Si partimos de que la geopolítica se define como la perspectiva de explicación y análisis de la historia en función de la lucha a muerte por la ocupación del espacio y el poder, basta con revisar un mapa de lo que fue la Nueva España en el siglo XVIII y cómo quedó México tras la pérdida de California, Nuevo México y Texas a mitad del siglo XIX para tener un ejemplo de lo que fue padecer en carne propia los rigores de la geopolítica.
Es evidente que, al día de hoy, en México no hemos tocado un fondo tan profundo como aquel en el que perdimos porción tan considerable de territorio, y que esa dialéctica tan compleja debe de ser tenida como nuestra más dura escuela de lecciones de Estado y el único registro a cuya escala es posible medir el tamaño de Benito Juárez, que se forjó políticamente y fijó sus convicciones ideológicas y doctrinales para troquelar la nacionalidad en esa tragedia geopolítica:
‘Nos limitamos ahora –dice Andrés Molina Enríquez en su magistral La revolución agraria en México–, solamente a señalar el hecho concreto, innegable, indiscutible, de que antes de cincuenta años, a contar desde que Morelos abrió con arranque genial el primer surco de la obra fecunda de la verdadera Independencia, continuada por Guerrero y seguida por Álvarez, los elementos mestizos e indios, pugnando en esa obra por crear la nacionalidad, no sólo habían llegado a imponer dos Presidentes mestizos, como Guerrero y Álvarez lo eran, sino hasta un Presidente indio, real y verdaderamente indio, que supo ser el más fuerte, el más capaz y el más alto gobernante que ha tenido, en todos los tiempos, la región que constituye ahora el territorio de la República’.
Pero es Molina Enríquez mismo el que matiza un poco las cosas (‘Nuestro juicio sereno acerca de la guerra con los Estados Unidos’, La revolución agraria en México), en el sentido de que en ese entonces las fronteras más al norte de lo que hoy somos no eran tan claras ciertamente, y en correspondencia era imposible afirmar la presencia del dispositivo clave de todo estado (algo así como su ley de gravitación universal), que es la soberanía: ‘La indeterminación de los límites y la falta efectiva de una posesión capaz de ser alegada en el exterior como una Soberanía no pueden ser negadas. La verdad es que sobre aquéllos y éstos, ni el Reino de Nueva España, ni México Independiente, tuvieron más que una ocupación de recorrimiento, indeterminada, inconsistente, precaria, sin arraigo y sin administración, que, como dominación, era puramente nominal’.
En todo caso, es innegable que, desde la formulación de la Doctrina Monroe de 1823 –que en su planteamiento original estaba dirigida contra cualquier intento de imperialismo europeo a unos meses de que tuviera lugar la Batalla de Ayacucho (diciembre de 1824) con la que quedaría consumada la independencia americana de España–, Estados Unidos estaba llamada a ser la nación enemiga de México, geopolíticamente hablando, para todos los años y décadas y siglos por venir: ‘La existencia misma de México como país independiente –nos dicen Lorenzo Meyer y Josefina Zoraida Vázquez en México frente a Estados Unidos. Un ensayo histórico, 1776-2000 (FCE, 2003)– estuvo subordinada al resultado del choque entre la violenta expansión territorial y económica de Estados Unidos de América y la capacidad de la sociedad y los gobiernos de México para resistir este embate. Era indispensable preservar un mínimo de cohesión y voluntad para llevar adelante un proyecto que debería dar contenidos reales –económicos, sociales y culturales– a las formas políticas republicanas que sustituyeron a las del antiguo virreinato de la Nueva España. El proyecto consistía en hacer un verdadero Estado de una antigua colonia, con un extenso territorio y una gran riqueza, pero con una población heterogénea social, racial y lingüística’ (p. 9).
La historia moderna de México desde entonces hasta nuestros días es el registro de la lucha por lograr esa cohesión y voluntad nacionales capaces de enderezar un Estado fuerte para resistir la presión económica, militar, política y cultural de los Estados Unidos. Esa es nuestra segunda ley de la termodinámica, y la era de Trump no supone, ni mucho menos, una excepción.
