Es muy curioso por decirlo de algún modo: la actual administración de Donald Trump está señalando implacable el problema de los cárteles de narcotraficantes mexicanos, venezolanos y en general latinoamericanos como problemas de terrorismo y seguridad nacional, y acusando a las clases políticas de cada uno de nuestros países de colaboracionismo y contubernio con el crimen organizado.
Todos estamos al tanto de estas acusaciones que saturan los noticieros y las redes sociales y con las que se frotan las manos los opositores de turno, y estamos al tanto de las amenazas intervencionistas aquí y allá. Tratándose del mercado de consumo de drogas más grande del planeta, es entendible –digamos– que quieran tomar cartas en el asunto. De acuerdo.
Lo curioso en todo caso aparece –ya digo– cuando en Youtube uno se pone a buscar este tipo de noticias, y el algoritmo de pronto se dispara y te comienza a enlazar con contenidos que se salen del ámbito mexicano o latinoamericano y se te arraciman interminables entonces tremendos documentales y podcasts sobre los cárteles (o mafia) albanesa, y luego la rusa, la alemana (el fin de semana pasado vi la historia de un supuesto capo alemán de origen turco de nombre Necati Arabaci haciendo alarde como sultán impune y obsceno de su riqueza en Mónaco), la española, la sueca, la de Marsella en Francia, la turca, la china, la japonesa, la coreana, la norteamericana, y desde luego que la italiana (en otra ocasión vi un documental sobre el infierno que viven los pobladores y comerciantes de Nápoles, que es algo así como “la capital mundial” del cobro de piso, ¿nos suena?).
Si te enganchas con la cadena de documentales, puedes pasarte un fin de semana entero deprimido viendo interesantísimos videos que te explican lo mal que está la cosa no ya nada más en México o Venezuela o Colombia, sino en el mundo entero en términos del control que en cada uno de los países en cuestión tiene el crimen organizado, llevándote a la conclusión preliminar y angustiante de que esto no es exclusivo de México o Ecuador o Colombia, sino que se trata de una constante sistémica de organización política de los Estados contemporáneos como correlato de configuración, a la escala del poder real (es decir, el que controla la violencia armada), de la correspondiente configuración económico-política y cultural de las sociedades, en el sentido de que no se trata tanto de que haya narco-Estados, sino de que lo que hay son narco-sociedades a lo largo y ancho del planeta de las que los Estados correspondientes son una derivación dialéctica. ¿Por qué entones se señala solamente a Maduro o al gobernador de algún estado mexicano? ¿Qué se supone que debemos de pensar sobre lo que pasa entonces en Nápoles, Marsella o en Rusia según las trepidantes historias que se pueden ver en internet? Como que no me cuadran las cosas.
Todo esto surge a raíz de un libro magnífico que acabo de adquirir titulado Crónicas de la mafia, de Íñigo Domínguez (Libros del K.O., Madrid, 2014), y que quiero ir comentando en este y mis próximos artículos. No tiene desperdicio alguno.
Federico Campbell escribió en su momento sobre Sicilia como metáfora del mundo o sobre la sicilianización del mundo. Pues algo así más o menos: ‘La tesis de que es una invención, al estilo de las conspiraciones judeo-masónicas –dice Domínguez–, era muy manejada hasta hace nada. Pero vaya que sí existe. Que se sepa, desde 1860 o por ahí, cuando informes de Palermo hablan de una especie de secta que acabará por ocupar los espacios de un nuevo Estado débil, caótico y poco de fiar que nace justo en ese momento. Se llama Italia. Desde entonces no ha cambiado mucho, y como un hilo negro recorre toda la historia de este bendito país, enredado con el poder. Solo se ha ido adaptando a la situación política y los cambios de negocio’ (pp. 13 y 14), tesis respecto de la que el prologuista Enric González te pone previamente en antecedentes: ‘Muchísimas cosas –nos dice–, desde aspectos cruciales de la Segunda Guerra Mundial hasta ciertas políticas vaticanas, pasando por la estructura del Estado italiano o los meandros de la vida neoyorquina, carecen de explicación sin la Mafia siciliana. Hay otras organizaciones criminales de gran poder, riqueza y violencia, como la Camorra napolitana, la ‘Ndrangheta calabresa y la Sacra Corona de Apulia, pero solo la Mafia se instaló de forma permanente en Estados Unidos y solo la Mafia generó unos códigos universalmente conocidos’ (p. 9).
¿Permanente ha dicho? Pues con mayor razón yo insisto: si así es como están de mal las cosas en Italia y en Estados Unidos, y desde hace tanto tiempo, ¿por qué solo se habla de lo mal que están nuestros países?
