Club Nikolái

Infernal trabajo de la angustia

[Sobre Los siete locos de Roberto Arlt, 1929]

–¿Manager de locos? –Esa es la frase. Quiero ser manager de locos, de los innumerables genios apócrifos, de los desequilibrados que no tienen entrada en los centros espiritistas y bolcheviques… Estos imbéciles… y yo se lo digo porque tengo experiencia… bien engañados…, lo suficiente recalentados, son capaces de ejecutar actos que le pondrían a usted la piel de gallina. Literatos de mostrador. Inventores de barrio, profetas de parroquia, políticos de café y filósofos de centros recreativos serán la carne de cañón de nuestra sociedad […]

Los acontecimientos se complicaban… y él, en tanto, ¿qué era en medio de esos engranajes que lo iban bloqueando, metiéndose cada vez más adentro de la vida, sumergiéndolo en un fangal que lo desesperaba? Además, estaba aquello… esa impotencia de pensar, de pensar con razonamientos de líneas nítidas, como son las jugadas de ajedrez, y una incoherencia mental que lo encocoraba contra todos […]

Esa quizá sea la verdad exacta. Buscarle sentido a la vida entre los acontecimientos que vive la canalla […]

¿Sabe que usted se parece a Lenin?

Los siete locos

I

Fue James Baldwin el que dijo, según recuerdo decir a Norberto Fuentes, que lo que más debía temer una sociedad es al que no tiene nada que perder, porque ese es el que es capaz de hacerlo todo, es decir, de hacer cualquier cosa. Es el nihilista que se asume como negación absoluta de una totalidad determinada, de un sistema parcial o del Sistema entero en su conjunto, y que por circunstancias y dialécticas específicas ha quedado fuera de sus mecanismos fundamentales de troquelado y edificación moral, social y política.

Para Carlos Marx había una figura que no necesariamente era nihilista, sino solamente negadora de la totalidad desde dentro: el proletariado, en cuya existencia explotada se cifraba la dialéctica integral del capitalismo como formación histórica, y que por tanto era esa la clase portadora de la misión revolucionaria de subvertir desde dentro el sistema (pues toda afirmación trae implícita su negación, diría Hegel) como si se tratara de un viejo topo que pacientemente fuera horadando desde el subsuelo los cimientos de un edificio hasta producir su caída, haciendo que la ruptura de sus cadenas activara la ruptura de todas las cadenas. 

Jünger incorporó por su parte y por otro lado, en este tipo de cuestiones, una distinción fundamental entre el anarca y el anarquista (léase su insuperable y bella novela Eumeswil): el anarquista es el que supuestamente afuera de un sistema de poder quiere destruir al poder mismo por considerarlo la fuente de todos los males; el anarca, en cambio, sabe que, así se le desprecie y se le reconozca su malignidad, sabe también no obstante que es necesario, y por tanto asume trágicamente la necesidad desde la que decide incluso estar cerca, mejor que lejos, de él.

La novela de Roberto Arlt (1900-1942) Los siete locos es una obra dispuesta en una tesitura temática que combina a Marx con Jünger y Baldwin desde la que los personajes oscilan entre el anarquismo y el nihilismo a partir de los que se procesa un desprecio por el poder y la modernidad capitalista dinamizado a su vez por la cólera revolucionaria cifrada en una historia conspirativa mediante la que se planea la destrucción de un mundo: un grupo de locos –que son siete– dispuestos a hacerlo todo y a hacer cualquier cosa porque, efectivamente, tal vez no tuvieran nada que perder dada la marginalidad a la que los había arrojado la sociedad argentina de principios del siglo XX caracterizado por Hobsbawm como la era de los extremos ideológicos llamados a imantar, polarizar y desgarrar a las sociedades en transe de modernización por vía de la dialéctica del imperialismo como fase superior del capitalismo según caracterizara implacablemente Lenin en su texto de 1916.  