Si partimos de que la geopolítica se define como la perspectiva de explicación y análisis de la historia en función de la lucha a muerte por la ocupación del espacio y el poder, basta con revisar un mapa de lo que fue la Nueva España en el siglo XVIII y cómo quedó México tras la pérdida de California, Nuevo México y Texas a mitad del siglo XIX para tener un ejemplo de lo que fue padecer en carne propia los rigores de la geopolítica.
Es evidente que, al día de hoy, en México no hemos tocado un fondo tan profundo como aquel en el que perdimos porción tan considerable de territorio, y que esa dialéctica tan compleja debe de ser tenida como nuestra más dura escuela de lecciones de Estado y el único registro a cuya escala es posible medir el tamaño de Benito Juárez, que se forjó políticamente y fijó sus convicciones ideológicas y doctrinales para troquelar la nacionalidad en esa tragedia geopolítica:
‘Nos limitamos ahora –dice Andrés Molina Enríquez en su magistral La revolución agraria en México–, solamente a señalar el hecho concreto, innegable, indiscutible, de que antes de cincuenta años, a contar desde que Morelos abrió con arranque genial el primer surco de la obra fecunda de la verdadera Independencia, continuada por Guerrero y seguida por Álvarez, los elementos mestizos e indios, pugnando en esa obra por crear la nacionalidad, no sólo habían llegado a imponer dos Presidentes mestizos, como Guerrero y Álvarez lo eran, sino hasta un Presidente indio, real y verdaderamente indio, que supo ser el más fuerte, el más capaz y el más alto gobernante que ha tenido, en todos los tiempos, la región que constituye ahora el territorio de la República’.
Pero es Molina Enríquez mismo el que matiza un poco las cosas (‘Nuestro juicio sereno acerca de la guerra con los Estados Unidos’, La revolución agraria en México), en el sentido de que en ese entonces las fronteras más al norte de lo que hoy somos no eran tan claras ciertamente, y en correspondencia era imposible afirmar la presencia del dispositivo clave de todo estado (algo así como su ley de gravitación universal), que es la soberanía: ‘La indeterminación de los límites y la falta efectiva de una posesión capaz de ser alegada en el exterior como una Soberanía no pueden ser negadas. La verdad es que sobre aquéllos y éstos, ni el Reino de Nueva España, ni México Independiente, tuvieron más que una ocupación de recorrimiento, indeterminada, inconsistente, precaria, sin arraigo y sin administración, que, como dominación, era puramente nominal’.
En todo caso, es innegable que, desde la formulación de la Doctrina Monroe de 1823 –que en su planteamiento original estaba dirigida contra cualquier intento de imperialismo europeo a unos meses de que tuviera lugar la Batalla de Ayacucho (diciembre de 1824) con la que quedaría consumada la independencia americana de España–, Estados Unidos estaba llamada a ser la nación enemiga de México, geopolíticamente hablando, para todos los años y décadas y siglos por venir: ‘La existencia misma de México como país independiente –nos dicen Lorenzo Meyer y Josefina Zoraida Vázquez en México frente a Estados Unidos. Un ensayo histórico, 1776-2000 (FCE, 2003)– estuvo subordinada al resultado del choque entre la violenta expansión territorial y económica de Estados Unidos de América y la capacidad de la sociedad y los gobiernos de México para resistir este embate. Era indispensable preservar un mínimo de cohesión y voluntad para llevar adelante un proyecto que debería dar contenidos reales –económicos, sociales y culturales– a las formas políticas republicanas que sustituyeron a las del antiguo virreinato de la Nueva España. El proyecto consistía en hacer un verdadero Estado de una antigua colonia, con un extenso territorio y una gran riqueza, pero con una población heterogénea social, racial y lingüística’ (p. 9).
La historia moderna de México desde entonces hasta nuestros días es el registro de la lucha por lograr esa cohesión y voluntad nacionales capaces de enderezar un Estado fuerte para resistir la presión económica, militar, política y cultural de los Estados Unidos. Esa es nuestra segunda ley de la termodinámica, y la era de Trump no supone, ni mucho menos, una excepción.
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