Aquí va una propuesta de teoría política gramsciano-maquiavélica para comprender algo así como la llave de bóveda de la dialéctica de configuración de todo estado, el que sea, desde una perspectiva de realismo político puro y duro.
Los elementos son, por un lado, la tesis sobre Maquiavelo de Antonio Gramsci según la cual “las reglas de Maquiavelo para la política se aplican, mas no se dicen”. Por el otro, la distinción de Dalmacio Negro entre forma de gobierno y forma de régimen: en el gobierno están en juego las fuerzas visibles y dinámicas –es decir, que cambian según los ritmos electorales– de una sociedad, en el régimen están las fuerzas invisibles y estáticas –es decir, que nunca cambian ni tienen por qué cambiar, pues están fuera del escrutinio electoral y democrático–.
O de otra manera: en el gobierno están todos los grupos de poder legal y legítimamente constituidos (partidos políticos, instituciones público-burocráticas de todo tipo, sindicatos) que dan la cara y a través de cuya trabazón conflictiva se procesan los mecanismos de la lucha por y el ejercicio del poder político-gubernamental (y de los presupuestos públicos); en el régimen, en cambio, están todos los grupos de poder reales, efectivos y actualísimos que pueden ser legales o ilegales, legítimos o ilegítimos, da igual: lo importante es que son poderes reales, con capacidad de violencia armada.
La clave gramsciano-maquiavélica consistiría entonces, en esta propuesta teórica, en el hecho de que esa regla de oro de la política tiene que ver con el sistema de pactos –que se aplican, mas no se dicen– a través de los cuales una forma de gobierno se articula con una forma de régimen para lograr un equilibrio estatal determinado, muchas veces catastrófico. Un ejemplo perfecto para demostrar esto es la Sicilia de fines de la Segunda Guerra Mundial.
El personaje central era Lucky Luciano, el célebre mafioso de Nueva York. El nombre de la operación: Husky, Operación Husky. El año: 1943. El objetivo era encontrar una manera de operar a nivel táctico el desembarco de los aliados en Sicilia, y la única forma de hacerlo era mediante la logística mafiosa. El eslabón era Luciano, en la cárcel desde 1936 pero donde seguía operando y dando instrucciones.
Íñigo Domínguez dice (Crónicas de la Mafia) que algunos estudiosos han puesto en duda la historia de la ayuda de Luciano en el desembarco siciliano, pero lo cierto es que hubo un necesario acuerdo o pacto para que se hiciera posible la logística que permitió que, en un mes, se liberara la isla, habiendo caído en cuenta los aliados de que la estabilidad en Sicilia, una vez vaciada de fascistas, sólo se podría lograr mediante un pacto con la Mafia, a la que olfato para adaptarse a lo nuevo desde luego que no le faltó:
‘De lo que no hay duda es que los capos mafiosos echaron una mano a los aliados, pero no hacía falta organizar nada antes: siguiendo su olfato, pudieron saltar ellos solos al carro de las nuevas autoridades. Se presentaban como jefezuelos locales, capaces de garantizar el orden contra el pillaje y el mercado negro, y además podían aportar credenciales como perseguidos por el fascismo… Varios capos frecuentaron los despachos de la AMGOT, el gobierno militar de ocupación, y del OSS, el servicio de inteligencia precursor de la CIA, y ya veremos más adelante con qué consecuencias.’ (Crónicas de la Mafia, p. 51).
Vaya que las hubo: por los servicios prestados, en ‘mayo de 1946 un decreto concedió a Sicilia un estatuto de autonomía especial, vigente hasta la actualidad, que otorgó a su Gobierno un enorme poder en todas las esferas. Un regalo al sistema de poder mafioso que explica en gran parte lo que es hoy la región de Sicilia, un monstruo de corrupción y derroche de dinero público.’ (p. 52). He ahí el sistema de pactos que “se aplicaron mas no se dijeron” en Sicilia entre 1943 y 1946 de los que se deriva la forma actual, ya lo vemos, de su fatídica y mafiosa dialéctica política.
