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Sicilia y la Mafia como sistema político V

Si partimos de la tesis de Palmiro Togliatti según la cual todo estado es una dictadura acorazada de hegemonía, eso significa que la violencia armada está siempre en el núcleo de poder de cualquier estado; o de otra forma: que el estado en realidad es una forma de totalización o sistematización de la violencia armada a partir de la cual se definen esquemas de relaciones sociales más o menos estables, más o menos equilibrados y más o menos armónicos.

La verdad de la política se define entonces –y aquí están de acuerdo Aristóteles, Maquiavelo y Spinoza con Gustavo Bueno– en la capacidad que un estado determinado tiene para mantenerse en pie en el tiempo con una forma antes que de otra.

La tarea pendiente sería caracterizar adecuadamente lo que ocurre con el sistema de poder de la mafia dentro de la ecuación totalizadora de la violencia armada, y el drama de todo radica en el hecho de que es en la forma del Estado democrático donde esa violencia mafiosa no se puede controlar (o totalizar o sistematizar), lo que supone un desafío de primer orden en términos de ontología política.

Donde sí se controla es en la dictadura, tal como le dijo Lenoardo Sciascia a Marcelle Padovani en una entrevista de hace años refiriéndose a la relación de la mafia con el fascismo y la democracia respectivamente –es decir, antes y después de la Segunda Guerra Mundial– afirmando por cierto una cosa realmente preocupante, porque el hecho es que, al no haber elecciones durante el fascismo, la mafia se pudo mantener más o menos a raya. Si hay elecciones, entonces la mafia se sale de control para convertirse, además y sobre todo, en uno de los elementos clave para la movilización del voto para pervertir hasta la médula a la democracia como forma de gobierno.

El ejemplo de la Sicilia de postguerra sigue siendo de definitivo rango canónico a estos efectos. Y ahí la mafia supo adaptarse a los nuevos tiempos cumpliendo además una función esencial, que fue la de contribuir al combate contra el comunismo.

‘Tras la Segunda Guerra Mundial –dice Íñigo Domínguez en Crónicas de la mafia–, el nuevo enemigo occidental era el comunismo. Para comprender la historia de Italia a partir de la caída de Mussolini, en 1943, no hay que perder de vista que el país hacía frontera con el Pacto de Varsovia y tenía el Partido Comunista más grande de Occidente, legitimado por una resistencia al fascismo. Podía ganar las elecciones cualquier día y arrimar Italia al otro bando, descuajeringando todos los equilibrios del mapa de la Guerra Fría.’

Podían ganar elecciones y de hecho las ganaron en Sicilia en abril del 47, cosa que puso nerviosos a todos tanto en Italia como en Estados Unidos, porque eso no podía ocurrir y de eso tampoco, según ellos, era de lo que se trataba. Así que se optó por producir, ¿por qué no?, una matanza deliberada en una fiesta sindical el 1 de mayo de ese año luego de los comicios regionales para generar terror y parálisis. Los responsables no fueron otros que los sicarios de la mafia, que habían encontrado su función esencial dentro del sistema electoral democrático.

Y la función en cuestión no se limitaba a Italia, sino que se inscribía en un esquema factorial de mucho mayores alcances, toda vez que ‘en la acción no solo estuvieron implicadas fuerzas políticas italianas. También […] intervino la OSS (Office of Strategic Services), germen de la CIA, fundada cuatro meses más tarde. De hecho, el jefe de los servicios secretos estadounidenses en Roma en ese periodo, James Jesus Angleton, se convertiría en los cincuenta en el responsable mundial de contraespionaje de la CIA. Era, pues, el primer experimento de un sistema que acabó siendo familiar en el resto del mundo y que implica delegar el trabajo sucio en criminales’ (Crónicas de la mafia, p. 56).

Nunca mejor encontrada una ocasión para encajar la famosa divisa –¿era de Al Capone?– de que alguien, a fin de cuentas, tiene que hacer el trabajo sucio: ‘Resulta que recién terminada la Segunda Guerra Mundial, de repente, ser fascista ya no estaba tan mal. El Estado te reciclaba’. (Crónicas, p. 58)

Edición original de El Sol de México