Ya no recuerdo de qué político se trataba. Era un programa de entrevista en el que hablaban sobre las películas favoritas del invitado en cuestión. Lo que sí recuerdo es que su respuesta fue definitiva e inmediata: su película (o películas) favorita(s) era(n) la saga de El Padrino, de Francis Ford Coppola, siendo la primera de 1972, la segunda de 1974 y la tercera de 1990, basada en la novela homónima de Mario Puzo de 1969.
Me parece que las razones que daba tenían que ver con la forma en que la lealtad y el valor de la familia eran retratadas de esa manera tan magistral por Marlon Brando, Al Pacino o Andy García, y que yo diría que marcaron a generaciones enteras por el glamour y romanticismo con los que se mostraba la historia de la Mafia, que a través de la película quedó popularizada y canonizada. A mí también me parece, qué duda cabe y por lo demás, una obra fílmica suprema.
En todo caso, me resulta muy curioso el hecho de que mientras que a nadie le resultó entonces –y tal vez tampoco ahora– ni extraño ni escandaloso el hecho de que un político haya dicho que una película sobre mafiosos fuera su favorita por “los valores” retratados en ella, hoy sería motivo de escándalo instantáneo el hecho de que ese mismo político o cualquier otro dijera que su película (o serie) favorita fuera, pongamos por caso, Narcos México de Netflix (2018) por “los valores” retratados en la serie. ¿A qué se puede deber esta paradoja si en ambos casos se trata de la historia del crimen organizado en toda regla?
Fijémonos además en lo escandaloso del asunto en cuanto a “los valores” de El Padrino reconocidos por nuestro político en cuestión si lo comparamos con lo que Salvatore Gravano, matón de los Gambino –una de las Cinco Familias que controlaban el crimen organizado en Nueva York por ahí de los 60 del siglo pasado– decía y hacía sobre su relación con El Padrino, efectivamente, según nos cuenta Íñigo Domínguez en Crónicas de la mafia: ‘Gravano añadió que empezó a usar las frases del filme y, es más, que le animó a matar más gente, porque entonces solo llevaba un asesinato. Luego llegó a diecinueve. A un matón de un clan de Nueva York le empezaron a llamar Luca Brasi, como el sicario de don Vito, porque era igual de fiel y efectivo. Es decir, la Mafia no era exactamente como El Padrino, pero a partir de entonces sí. Les gustó el fatalismo, la tradición, los valores familiares…’ (p. 33).
Como podemos observar, no es que la realidad supere a la ficción, como se suele decir, sino que ficción y realidad se combinan en una dialéctica de configuración sorprendente. Las cinco familias que controlaban Nueva York eran las siguientes: los Genovese, los Bonanno, los Gambino, los Lucchese y los Profaci (luego Colombo), y ellos fueron según Domínguez los que comenzaron a referirse con ese nombre extraño llamado a hacer historia: Cosa Nostra. ‘Quizá fue una etiqueta forzada por el FBI –continúa Domínguez–, para ocultar que hasta entonces no se habían enterado de nada sobre la Mafia. O quizá Valachi, un afiliado menor, dio forma a una expresión coloquial alusiva y críptica usada entre los capos para referirse a su mundo como una cosa suya, o para hablar de esa cosa secreta que se traían entre manos o bien para resumir que entre ellos eran la misma cosa, una sola cosa.’ (p. 30).
Pues vaya que es peligroso esto del cine pienso yo, porque Domínguez cuenta que con el paso del tiempo El Padrino vino a hacerse una película de culto de los mafiosos de todo tipo, algo así como su fuente de inspiración y de modelos a seguir, y ‘que no hay redada en casa de un capo donde no aparezca el DVD’ de El Padrino, o, para el caso, de Scarface de Brian de Palma (1984) o de Goodfellas de Scorsese (1990), otro par de tremendos peliculones.
Si no recuerdo mal, Edgar Valdez Villareal, alias La Barbie, tuvo el interés en algún momento de producir una película sobre su vida. ¿Qué director hubiera sido el más indicado para retratar “los valores” de semejante personaje?
