Chestertoniana

XXIV. Sobre la educación como implicación

Ya no recuerdo dónde fue que leí la anécdota sobre el hecho de que Hegel dijo, me parece incluso que en su lecho de muerte mismo o algo así, que el mejor de sus alumnos se lo había leído y estudiado todo, efectivamente, pero que no le entendió. Vaya drama para el maestro, podríamos suponer.

Quedan por analizarse las razones de la incomprensión en cuestión, en el sentido de tener que descifrar los puntos ciegos dados en el proceso de mediaciones entre lo escrito y lo leído, que sería la mediación textual, y lo hablado y escuchado en clase, que sería le mediación oral. El tercer elemento de la mediación integral docente, digamos, vendría siendo la de la producción de textos por parte del lector/oyente, es decir del alumno, que es aquel por medio del cual termina el acomodo de las cosas en sus configuraciones lógicas, sintácticas y semánticas a través de ese “pensar lento” que es la escritura, según dice con mucha razón Carolina Sanín.

Acaso pudiéramos pensar que es en los puntos ciegos ahí donde reside la incomprensión de las implicaciones, de lo implicado o implícito (que es lo que los escolásticos denominaban actu exercito: lo ejercido), y que esa incomprensión es la que a su vez distorsiona o bloquea la correcta articulación de las mediaciones del entendimiento configuradas en función de las explicaciones, es decir, de lo explicado o explícito (que es lo que los escolásticos denominaban acto signato: lo representado).

Implicación proviene del latín implicare, que puntualmente denota que algo está plegado, doblado u oculto dentro de algo más, y significa comúnmente el hecho de que una afirmación conlleva o arrastra a otra, es decir que la implica, sin que ésta última tenga que ser manifestada o afirmada de manera explícita. Explicación es en correspondencia el término opuesto, y denota el hecho de que algo que está plegado o doblado, es decir implicado, se despliega o desdobla para salir a la luz, efectivamente.

En una ocasión yo vi a Gustavo Bueno contraargumentarle a un replicante, en una polémica televisiva que si no recuerdo mal trataba sobre el problema de la historia, que él –es decir el polemista que lo había criticado en función de uno de sus libros–, no conocía de él, de Bueno, más que el libro en cuestión, queriendo decir, o de otra manera: lo que implicaba que el libro criticado suponía o implicaba, ¿se dan cuenta?, muchos otros libros más, en el marco de cuyas argumentaciones y fundamentaciones en despliegue el libro criticado adquiría entonces y en correspondencia su sentido estricto y pleno, es decir, que si no se cuenta con las implicaciones precedentes no se entiende lo que se explica.

Es un tema de gran interés ciertamente esto de las relaciones entre lo implícito y lo explícito, y nos remiten de hecho a los fundamentos de la lógica, perspectiva desde la cual aparece la necesidad de distinguir la implicación de la condicionalidad, que no es lo mismo, así como de la causalidad, que tampoco lo es.   

Digo todo a esto a propósito de una afirmación bien interesante de Chesterton sobre lo que es la educación, y que nos ofrece una perspectiva alterna al drama de Hegel en su lecho de muerte al constatar la incomprensión de quien se reputaba como su mejor alumno, y que es lo que Bueno estaba queriendo decir en realidad: ‘todo es una cuestión de matiz e implicación –pudo haberles dicho Chesterton, en efecto–; pero es que así es toda enseñanza. La educación es una implicación. Los niños no respetan lo que se les dice; lo más normal es que se echen a reír y hagan lo contrario. Lo que asumimos es lo que de verdad cala en ellos. Lo que aprenden son las cosas que olvidamos incluso enseñarles.’ (‘A propósito de la educación’, 1907, Vegetarianos, imperialistas y otras plagas, Encuentro, 2020).

Es una sutileza muy compleja entonces esto de la educación, y lo mismo da si se trata de la educación elemental o básica o de la media o superior. En todos los casos hay implicaciones, antecedentes, asunciones, y muchas veces tienen que quedarse como tal, como algo asumido y no explicitado, en actu exercito dirían los escolásticos, pero de modo tal que sean esos contextos de determinaciones asumidos, de todo lo que asumimos, lo que de alguna manera un tanto misteriosa si quieren termina sedimentándose o calando en la mente humana.

Algo como esto es lo que ocurre con la religión, según la explicación que, otra vez, nos da Gustavo Bueno. Hay tres modos de aproximación al hecho religioso: el mitológico, el teológico y el filosófico. En el primero están implicados el segundo y el tercero, sin que necesariamente tengan que hacérseles explícitos a quienes se mueven en él.

El modo mitológico es aquél ejercitado por el creyente fervoroso, el que verdaderamente cree que Dios existe y que de su voluntad se desprenden las causas de todas las cosas del mundo y en donde, al creerse en los milagros, no se distingue lo natural de los sobrenatural. Es el modo en el que se movían, por ejemplo, muchas de nuestras abuelas, que iban a misa y que rezaban esperando el milagro solicitado, precisamente, y que creían de verdad que en el sacramento eucarístico el cuerpo y sangre de Cristo estaban entrando en sus cuerpos, configurando entonces una comunión que llevaba siglos de repetirse a todo lo largo y ancho de una asamblea universal, que es lo que significa iglesia católica (ecclesía es ‘asamblea’ en griego; kat’holon es ‘según el todo’ en griego).

El modo teológico es un peldaño más en cuanto a la racionalización de la institución religiosa, y es de hecho el intento de instrumentalización de la filosofía para explicar los dogmas de la revelación (porque la teología no trata de Dios, sino de su revelación). Desde esta perspectiva se distingue ya claramente lo racional de lo irracional, y se sabe que en el sacramento eucarístico, para seguir con el ejemplo, lo que está operando racionalmente es una transubstanciación según quedó teorizada por Santo Tomás, para la confección de la cual teoría se sirvió a su vez de la del hilemorfismo de Aristóteles, que implica ya –volviendo a lo nuestro en cuanto al tema que nos convoca– situarse en el modo filosófico, que es prácticamente ateo (y Bueno afirma que el ateísmo está ya planteado en Aristóteles) pero que no por ello desconoce ni ignora ni mucho menos desprecia a la religión.

Pero es que el creyente que va a misa por su hostia no necesita saber de hilemorfismos ni de transubstanciaciones ni de historias. Sólo necesita creer y nada más. El resto es cuestión de matiz e implicación, diría Chesterton. Porque toda religión, podríamos concluir entonces nosotros, es una implicación.