Augusto Remo Erdosain, un pobre diablo en situación de desesperación y marginalidad económica, moral y social ninguneado y despreciado por su esposa; un hombre sin atributos como el de Robert Musil que tenía no obstante una pasión por la técnica y la ciencia dada su obsesión por inventar una Rosa de Cobre que no logra llevar nunca al éxito, termina involucrado con una secta comandada por un mesías-ideólogo, El Astrólogo, obsesionado correspondientemente por ejecutar una delirante subversión revolucionaria del orden imperante de la Argentina del primer tramo del siglo XX que habría de ser financiada por una red de burdeles distribuidos a lo largo y ancho del país y que estaría a cargo del Rufián Melancólico.  

La prosa con la que se va desplegado esta trama en la que se insertan monólogos filosóficos nucleados alrededor de la angustia existencial es bellamente cruel, taquicárdica y sobresaltada, con cortes y elipsis que perturban de algún modo la continuidad del flujo de la lectura, pero que luego sorprende con compases de orquestación verbal de gran hermosura como cuando nos dice el Comentador de Arlt que ‘un rumor sordo jadeaba en sus orejas, mas siguiendo el frenesí del instinto caminaba a la sombra que las altas fachadas arrojaban hasta el afirmado. Una tristeza horrible estaba en él. En ese momento no tenía rumbos… Sonámbulo, marchaba, con los ojos inmóviles en las flechas niqueladas que en los cascos de los vigilantes hacían relucir en las bocacalles los cilindros de luz que caían de los arcos voltaicos.’ (Inicio del capítulo “Dos almas”).

Pareciera que Roberto Arlt no se detenía demasiado en la revisión a posteriori de sus trazos narrativos, y que era la sola fuerza fulgente de su poesía y su inercia periodística lo que lo impulsaba indetenible en la determinación de una sintaxis no carente de orgullo y seguridad, y que luego le valdría precisamente la crítica de diverso tipo que llegó a ver en ella errores hasta ortográficos, no obstante los cuales terminó levantando una obra –primera parte de una segunda, que fue Los lanzallamas– que terminaría siendo canónica para la literatura argentina del siglo XX.

II

Contemporáneo puntual de Borges, que igual que él nació con el siglo XX (en 1900), Roberto Arlt terminaría siendo uno de los polos de la dialéctica sociológico-literaria fundamental de Argentina en contrapunto con aquel; una dialéctica que se correspondía a su vez con la que quedó manifestada en el antagonismo de dos grupos literarios de los años 20 y 30: el grupo de la calle de Boedo, partidario de la literatura que podríamos llamar inmersa (en los contextos y problemáticas sociales, políticas o ideológicas de cada tiempo y lugar) y el grupo de la calle Florida, partidario correspondientemente de la literatura que llamaremos exenta (de los contextos y problemáticas sociales, políticas o ideológicas de cada tiempo y lugar). No es muy difícil inducir que Arlt quedaría inscrito en el lado del grupo Boedo mientras que Borges, tan exquisito, irónico y despistadamente genial todo él, en el del grupo Florida.

La dialéctica no fue exclusiva de Argentina ni mucho menos: se trató más bien de una constante epocal dentro de la modernidad literaria, artística y estética generalizada y que en México quedó expuesta en la polaridad establecida entra el polo de la Novela de la Revolución Mexicana (el equivalente de algún modo a Boedo, sin que necesariamente los novelistas de la Revolución hayan formado grupo o club literario o revista alguna) y el polo del grupo Contemporáneos (el equivalente de Florida y ellos sí cumpliendo con el trámite de tener un grupo más o menos consistente y una revista con ese nombre).

A tal respecto dice Noe Jitrik: ‘Existe una tendencia bastante generalizada a considerar que la obra de Arlt constituye, frente a la de Borges, una de las dos vertientes principales que ordenan, explican y aún rigen la literatura argentina. Aceptando provisoriamente estos dictados, la una (de Arlt) sería una obra realista, de compromiso, obra de ficción sería la otra, de evasión. Parece evidente que esta oposición es de principio, ética inclusive, pero ninguno de sus sostenedores la deja ahí: la oposición se torna de inmediato literaria, en cierto plano se trataría de maneras fundamentalmente diferentes de entender lo que antes se designaba como estilo y ahora llamamos, más propiamente creo, escritura: la de Arlt, nerviosidad, ansiedad, asistematicidad, incorrección, calor; la de Borges, frialdad, tendencia a la perfección, propiedad, autodominio.’ (Noé Jitrik, Roberto Arlt o la fuerza de la escritura, 2001, Panamericana Editorial, Bogotá, p. 39).

