La unidad ha sido siempre el problema fundamental de la política, estando la clave de todo en el reconocimiento de las partes constitutivas del material al que se le quiere conferir la unidad de referencia, y de cuya forma resultante del acomodo de las piezas en el ensamblado en cuestión se deriva la identidad del todo unificado. Unidad (trabazón material) e identidad (forma) resultan así conceptos que se co-determinan en una dialéctica fundamental de la política de la que depende la consistencia orgánica de una agrupación determinada y su correspondiente capacidad de duración.
Hace unos días, ha terminado por concretarse (ya se veía venir y en los hechos era algo ya en realidad consumado) una controversia alrededor de si la agrupación del ex canciller Marcelo Ebrard, “El camino de México” (al margen de lo que esta frase capciosa, ambigua y vacía de contenido pueda significar: así se podría llamar en realidad la agrupación que ustedes quieran), es o no aceptada formalmente (es decir estatutariamente) como una corriente interna de Morena, a lo que tanto Mario Delgado como Claudia Sheinbaum han reaccionado diciendo que no, que no es posible la existencia de corrientes internas al estar prohibidas en el estatuto (no hay afiliaciones corporativas, sólo individuales), criterio establecido a partir del diagnóstico político según el cual el esquema de corrientes formalmente reconocidas (materialmente todo partido las tiene) es algo que resultó ser costosamente dañino para el antecedente de Morena, el PRD surgido como conglomerado de corrientes que gravitaron alrededor de la corriente democrática del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, que sí las reconoció.
La cuestión de las corrientes y las facciones es una constante en todo partido político. Me viene a la mente de inmediato (además del antecedente cardenista de la corriente democrática mencionada) la escisión que tuviera lugar en el Partido Socialista Italiano en el contexto de la primera guerra mundial a resultas de la cual se formarían, correspondiente y divergentemente, el Partido Comunista Italiano (la corriente de L’Ordine Nuovo de Gramsci) y el Partido Nacional Fascista (la corriente de los Fasci di Combattimento de Mussolini).
Es sabida también la divergencia de facciones o corrientes entre mencheviques (la minoritaria corriente moderada del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso de Mártov, Axelrod y compañía) y bolcheviques (la corriente radical liderada por Lenin) en el contexto, también, de la primera guerra mundial y el subsecuente desencadenamiento de la Revolución de Octubre de 1917. Para los mencheviques, la alianza fundamental del proceso revolucionario tendría que gravitar alrededor de la conducción de la burguesía, para los bolcheviques la conducción debía de recaer en una alianza obrero-campesina liderada por una vanguardia de revolucionarios profesionales.
Otra de las luchas de facciones más emblemáticas para México fue la que se produjo tras el fracaso de la Convención de Aguascalientes, y que terminaría en el asesinato de Villa, Zapata y el propio Venustiano Carranza para que tuviera paso luego el control del proceso político por parte del grupo de los sonorenses (Obregón, Calles, De la Huerta).
En todo caso, hay que distinguir bien entre lo que es una corriente y una simple facción política: en el caso de la primera, es dable encontrar algún tipo de doctrina ideológica o incluso filosófica (razón por la cual hay mucha mayor precisión en los conceptos usados: comunismo, socialismo, liberalismo, fascismo, catolicismo, marxismo), mientras que en el de la segunda lo único que hay son intereses y protagonismo individualista (razón por la cual la precisión conceptual es mucho más laxa y ambigua: “nueva alianza”, “convergencia por”, “ciudadanos”, “el camino de”).
El problema no es tanto entonces la existencia o no de grupos divergentes, pues son inevitables; el problema es si tienen o no ideas, y de qué tamaño en caso de que sí, o si son puro protagonismo, narcisismo y petulancia subjetiva de individuos aislados y su correspondiente grupo de correligionarios que los ven y siguen siempre de rodillas.
La unidad ha sido siempre el problema fundamental de la política, estando la clave de todo en el reconocimiento de las partes constitutivas del material al que se le quiere conferir la unidad de referencia, y de cuya forma resultante del acomodo de las piezas en el ensamblado en cuestión se deriva la identidad del todo unificado. Unidad (trabazón material) e identidad (forma) resultan así conceptos que se co-determinan en una dialéctica fundamental de la política de la que depende la consistencia orgánica de una agrupación determinada y su correspondiente capacidad de duración.
Hace unos días, ha terminado por concretarse (ya se veía venir y en los hechos era algo ya en realidad consumado) una controversia alrededor de si la agrupación del ex canciller Marcelo Ebrard, “El camino de México” (al margen de lo que esta frase capciosa, ambigua y vacía de contenido pueda significar: así se podría llamar en realidad la agrupación que ustedes quieran), es o no aceptada formalmente (es decir estatutariamente) como una corriente interna de Morena, a lo que tanto Mario Delgado como Claudia Sheinbaum han reaccionado diciendo que no, que no es posible la existencia de corrientes internas al estar prohibidas en el estatuto (no hay afiliaciones corporativas, sólo individuales), criterio establecido a partir del diagnóstico político según el cual el esquema de corrientes formalmente reconocidas (materialmente todo partido las tiene) es algo que resultó ser costosamente dañino para el antecedente de Morena, el PRD surgido como conglomerado de corrientes que gravitaron alrededor de la corriente democrática del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, que sí las reconoció.
La cuestión de las corrientes y las facciones es una constante en todo partido político. Me viene a la mente de inmediato (además del antecedente cardenista de la corriente democrática mencionada) la escisión que tuviera lugar en el Partido Socialista Italiano en el contexto de la primera guerra mundial a resultas de la cual se formarían, correspondiente y divergentemente, el Partido Comunista Italiano (la corriente de L’Ordine Nuovo de Gramsci) y el Partido Nacional Fascista (la corriente de los Fasci di Combattimento de Mussolini).
Es sabida también la divergencia de facciones o corrientes entre mencheviques (la minoritaria corriente moderada del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso de Mártov, Axelrod y compañía) y bolcheviques (la corriente radical liderada por Lenin) en el contexto, también, de la primera guerra mundial y el subsecuente desencadenamiento de la Revolución de Octubre de 1917. Para los mencheviques, la alianza fundamental del proceso revolucionario tendría que gravitar alrededor de la conducción de la burguesía, para los bolcheviques la conducción debía de recaer en una alianza obrero-campesina liderada por una vanguardia de revolucionarios profesionales.
Otra de las luchas de facciones más emblemáticas para México fue la que se produjo tras el fracaso de la Convención de Aguascalientes, y que terminaría en el asesinato de Villa, Zapata y el propio Venustiano Carranza para que tuviera paso luego el control del proceso político por parte del grupo de los sonorenses (Obregón, Calles, De la Huerta).
En todo caso, hay que distinguir bien entre lo que es una corriente y una simple facción política: en el caso de la primera, es dable encontrar algún tipo de doctrina ideológica o incluso filosófica (razón por la cual hay mucha mayor precisión en los conceptos usados: comunismo, socialismo, liberalismo, fascismo, catolicismo, marxismo), mientras que en el de la segunda lo único que hay son intereses y protagonismo individualista (razón por la cual la precisión conceptual es mucho más laxa y ambigua: “nueva alianza”, “convergencia por”, “ciudadanos”, “el camino de”).
El problema no es tanto entonces la existencia o no de grupos divergentes, pues son inevitables; el problema es si tienen o no ideas, y de qué tamaño en caso de que sí, o si son puro protagonismo, narcisismo y petulancia subjetiva de individuos aislados y su correspondiente grupo de correligionarios que los ven y siguen siempre de rodillas.
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