Jorge Abelardo Ramos (ya volveremos con él) dice que la historia continental de la América hispana puede explicarse a partir de tres momentos estelares homologables a cada una de nuestras naciones: colonización, emancipación y revolución nacional. Estos tres momentos constituyen lo que él llama la gran aventura, tras de la cual vendría fatídica la triple tergiversación de la mano del marxismo, el nacionalismo y el liberalismo.
Si son tergiversaciones es por el hecho de haber desviado un proceso de unidad nacional continental al término de la independencia global (Ayacucho 1824), llamado a desembocar en la desafortunada fragmentación de lo que la corona española había logrado mantener unido como totalidad atributiva durante tres siglos.
Debo decir no obstante que, para mí, el marxismo es un método fundamental de sistematización de las contradicciones históricas, y no estaría tan seguro de considerarlo una tergiversación: sería más bien una necesidad teórica que brota ella misma de la historia, en el sentido apuntado por Marx mismo cuando dice que ninguna sociedad se plantea problemas sin que antes estén dadas las condiciones materiales de su propia configuración como entidad problematizable. Las condiciones en litigio fueron las del capitalismo mercantil e industrial para el mundo occidental a partir del siglo XVIII, y las del capitalismo de la plata en el virreinato de la Nueva España desde el XVI.
En todo caso, uno de los grandes latinoamericanistas del novecientos –son los términos de Ramos– que entendieron la dimensión de la tragedia fue José Vasconcelos, tal como lo formuló en infinidad de obras de alta escala explicativa como La raza cósmica, Bolivarismo y Monroísmo, Historia del pensamiento filosófico y hasta en un guion cinematográfico titulado Simón Bolívar: en todos ellos –y muchos otros más– late un planteamiento como el siguiente de Bolivarismo y monroísmo:
‘Llamaremos Bolivarismo al ideal hispanoamericano de crear una federación con todos los pueblos de cultura española. Llamaremos monroísmo al ideal anglosajón de incorporar las veinte naciones hispánicas al Imperio nórdico, mediante la política del panamericanismo.
Bolívar tomó la iniciativa de creación de un organismo inter-hispanoamericano y para eso convocó el Congreso de Panamá. Sin embargo, no estaban sus ideas muy claras, desde que se aceptó la presencia en el Congreso de delegados de Norteamérica y aún se habló de una vaga unión “entre todos los países de régimen republicano del mundo”, contrapeso de la Santa Alianza, refugio de todos los monárquicos. La idea de raza no pesaba en una época en que la intromisión del inglés había reemplazado la influencia del pariente español. La comunidad del idioma no despertaba entusiasmo, acaso porque no se veía la amenaza; no era todavía el inglés idioma mundial de conquista. Y, por último, el problema religioso aún no surgía, porque todas las constituciones de los países nuevos habían garantizado sus privilegios a la católica. Nadie previó la asechanza de los misioneros del protestantismo, sembradores de la discordia entre cristianos, desde que invaden nuestros países, habiendo en Asia y en África tanto pueblo que resultaría beneficiado con cualquiera de los aspectos del cristianismo’.
Vasconcelos nos recuerda que quien señaló la improcedencia de que Estados Unidos estuviera presente en el Congreso de Panamá fue Lucas Alamán, para los efectos de lo cual convocó el correspondiente Congreso de Tacubaya pero sin ellos.
Las tergiversaciones señaladas por Ramos cobran sentido al advertir las líneas de fractura que cada una de ellas estaba llamada a activar: el nacionalismo fragmentaría una única identidad virreinal; el liberalismo barrenaría la infraestructura católica del sistema; y el marxismo, sobre todo el de inspiración soviética, pondría en duda a la nación política disolviéndola en un esquema de solidaridad internacionalista de los trabajadores que al final nunca se logró.
Lo que quedó claro desde siempre para Vasconcelos, en todo caso, es que el antagonismo geopolítico entre México y Estados Unidos iba a ser la marca fundamental de nuestro destino.