El autor en el que de inmediato se puede pensar en el ámbito mexicano, para encontrar una referencia de medición con Arlt, es sin duda alguna José Revueltas, nacido tan sólo catorce años después que él y Borges sin perjuicio de que entre ellos y él está de por medio la Revolución mexicana y su novelística, precisamente, que es la matriz desde dentro de la cual surgiría Revueltas como renovador e intensificador, en la línea de la literatura inmersa en el sentido dicho, de los mecanismos narrativos de plasmación de los problemas de la conciencia y la ideología como función de la dialéctica de la historia y la dialéctica de clases procesados desde el materialismo histórico marxista y la filosofía de la angustia de tipo Dostoyevskiano.

Jitrik nos dice también, en una reconstrucción integradora de las tres novelas fundamentales de Arlt El juguete rabioso, Los siete locos y Los lanzallamas, que ‘cuando Los siete locos obtiene un tercer puesto en el Premio Municipal de 1930, Arlt parece disponer de grandes energías, de ambiciosos proyectos, tanto más cuanto que el realismo tradicional –del cual se lo quería hacer depender– está en esta novela muy atravesado, hasta la deformación expresionista, por actitudes complejas, modernas, profundas, que hablan tanto de una inteligencia personal, de escritor, como de la crisis de un instrumento; sin embargo, las cosas no son claras y aunque lo del tercer lugar no sea significativo en sí reproduce, en su caso, una imposibilidad  bastante generalizada del medio intelectual de entender todo lo que Arlt está poniendo en movimiento, que no sería, por otra parte, más que un desarrollo de lo que estaba claramente en El juguete rabioso. Eso que está poniendo en movimiento es, por lo menos, lo siguiente: una más profundizada filosofía de la angustia que puede deberle bastante a Dostoievski en un sentido bien diferente a la deuda que con el escritor tienen los bodeistas, digamos la veta Berdiaev que sale del mismo tronco; un sistema narrativo que no desdeña matizar la tarea del narrador a través de “métodos” narrativos, como el del cronista que, no obstante, en su omnisciencia, rompe la verosimilitud realista; una presencia del inconsciente  concebido como acción en estado puro, como surgimiento, como fuerza, lo cual, y esto es lo importante, va más allá de la deliberación, tal como lo prueban sus ataques a Joyce en el “Prólogo” a Los lanzallamas;  una presencia subterránea de elementos vanguardistas, futuristas, que no sólo funcionan en las descripciones sino que las permiten y que, por lo tanto, ofrecen un ejemplo de lo rechazado intelectualmente por exquisito, fuereño, pero cuyo influjo es irresistible en el instante de la escritura’. (Jitrik, Ibid., pp. 36 y 37).

III

De Roberto Arlt supe hace mucho tiempo, desde luego. Tal vez han de ser ya casi quince o veinte años, como debe de ser, porque sabía desde siempre que se trataba de un clásico fundamental. Y me compré en su momento, en bellas ediciones de Bruguera que atesoré y atesoro todavía desde luego aunque ahora se encuentren en no sé yo qué caja dentro de las tantas que tengo embodegadas, sus tres obras fundamentales Juguete, Los siete y Los lanzallamas.

Pero nunca lo pude leer. Después me compré, habrá sido el año pasado tal vez, la edición del Fondo de Cultura Económica de sus crónicas periodísticas para el diario El Mundo (como Hemingway, estuvo formado fundamentalmente en el periodismo), agrupadas bajo el título de El paisaje en las nubes, y comencé a leerlas con interés y pasión detectando ese estilo taquicárdico, intenso y electrizante que luego pude por fin constatar y verificar leyendo su bella y definitiva novela Los siete locos. Estoy ahora en espera de comenzar nomás pueda la segunda parte: Los lanzallamas. No deberá de pasar mucho tiempo para hacerlo.

Estamos a casi un siglo de que se escribió todo aquello, antes de la emergencia de esa fuerza volcánica de la naturaleza llamada a subvertir de verdad y revolucionariamente a todo un pueblo, ella sí, que se llamó peronismo.