Es muy curioso por decirlo de algún modo: la actual administración de Donald Trump está señalando implacable el problema de los cárteles de narcotraficantes mexicanos, venezolanos y en general latinoamericanos como problemas de terrorismo y seguridad nacional, y acusando a las clases políticas de cada uno de nuestros países de colaboracionismo y contubernio con el crimen organizado.
Todos estamos al tanto de estas acusaciones que saturan los noticieros y las redes sociales y con las que se frotan las manos los opositores de turno, y estamos al tanto de las amenazas intervencionistas aquí y allá. Tratándose del mercado de consumo de drogas más grande del planeta, es entendible –digamos– que quieran tomar cartas en el asunto. De acuerdo.
Lo curioso en todo caso aparece –ya digo– cuando en Youtube uno se pone a buscar este tipo de noticias, y el algoritmo de pronto se dispara y te comienza a enlazar con contenidos que se salen del ámbito mexicano o latinoamericano y se te arraciman interminables entonces tremendos documentales y podcasts sobre los cárteles (o mafia) albanesa, y luego la rusa, la alemana (el fin de semana pasado vi la historia de un supuesto capo alemán de origen turco de nombre Necati Arabaci haciendo alarde como sultán impune y obsceno de su riqueza en Mónaco), la española, la sueca, la de Marsella en Francia, la turca, la china, la japonesa, la coreana, la norteamericana, y desde luego que la italiana (en otra ocasión vi un documental sobre el infierno que viven los pobladores y comerciantes de Nápoles, que es algo así como “la capital mundial” del cobro de piso, ¿nos suena?).
Si te enganchas con la cadena de documentales, puedes pasarte un fin de semana entero deprimido viendo interesantísimos videos que te explican lo mal que está la cosa no ya nada más en México o Venezuela o Colombia, sino en el mundo entero en términos del control que en cada uno de los países en cuestión tiene el crimen organizado, llevándote a la conclusión preliminar y angustiante de que esto no es exclusivo de México o Ecuador o Colombia, sino que se trata de una constante sistémica de organización política de los Estados contemporáneos como correlato de configuración, a la escala del poder real (es decir, el que controla la violencia armada), de la correspondiente configuración económico-política y cultural de las sociedades, en el sentido de que no se trata tanto de que haya narco-Estados, sino de que lo que hay son narco-sociedades a lo largo y ancho del planeta de las que los Estados correspondientes son una derivación dialéctica. ¿Por qué entones se señala solamente a Maduro o al gobernador de algún estado mexicano? ¿Qué se supone que debemos de pensar sobre lo que pasa entonces en Nápoles, Marsella o en Rusia según las trepidantes historias que se pueden ver en internet? Como que no me cuadran las cosas.
Todo esto surge a raíz de un libro magnífico que acabo de adquirir titulado Crónicas de la mafia, de Íñigo Domínguez (Libros del K.O., Madrid, 2014), y que quiero ir comentando en este y mis próximos artículos. No tiene desperdicio alguno.
Federico Campbell escribió en su momento sobre Sicilia como metáfora del mundo o sobre la sicilianización del mundo. Pues algo así más o menos: ‘La tesis de que es una invención, al estilo de las conspiraciones judeo-masónicas –dice Domínguez–, era muy manejada hasta hace nada. Pero vaya que sí existe. Que se sepa, desde 1860 o por ahí, cuando informes de Palermo hablan de una especie de secta que acabará por ocupar los espacios de un nuevo Estado débil, caótico y poco de fiar que nace justo en ese momento. Se llama Italia. Desde entonces no ha cambiado mucho, y como un hilo negro recorre toda la historia de este bendito país, enredado con el poder. Solo se ha ido adaptando a la situación política y los cambios de negocio’ (pp. 13 y 14), tesis respecto de la que el prologuista Enric González te pone previamente en antecedentes: ‘Muchísimas cosas –nos dice–, desde aspectos cruciales de la Segunda Guerra Mundial hasta ciertas políticas vaticanas, pasando por la estructura del Estado italiano o los meandros de la vida neoyorquina, carecen de explicación sin la Mafia siciliana. Hay otras organizaciones criminales de gran poder, riqueza y violencia, como la Camorra napolitana, la ‘Ndrangheta calabresa y la Sacra Corona de Apulia, pero solo la Mafia se instaló de forma permanente en Estados Unidos y solo la Mafia generó unos códigos universalmente conocidos’ (p. 9).
¿Permanente ha dicho? Pues con mayor razón yo insisto: si así es como están de mal las cosas en Italia y en Estados Unidos, y desde hace tanto tiempo, ¿por qué solo se habla de lo mal que están nuestros países?
Comparte: