Club Nikolái

Un muerto entre los juncos

[Sobre Temporada de huracanes de Fernanda Melchor]

Eso era todo en lo que pensaba últimamente: en matar y en huir, y nada más.

Dicen que la plaza anda caliente, que ya no tardan en mandar a los marinos a poner orden en la comarca. Dicen que el calor está volviendo loca a la gente, que cómo es posible que a estas alturas de mayo no haya llovido una sola gota. Que la temporada de huracanes se viene fuerte.

Temporada de huracanes

I. Poética: la forma verbal

En el principio ha sido la forma. La narración y la sintaxis. La poesía. Aquí hay un pulso revueltiano, pensé nomás di inicio con Temporada de huracanas de Fernanda Melchor (México, 2017), cuyas primeras líneas me trasladaron a las formas revueltianas; a esas atmósferas de temperatura de ánimo lúgubre, sombrío, miserable y dantesco, campesino y mexicano hasta el terror más desolador que con tanta intensidad –que es la intensidad del “morir con los dientes apretados”– y con tanta perfección sintáctica y poética, en efecto, recreó en su obra José Revueltas y sólo él.

‘El escritor sólo emite la voz cantante –dice Alfonso Reyes en El Deslinde–, y deja sobrentender el acompañamiento. Pero –aquí está el arte– la serie verbal expresada debe ir creando en la mente del lector, de alguna manera mágica, aquella otra serie fantasmal de explicaciones que no se escriben’.

Aquí late pues, pensé yo entonces, la cadencia perfecta y bella de Los días terrenales de José Revueltas, por ejemplo. Aquí está ese mismo ritmo que anima las palabras configuradoras de una serie sintáctica fantasmal de cosas no dichas, de ese acompañamiento sobrentendido e insinuado tan sólo como desdoblamiento procedente de las palabras que Revueltas sí que nos dice en ‘De ninguna manera aquel inmenso vacío y aquella sensación sólida de que la noche era tremendamente nocturna al grado de no existir sino ella, y que lo asaltó unida a quién sabe qué anhelo lleno de inquietud. Noche, tinieblas, rotundo vacío. Todo igual. Lo negro y lo impermeable, sí, pero distinto sin aquella ansiedad de hacía unos minutos puesto que esa negación del color, esa insólita ausencia de cosas vivas, de la noche, de pronto se había vuelto humana, de pronto abrigaba cosas monstruosamente humanas que habían roto para siempre la presencia de algo sin nombre, profundo, esencial y grave que estuvo a punto de aprehender y que hoy escapaba sin remedio’ (Los días terrenales). 

Aquí late el pulso también de la poética sublime de ese texto inacabado y apretado, y lleno de cólera, lobreguez y coraje de ‘Onán’ de Las cenizas; aquí está ese ‘“Te gané, hijo de puta. Te gané, cabrón mar hijo de la chingada.” Sin embargo, Evodio lo dijo con una especie de cariño. Al pie del ribazo su cuerpo desnudo tiembla. Tres minutos de ida, tres de vuelta. La eternidad. Las salpicaduras de luna se estremecen y ruedan, deshechas, a lo largo de sus muslos o desde sus hombros; ya no son aquellas escamas trémulas pero fijas del momento anterior: una a una resbalan, aunque hay de las que engrosan a la más próxima y ésta entonces se mantiene, grande y diáfana, adherida a la epidermis cosa de un segundo más, en verdad una escama de luz, un ópalo, pero al fin condenada también a caer no sin una duda previa o indecisión o resistencia o cierto amor con que intentara detenerse, se desliza por la superficie del cuerpo para, de igual modo que las otras, desaparecer entre las inesperadas sinuosidades de un camino imprevisto y extraño.’ (I. ONÁN’, Las cenizas).

Y aquí está también, en definitiva, he pensado yo porque primero ha sido la forma, el eco de esas palabras llenas de amargura pesimista y bíblica del ‘Ahora no tenía anteojos y su mirada se había empequeñecido tanto que le era preferible mantener los párpados cerrados sin que pudiese remediar una dura y áspera desolación interior sacudiendo su alma. Así era más pobre y más débil y más humilde de todo lo que antes fue, y aunque esto contribuyera a fortalecerlo dábale miedo dentro del corazón, porque en fin de cuentas no era otra cosa que una humana criatura, con el cuerpo vencido y con los ojos sin siquiera mirar bien, ni siquiera mirar bien las cosas del espíritu porque estaban llenos del asombro de la vida y de la muerte y por ello secos en definitiva. «Pues si la lumbre que está en ti es oscuridad, la oscuridad ¿cuánta será?», recordó las palabras del Evangelio según San Mateo. «Cuán poca es entonces –se dijo–, cuán poca y cuán incierta la pobre luz de los hombres».’ (‘¿Cuánta será la obscuridad?’).

Fernanda Melchor: ‘Llegaron al canal por la brecha que sube del río, con las hondas prestas para la batalla y los ojos entornados, cosidos casi en el fulgor del mediodía. Eran cinco, y su líder, el único que llevaba traje de baño: una trusa colorada que ardía entre las matas sedientas del cañaveral enano de principios de mayo. El resto de la tropa lo seguía en calzoncillos, los cuatro calzados en botines de fango, los cuatro cargando por turnos el balde de piedras menudas que aquella misma mañana sacaron del río; los cuatro ceñudos y fieros y tan dispuestos a inmolarse que ni siquiera el más pequeño de ellos se hubiera atrevido a confesar que sentía miedo, al avanzar con sigilo a la zaga de sus compañeros, la liga de la resortera tensa en sus manos…’. (Temporada de huracanas).