Aquí va una propuesta de teoría política gramsciano-maquiavélica para comprender algo así como la llave de bóveda de la dialéctica de configuración de todo estado, el que sea, desde una perspectiva de realismo político puro y duro.
Los elementos son, por un lado, la tesis sobre Maquiavelo de Antonio Gramsci según la cual “las reglas de Maquiavelo para la política se aplican, mas no se dicen”. Por el otro, la distinción de Dalmacio Negro entre forma de gobierno y forma de régimen: en el gobierno están en juego las fuerzas visibles y dinámicas –es decir, que cambian según los ritmos electorales– de una sociedad, en el régimen están las fuerzas invisibles y estáticas –es decir, que nunca cambian ni tienen por qué cambiar, pues están fuera del escrutinio electoral y democrático–.
O de otra manera: en el gobierno están todos los grupos de poder legal y legítimamente constituidos (partidos políticos, instituciones público-burocráticas de todo tipo, sindicatos) que dan la cara y a través de cuya trabazón conflictiva se procesan los mecanismos de la lucha por y el ejercicio del poder político-gubernamental (y de los presupuestos públicos); en el régimen, en cambio, están todos los grupos de poder reales, efectivos y actualísimos que pueden ser legales o ilegales, legítimos o ilegítimos, da igual: lo importante es que son poderes reales, con capacidad de violencia armada.
La clave gramsciano-maquiavélica consistiría entonces, en esta propuesta teórica, en el hecho de que esa regla de oro de la política tiene que ver con el sistema de pactos –que se aplican, mas no se dicen– a través de los cuales una forma de gobierno se articula con una forma de régimen para lograr un equilibrio estatal determinado, muchas veces catastrófico. Un ejemplo perfecto para demostrar esto es la Sicilia de fines de la Segunda Guerra Mundial.
El personaje central era Lucky Luciano, el célebre mafioso de Nueva York. El nombre de la operación: Husky, Operación Husky. El año: 1943. El objetivo era encontrar una manera de operar a nivel táctico el desembarco de los aliados en Sicilia, y la única forma de hacerlo era mediante la logística mafiosa. El eslabón era Luciano, en la cárcel desde 1936 pero donde seguía operando y dando instrucciones.
Íñigo Domínguez dice (Crónicas de la Mafia) que algunos estudiosos han puesto en duda la historia de la ayuda de Luciano en el desembarco siciliano, pero lo cierto es que hubo un necesario acuerdo o pacto para que se hiciera posible la logística que permitió que, en un mes, se liberara la isla, habiendo caído en cuenta los aliados de que la estabilidad en Sicilia, una vez vaciada de fascistas, sólo se podría lograr mediante un pacto con la Mafia, a la que olfato para adaptarse a lo nuevo desde luego que no le faltó:
‘De lo que no hay duda es que los capos mafiosos echaron una mano a los aliados, pero no hacía falta organizar nada antes: siguiendo su olfato, pudieron saltar ellos solos al carro de las nuevas autoridades. Se presentaban como jefezuelos locales, capaces de garantizar el orden contra el pillaje y el mercado negro, y además podían aportar credenciales como perseguidos por el fascismo… Varios capos frecuentaron los despachos de la AMGOT, el gobierno militar de ocupación, y del OSS, el servicio de inteligencia precursor de la CIA, y ya veremos más adelante con qué consecuencias.’ (Crónicas de la Mafia, p. 51).
Vaya que las hubo: por los servicios prestados, en ‘mayo de 1946 un decreto concedió a Sicilia un estatuto de autonomía especial, vigente hasta la actualidad, que otorgó a su Gobierno un enorme poder en todas las esferas. Un regalo al sistema de poder mafioso que explica en gran parte lo que es hoy la región de Sicilia, un monstruo de corrupción y derroche de dinero público.’ (p. 52). He ahí el sistema de pactos que “se aplicaron mas no se dijeron” en Sicilia entre 1943 y 1946 de los que se deriva la forma actual, ya lo vemos, de su fatídica y mafiosa dialéctica política.
Doloroso pero cierto.
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