Imperio y Revolución. Estadounidenses en México desde la Guerra Civil hasta finales del siglo XX (Océano, México, 2019), un libro ambicioso y extenso sobre los 135 años que recorren desde la resistencia de Juárez a Maximiliano hasta el año 2000, cuando el entonces TLC llevaba seis años de vigencia y otro pelele, Vicente Fox, llegaba a la presidencia de México.
‘Los mexicanos deben enfrentar el hecho de que los estadounidenses han afectado decisivamente la historia de su país desde principios del siglo XIX hasta el presente. La proximidad de Estados Unidos ha creado a menudo poco realistas esperanzas de generalizada prosperidad para las masas en un país subdesarrollado y subcapitalizado dominado por una oligarquía económica y política’, dice con frialdad Hart en el libro disponiendo el ánimo del lector para adentrase en una obra imponente y enciclopédica organizada en cuatro grandes secciones: El ascenso de la influencia estadounidense, 1865-1876, El régimen de Díaz, 1876-1910, Los años de la revolución, 1910-1940 y El reencuentro, 1940-2000, en donde pasa revista prácticamente de todo, desde armas hasta drogas pasando por la creación de Acapulco, el oro y la plata, las haciendas, obviamente los ferrocarriles y obviamente la banca.
Ningún sector queda fuera, en realidad, de la densa malla de relaciones México-Estados Unidos –unas buenas y otras malas, unas pequeñas y modestas y otras totalmente imperialistas– que explica Hart con minuciosidad penetrante dentro de las que, desde luego, por cierto, queda incluida aquella amable e inusual panadera de Boston de la colonia Nápoles de la ciudad de México que una buena tarde, hace más o menos dos años, conocimos.
Hace más o menos dos años andando por la colonia Nápoles, muy cerca de avenida Insurgentes, entramos a una pequeña cafetería/panadería que nos llamó la atención. En el letrero del negocio decía “Boston Cookies” o algo así, Galletas Boston, y entramos.
El negocio era regentado por una señora norteamericana muy amable y simpática, de unos sesenta y cinco años o poco más, que bromeaba con mucho compañerismo con sus empleados –que no pasaban de tres– hablando un español totalmente soberano y fluido. Mientras comprábamos nos iba contando que llevaba más o menos veinte años en México, que era originaria de Boston y que, en efecto, las galletas eran horneadas con una receta de hechura propia, “al estilo Boston” o algo así, si no recuerdo mal.
Fue un encuentro muy raro y por completo inusual. No es común encontrarse con una persona estadounidense en la ciudad de México que es inmigrante pequeña empresaria de Boston y ya entrada en años que habla perfecto español y bromea amablemente con sus empleados, y que te cuenta que lleva décadas en México y que le encanta tu ciudad, cuando la impresión que normalmente se tiene de un norteamericano (o de un gringo) en México tiene el perfil del turista de la Condesa, o de alguna playa o de San Miguel de Allende.
Ese es el perfil tal vez más habitual. El otro podría ser el del empleado de alguna empresa norteamericana afincada en México (Walmart, ExxonMobil, yo qué sé) que ocupa algún alto cargo ejecutivo y que difícilmente te lo encuentras caminando por la calle. Y un último perfil podría ser el del funcionario de la Embajada o de alguna agencia de inteligencia que te dice que es reportero freelance o artista independiente pero que, en realidad, trabaja para el gobierno norteamericano como agente encubierto.
Pero nada de esto es nuevo. Las relaciones de penetración e intercambio entre México y Estados Unidos han sido muy intensas desde el inicio de nuestra vida independiente, pero particularmente al terminar la guerra civil norteamericana (1861-1865), que fue el período en el que en México se combatía, con Juárez a la cabeza, a las fuerzas de ocupación que Napoleón III había enviado a nuestro país como base de soporte del emperador pelele Maximiliano de Habsburgo.
El apoyo de fondos y armas norteamericanos para repeler a los franceses terminaría siendo decisivo, según cuenta John Mason Hart en la primera sección del capítulo primero (‘Armas y capital’) de Imperio y Revolución. Estadounidenses en México desde la Guerra Civil hasta finales del siglo XX (Océano, México, 2019), un libro ambicioso y extenso sobre los 135 años que recorren desde la resistencia de Juárez a Maximiliano hasta el año 2000, cuando el entonces TLC llevaba seis años de vigencia y otro pelele, Vicente Fox, llegaba a la presidencia de México.
‘Los mexicanos deben enfrentar el hecho de que los estadounidenses han afectado decisivamente la historia de su país desde principios del siglo XIX hasta el presente. La proximidad de Estados Unidos ha creado a menudo poco realistas esperanzas de generalizada prosperidad para las masas en un país subdesarrollado y subcapitalizado dominado por una oligarquía económica y política’, dice con frialdad Hart en el libro disponiendo el ánimo del lector para adentrase en una obra imponente y enciclopédica organizada en cuatro grandes secciones: El ascenso de la influencia estadounidense, 1865-1876, El régimen de Díaz, 1876-1910, Los años de la revolución, 1910-1940 y El reencuentro, 1940-2000, en donde pasa revista prácticamente de todo, desde armas hasta drogas pasando por la creación de Acapulco, el oro y la plata, las haciendas, obviamente los ferrocarriles y obviamente la banca.
Ningún sector queda fuera, en realidad, de la densa malla de relaciones México-Estados Unidos –unas buenas y otras malas, unas pequeñas y modestas y otras totalmente imperialistas– que explica Hart con minuciosidad penetrante dentro de las que, desde luego, por cierto, queda incluida aquella amable e inusual panadera de Boston de la colonia Nápoles de la ciudad de México que una buena tarde, hace más o menos dos años, conocimos.
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