II. Semántica: la materia significada

Pero también está la materia, desde luego. El contenido. La materia cifrada en la trama contada con este frescor enérgico y tensionado que Melchor plasma en parrafadas sin punto y aparte en una estructura narrativa ambiciosa y exigente, y también perfecta.

Ocho capítulos y ocho únicos párrafos largos, en efecto, que deben de leerse de corrido so pena de perder el hilo de reconstrucción de una escena revueltiana de todo punto, ya digo, a partir del descubrimiento en un canal inmundo y miserable de un cuerpo putrefacto y ya sin vida, macabro: ‘los cinco rodeados de moscas verdes, reconocieron al fin lo que se asomaba sobre la espuma amarilla del agua: el rostro podrido de un muerto entre los juncos y las bolsas de plástico que el viento empujaba desde la carretera, la máscara prieta que bullía en una miríada de culebras negras, y sonreía’.

Veracruz, ranchería La Matosa. Tiempos muy seguramente del gobierno infame de Javier Duarte, símbolo de la decadencia despreciable de un régimen y de una época. México. La Bruja, un transexual alrededor del cual gravita toda una leyenda respecto de su vida y su supuestos tesoros escondidos así como sobre sus poderes que no son otra cosa que el resultado directo de la preparación de pócimas asquerosas mediante las que aplica abortos al por mayor, es encontrado muerto en las condiciones referidas a partir de lo cual Melchor recrea una circunstancia desoladora recogida en función de crónicas periodísticas en su estado natal –es decir, basadas en hechos de la vida real–, mediante la articulación poliédrica de la perspectiva y subjetividad de los personajes involucrados en una trama que refracta cualquier rincón de cualquier pueblo mexicano hundido en un pozo de miseria moral y violencia de todo tipo, así como de pobreza, drogadicción, impunidad, corrupción y narcotráfico entre medio de todo lo cual se abren paso y configuran pasiones humanas mostradas en toda su desnuda sordidez y animalidad y despojadas de cualquier recubrimiento cultural de sublimación para mostrarnos una parcela de la realidad de un México del siglo XXI azotado por la aplastante presencia del narcotráfico y sus efectos de destrucción estructural y tendencial, de largo plazo y de consecuencias ontológicas.

Dos homosexuales adolescentes y escuálidos y miserables obsesionados el uno con el otro y los dos obsesionados socialmente por la presión de mostrar su masculinidad deciden robarse por no importa qué razón o propósito en realidad el supuesto tesoro escondido en el segundo piso de la casa lúgubre de La Bruja, centro de anudamiento y convocatoria de las escapatorias clandestinas del pueblo en el que conviven drogadictos embrutecidos a base de cocaína, marihuana, solventes o piedra o lo que sea con prostitutas lo mismo viejas que adolescentes, y lo mismo homosexuales que bisexuales o transexuales así como con lugareños de todo tipo que hacen de ese sitio su infernal lugar de huida de sus correspondientes y personales infiernos, que Melchor va reconstruyendo mediante el ensamblaje narrativo y muy cinematográfico ciertamente en el que le dedica cada uno de los capítulos-párrafos al recorrido de la trayectoria de cada uno de los personajes clave y que son también personajes tipo en el sentido de que resumen una circunstancia y una estructura social específica cuya trama y urdimbre se nos va narrando poliédricamente con una potencia de penetración psicológica magistralmente lograda que te arrastra o más bien te sumerge en cada uno de los infiernos personales en cuestión en laberínticos recorridos construidos con una sintaxis apretada, perfecta y también poética en cuanto a su forma, efectivamente, entre medio de cuya brutal madeja interminable de detalles demenciales en los que te ves perdido y obliterado de pronto extrae Fernanda Melchor el hilo rojo con el que se nos recuerda el origen de la historia y mediante el que va sutilmente hilvanando cada una de las ocho partes para terminar por ofrecernos el retrato de un tiempo y una época destruidos para dejarte con una perspectiva desoladora y sin salida en la que pareciera que sólo existen dos formas de estar en el mundo: matar y huir.

Violencia, extravío, alucinación, pobreza, deseos de no haber nacido, un calor húmedo asqueroso y un infierno enloquecedor y cruel que está aquí en la tierra con nosotros implacable y sin alternativa alguna de salida como evidencia del hecho de que aquí a lo que se viene es a cumplir una condena, son algunas de las variables de esta obra maestra y poderosa y llena de poesía.

Fernanda Melchor es originaria de Boca del Río Veracruz y estudió periodismo. Según ha dicho por ahí, Temporada de huracanes fue realizada a partir de la inspiración proveniente de El otoño del patriarca de García Márquez, El lugar sin límites de José Donoso y Los albañiles de Vicente Leñero. A Trotalibros, el famoso “booktuber”, le pareció algo así como una extensión de la literatura de Juan Rulfo. Pero es que no ha leído a Revueltas. Porque para mí fue la de José Revueltas la presencia inmediata y permanente en todo el libro, además de que hay también un poco, o más bien un mucho de David Foster Wallace.

Pero es que la gravitación tan mexicana de Temporada de huracanas es lo que hace que sea en todo caso siempre la de Revueltas la presencia permanente. Aquí están Los días terrenales, pensé yo de inmediato. Aquí está ONÁN de Las cenizas. Aquí está ‘¿Cuánta será la obscuridad ?’.   

Fernanda Melchor: ‘y salió al patio para estar un momento y fumar su bazuco en silencio mientras contemplaba la noche con las pupilas dilatadas, sin otra compañía que el canto de los insectos y el silbido del viento raudo que atravesaba la llanura, el viento necio y ojete que pretendía arrancarle la brasa donde la coca espolvoreada se fundía con las greñas de mota atrapadas en el papel del cigarrillo, y cuyos vapores le producían un subidón delicioso’.

Matar y huir. Matar y huir. Matar y huir.