Jorge Abelardo Ramos (ya volveremos con él) dice que la historia continental de la América hispana puede explicarse a partir de tres momentos estelares homologables a cada una de nuestras naciones: colonización, emancipación y revolución nacional. Estos tres momentos constituyen lo que él llama la gran aventura, tras de la cual vendría fatídica la triple tergiversación de la mano del marxismo, el nacionalismo y el liberalismo.
Si son tergiversaciones es por el hecho de haber desviado un proceso de unidad nacional continental al término de la independencia global (Ayacucho 1824), llamado a desembocar en la desafortunada fragmentación de lo que la corona española había logrado mantener unido como totalidad atributiva durante tres siglos.
Debo decir no obstante que, para mí, el marxismo es un método fundamental de sistematización de las contradicciones históricas, y no estaría tan seguro de considerarlo una tergiversación: sería más bien una necesidad teórica que brota ella misma de la historia, en el sentido apuntado por Marx mismo cuando dice que ninguna sociedad se plantea problemas sin que antes estén dadas las condiciones materiales de su propia configuración como entidad problematizable. Las condiciones en litigio fueron las del capitalismo mercantil e industrial para el mundo occidental a partir del siglo XVIII, y las del capitalismo de la plata en el virreinato de la Nueva España desde el XVI.
En todo caso, uno de los grandes latinoamericanistas del novecientos –son los términos de Ramos– que entendieron la dimensión de la tragedia fue José Vasconcelos, tal como lo formuló en infinidad de obras de alta escala explicativa como La raza cósmica, Bolivarismo y Monroísmo, Historia del pensamiento filosófico y hasta en un guion cinematográfico titulado Simón Bolívar: en todos ellos –y muchos otros más– late un planteamiento como el siguiente de Bolivarismo y monroísmo:
‘Llamaremos Bolivarismo al ideal hispanoamericano de crear una federación con todos los pueblos de cultura española. Llamaremos monroísmo al ideal anglosajón de incorporar las veinte naciones hispánicas al Imperio nórdico, mediante la política del panamericanismo.
Bolívar tomó la iniciativa de creación de un organismo inter-hispanoamericano y para eso convocó el Congreso de Panamá. Sin embargo, no estaban sus ideas muy claras, desde que se aceptó la presencia en el Congreso de delegados de Norteamérica y aún se habló de una vaga unión “entre todos los países de régimen republicano del mundo”, contrapeso de la Santa Alianza, refugio de todos los monárquicos. La idea de raza no pesaba en una época en que la intromisión del inglés había reemplazado la influencia del pariente español. La comunidad del idioma no despertaba entusiasmo, acaso porque no se veía la amenaza; no era todavía el inglés idioma mundial de conquista. Y, por último, el problema religioso aún no surgía, porque todas las constituciones de los países nuevos habían garantizado sus privilegios a la católica. Nadie previó la asechanza de los misioneros del protestantismo, sembradores de la discordia entre cristianos, desde que invaden nuestros países, habiendo en Asia y en África tanto pueblo que resultaría beneficiado con cualquiera de los aspectos del cristianismo’.
Vasconcelos nos recuerda que quien señaló la improcedencia de que Estados Unidos estuviera presente en el Congreso de Panamá fue Lucas Alamán, para los efectos de lo cual convocó el correspondiente Congreso de Tacubaya pero sin ellos.
Las tergiversaciones señaladas por Ramos cobran sentido al advertir las líneas de fractura que cada una de ellas estaba llamada a activar: el nacionalismo fragmentaría una única identidad virreinal; el liberalismo barrenaría la infraestructura católica del sistema; y el marxismo, sobre todo el de inspiración soviética, pondría en duda a la nación política disolviéndola en un esquema de solidaridad internacionalista de los trabajadores que al final nunca se logró.
Lo que quedó claro desde siempre para Vasconcelos, en todo caso, es que el antagonismo geopolítico entre México y Estados Unidos iba a ser la marca fundamental de nuestro destino.
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