El día de ayer, asistí a la comida anual de la Academia Mexicana de la Historia (AMH) por invitación de su director, mi querido amigo el profesor Javier Garciadiego. El propósito de estas comidas es el de reunir alrededor de un buen menú a los académicos tanto de la sede central de ciudad de México como los de las corresponsalías en el interior de la república a cuyo encuentro nos sumamos funcionarios de otras instituciones nacionales como la Secretaría de Educación Pública, el Archivo General de la Nación, el Archivo Histórico de la Ciudad de México, la Universidad Nacional Autónoma de México, el Seminario de Cultura Mexicana, el Archivo General Agrario, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Colegio Nacional, el Colegio de México, el Instituto Mora, el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México y, entre muchas otras más, efectivamente, la Cámara de Diputados, en representación de la cual asistimos la secretaria general Graciela Báez y mi persona en calidad de director general del Espacio Cultural San Lázaro, que es la plataforma desde la que hemos articulado una muy fructífera y amistosa relación con la AMH desde la que se han venido desarrollando ciclos de conferencias bien interesantes a lo largo de los dos últimos años como parte de nuestro Seminario de historia, política y parlamentarismo. Según nos lo comentó en su momento el profesor Garciadiego, se trata de la primera vez que la Academia establece un contacto de este tipo y envergadura institucional con el Congreso de la Unión en general, y la Cámara de Diputados en particular.
Fue una magnífica ocasión para saludar a amigos muy antiguos como Oscar Mazín (especialista en hispanismo y discípulo de John Elliot), Carlos Illades (estudioso de la historia del socialismo en México), Rafael Rojas (apasionado y multifacético historiador de las ideas en Cuba, México e Hispanoamérica) o Rodrigo Martínez Baracs (estudioso de los períodos prehispánico y virreinal en México), así como también para conocer a Gonzalo Celorio, director de la Academia Mexicana de la Lengua y con quien nos interesa mucho establecer una relación de trabajo similar a la que tenemos con la de Historia.
En mi mesa pude coincidir con Felipe Ávila, director del INEHRM, Gabriela Sánchez Gutiérrez, directora del Instituto Mora y con Pedro Salmerón, director del Archivo General Agrario y a quien invité de inmediato al ECSL para presentar nomás se pueda su más reciente libro, Diez batallas que cambiaron a México (FCE, 2023), escrito en coautoría con Raúl González Lezama, además de haber podido conocer a Bernardo García Díaz del Instituto de Investigaciones Histórico Sociales de la Universidad Veracruzana y que es un apasionado de la historia obrera en el estado de Veracruz, particularmente en la zona de la que es originario, Santa Rosa, que junto con Río Blanco constituyen dos espacios fundamentales dentro de la dialéctica de la revolución mexicana.
Fue una estupenda coincidencia de hecho, pues me dio la oportunidad de platicarle sobre la historia de mi bisabuelo, Gabriel Arnulfo Carvallo Vera, marino militar mexicano nacido en 1864 en Alvarado que participó en la revolución mexicana y a cuyo archivo personal ya he podido tener acceso, habiéndolo revisado el año pasado junto con mi padre en el archivo histórico de la Secretaría de Marina. Le comenté a Bernardo sobre el interés que tengo en escribir su biografía (en el archivo me dijeron que mi bisabuelo fue tal vez la figura más prominente e interesante de su generación en la marina) y me pidió que mantuviéramos el contacto, pues conoce a los historiadores veracruzanos clave para profundizar en contexto, época y detalles.
Sé que no es tarea fácil ni rápida la de redactar una biografía, pero tenemos tiempo de sobra.
[Foto: legajo del archivo de Gabriel Arnulfo Carvallo Vera, Archivo de la Secretaría de Marina]
El día de ayer, asistí a la comida anual de la Academia Mexicana de la Historia (AMH) por invitación de su director, mi querido amigo el profesor Javier Garciadiego. El propósito de estas comidas es el de reunir alrededor de un buen menú a los académicos tanto de la sede central de ciudad de México como los de las corresponsalías en el interior de la república a cuyo encuentro nos sumamos funcionarios de otras instituciones nacionales como la Secretaría de Educación Pública, el Archivo General de la Nación, el Archivo Histórico de la Ciudad de México, la Universidad Nacional Autónoma de México, el Seminario de Cultura Mexicana, el Archivo General Agrario, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Colegio Nacional, el Colegio de México, el Instituto Mora, el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México y, entre muchas otras más, efectivamente, la Cámara de Diputados, en representación de la cual asistimos la secretaria general Graciela Báez y mi persona en calidad de director general del Espacio Cultural San Lázaro, que es la plataforma desde la que hemos articulado una muy fructífera y amistosa relación con la AMH desde la que se han venido desarrollando ciclos de conferencias bien interesantes a lo largo de los dos últimos años como parte de nuestro Seminario de historia, política y parlamentarismo. Según nos lo comentó en su momento el profesor Garciadiego, se trata de la primera vez que la Academia establece un contacto de este tipo y envergadura institucional con el Congreso de la Unión en general, y la Cámara de Diputados en particular.
Fue una magnífica ocasión para saludar a amigos muy antiguos como Oscar Mazín (especialista en hispanismo y discípulo de John Elliot), Carlos Illades (estudioso de la historia del socialismo en México), Rafael Rojas (apasionado y multifacético historiador de las ideas en Cuba, México e Hispanoamérica) o Rodrigo Martínez Baracs (estudioso de los períodos prehispánico y virreinal en México), así como también para conocer a Gonzalo Celorio, director de la Academia Mexicana de la Lengua y con quien nos interesa mucho establecer una relación de trabajo similar a la que tenemos con la de Historia.
En mi mesa pude coincidir con Felipe Ávila, director del INEHRM, Gabriela Sánchez Gutiérrez, directora del Instituto Mora y con Pedro Salmerón, director del Archivo General Agrario y a quien invité de inmediato al ECSL para presentar nomás se pueda su más reciente libro, Diez batallas que cambiaron a México (FCE, 2023), escrito en coautoría con Raúl González Lezama, además de haber podido conocer a Bernardo García Díaz del Instituto de Investigaciones Histórico Sociales de la Universidad Veracruzana y que es un apasionado de la historia obrera en el estado de Veracruz, particularmente en la zona de la que es originario, Santa Rosa, que junto con Río Blanco constituyen dos espacios fundamentales dentro de la dialéctica de la revolución mexicana.
Fue una estupenda coincidencia de hecho, pues me dio la oportunidad de platicarle sobre la historia de mi bisabuelo, Gabriel Arnulfo Carvallo Vera, marino militar mexicano nacido en 1864 en Alvarado que participó en la revolución mexicana y a cuyo archivo personal ya he podido tener acceso, habiéndolo revisado el año pasado junto con mi padre en el archivo histórico de la Secretaría de Marina. Le comenté a Bernardo sobre el interés que tengo en escribir su biografía (en el archivo me dijeron que mi bisabuelo fue tal vez la figura más prominente e interesante de su generación en la marina) y me pidió que mantuviéramos el contacto, pues conoce a los historiadores veracruzanos clave para profundizar en contexto, época y detalles.
Sé que no es tarea fácil ni rápida la de redactar una biografía, pero tenemos tiempo de sobra.
[Foto: legajo del archivo de Gabriel Arnulfo Carvallo Vera, Archivo de la Secretaría de Marina]
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