Libros

Sobre La extraña felicidad

Texto introductorio a La extraña felicidad y otros textos literarios, editado en 2024 por Ediciones del Lirio con prólogo de Norberto Fuentes y de muy próxima aparición.

La extraña felicidad es un libro modesto aunque entrañable, además de ser también un libro apasionado ciertamente. Es modesto porque modesta es para mí la función de la crítica literaria, que apenas sirve para manifestar, antes que todo, la impresión que un autor o un libro ejerce sobre alguien, en este caso mi persona, alcanzando una intensidad tal que surge determinante un impulso para plasmar un juicio clasificatorio como ejercicio de segundo grado –vamos a decir–, que pone en perspectiva histórica, sociológica o estética, vale decir filosófica, la obra en cuestión.

Es modesto también porque, en correspondencia, modesto es mi propósito a todos los efectos. No intento aquí poner en operación las herramientas ambiciosas de teoría literaria alguna, ni de juzgar desde algún sistema filosófico –sin perjuicio de que lo tenga– a un autor u obra concreta; solamente ofrezco al público lector el resultado de un número determinado de horas dedicadas a una pasión muy puntual por la literatura y el ensayo literario, acumuladas a lo largo de un aproximado de veinte años más o menos, y que en diversidad de sitios fui publicando poco a poco para llegar ahora a una entidad cuantitativa más o menos considerable (alrededor de 30 o 35 textos), que espero tengan, una vez habiéndoles dado volumen, la correspondiente entidad cualitativa digna de ser tenida en cuenta así sea sólo para formarse un juicio un poco más consistente sobre éste o aquél autor u obra concreta.

Eso por cuanto a la primera parte del libro, que he denominado La brevedad de los días. Crítica, y donde están reunidos, en efecto, un conjunto de ensayos redactados en función de las impresiones generadas en mí por autores muy diversos, que pueden ir de David Foster Wallace o John Cheever o Pere Gimferrer, sin que en ninguno de los casos se trate de textos exhaustivos o minuciosos sobre el autor de referencia, tratándose más bien de esbozos generales en donde, o bien se profundiza sobre alguna obra en particular, o bien se contextualiza la pasión intelectual que me llevó a él o ella.    

Pero también y sobre todo es modesto este libro por cuanto a su segunda parte, que he denominado Me regalaban el quehacer de un hombre. Creación, en la que he querido verter –sin considerarme escritor o novelista necesariamente– un conjunto de ejercicios narrativos que de un tiempo a esta parte comencé a hacer con mucha regularidad por virtud de una inspiración casi divina que llegó a mi vida, y que luego fui publicando –al igual que ocurre con los otros textos– en mi blog, La clandestina virtud.

El ejercicio me ha resultado ciertamente fascinante, y consiste básicamente en tomar el fragmento de alguna novela en particular, ya sea de Melville, Baricco o Pynchon, para seguir luego por mi cuenta con el hilo narrativo hasta donde sea adecuado hacerlo, terminando por configurar pequeñas piezas caracterizadas fundamentalmente por el puro ejercicio de confección estilística y sintáctica, es decir, por el solo gusto poético que la forma en sí misma nos ofrece nada más, y que he considerado pertinente publicar junto con los textos ensayísticos por virtud de que, al final de cuentas, la dinámica que me llevó a lo primero (leer y leer novelas para escribir sobre ellas y sus autores), terminó llevándome a lo segundo (comenzar a escribir relatos, así sea breves, brevísimos, determinados ya desde la inmanencia de mi propia autoría y capacidad literaria).   

Por todo esto es entonces, también, y en correspondencia, que La extraña felicidad es un libro entrañable y apasionado. No es sistemático necesariamente, tampoco tiene un orden específico más allá del acomodo más o menos cronológico de los textos o por autor en algunos casos, cuando se juntan dos o más ensayos sobre uno mismo (Norberto Fuentes, Alessandro Baricco, André Malraux, José Revueltas).

Pero no es el orden o el sistematismo lo que aquí se busca compartir, sino la plasmación de una pasión vital que, en medio de muchas horas de estudio dedicadas a otro tipo de textos (filosóficos, científicos, históricos, políticos), ha venido a vertebrar mi vida como una forma de la elegancia, de mi elegancia, y que al verlos reunidos me hace pensar, guardando toda proporción, en esa tradición tan peculiar y bella de las letras hispánicas de libros antológicos o recopilatorios que Juan José Arreola canonizara bajo la forma gongorina de varia invención, y en la que un Alfonso Reyes, un Antonio Castro Leal, un Alí Chumacero, o, efectivamente, un Juan José Arreola, ofrecían con propósitos de pura y desinteresada degustación estética, poética, filológica, o en todo caso filosófica, pero para fijar así tal vez las coordenadas de un canon, de un gusto, de un ámbito o de un estilo histórico de recepción literaria y que en definitiva no tengo otra cosa que decir para justificar (y acaso de esto es de lo que se trataba también en la tradición en comento) más que repetir las maravillosas palabras con las que Selma Ancira justificó correspondientemente su pasión desbocada y torrencial y descontrolada por Marina Tsvetáyeva: no sé vivir de otra manera.

La inspiración toda de los fragmentos de Me regalaban el quehacer de un hombre. Creación, proviene de una misma y sola persona, vértice articulador de mi vida que hizo que se me detonara la valentía para animarme por fin a escribir, y publicar, breves textos narrativos para ella.

Ahora es también por ella que yo ya no sé, ni quiero, vivir de otra manera.

Ismael Carvallo Robledo