Ya no recuerdo de qué político se trataba. Era un programa de entrevista en el que hablaban sobre las películas favoritas del invitado en cuestión. Lo que sí recuerdo es que su respuesta fue definitiva e inmediata: su película (o películas) favorita(s) era(n) la saga de El Padrino, de Francis Ford Coppola, siendo la primera de 1972, la segunda de 1974 y la tercera de 1990, basada en la novela homónima de Mario Puzo de 1969.
Me parece que las razones que daba tenían que ver con la forma en que la lealtad y el valor de la familia eran retratadas de esa manera tan magistral por Marlon Brando, Al Pacino o Andy García, y que yo diría que marcaron a generaciones enteras por el glamour y romanticismo con los que se mostraba la historia de la Mafia, que a través de la película quedó popularizada y canonizada. A mí también me parece, qué duda cabe y por lo demás, una obra fílmica suprema.
En todo caso, me resulta muy curioso el hecho de que mientras que a nadie le resultó entonces –y tal vez tampoco ahora– ni extraño ni escandaloso el hecho de que un político haya dicho que una película sobre mafiosos fuera su favorita por “los valores” retratados en ella, hoy sería motivo de escándalo instantáneo el hecho de que ese mismo político o cualquier otro dijera que su película (o serie) favorita fuera, pongamos por caso, Narcos México de Netflix (2018) por “los valores” retratados en la serie. ¿A qué se puede deber esta paradoja si en ambos casos se trata de la historia del crimen organizado en toda regla?
Fijémonos además en lo escandaloso del asunto en cuanto a “los valores” de El Padrino reconocidos por nuestro político en cuestión si lo comparamos con lo que Salvatore Gravano, matón de los Gambino –una de las Cinco Familias que controlaban el crimen organizado en Nueva York por ahí de los 60 del siglo pasado– decía y hacía sobre su relación con El Padrino, efectivamente, según nos cuenta Íñigo Domínguez en Crónicas de la mafia: ‘Gravano añadió que empezó a usar las frases del filme y, es más, que le animó a matar más gente, porque entonces solo llevaba un asesinato. Luego llegó a diecinueve. A un matón de un clan de Nueva York le empezaron a llamar Luca Brasi, como el sicario de don Vito, porque era igual de fiel y efectivo. Es decir, la Mafia no era exactamente como El Padrino, pero a partir de entonces sí. Les gustó el fatalismo, la tradición, los valores familiares…’ (p. 33).
Como podemos observar, no es que la realidad supere a la ficción, como se suele decir, sino que ficción y realidad se combinan en una dialéctica de configuración sorprendente. Las cinco familias que controlaban Nueva York eran las siguientes: los Genovese, los Bonanno, los Gambino, los Lucchese y los Profaci (luego Colombo), y ellos fueron según Domínguez los que comenzaron a referirse con ese nombre extraño llamado a hacer historia: Cosa Nostra. ‘Quizá fue una etiqueta forzada por el FBI –continúa Domínguez–, para ocultar que hasta entonces no se habían enterado de nada sobre la Mafia. O quizá Valachi, un afiliado menor, dio forma a una expresión coloquial alusiva y críptica usada entre los capos para referirse a su mundo como una cosa suya, o para hablar de esa cosa secreta que se traían entre manos o bien para resumir que entre ellos eran la misma cosa, una sola cosa.’ (p. 30).
Pues vaya que es peligroso esto del cine pienso yo, porque Domínguez cuenta que con el paso del tiempo El Padrino vino a hacerse una película de culto de los mafiosos de todo tipo, algo así como su fuente de inspiración y de modelos a seguir, y ‘que no hay redada en casa de un capo donde no aparezca el DVD’ de El Padrino, o, para el caso, de Scarface de Brian de Palma (1984) o de Goodfellas de Scorsese (1990), otro par de tremendos peliculones.
Si no recuerdo mal, Edgar Valdez Villareal, alias La Barbie, tuvo el interés en algún momento de producir una película sobre su vida. ¿Qué director hubiera sido el más indicado para retratar “los valores” de semejante personaje?
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