En el año de 1959, Ricardo Piglia tuvo un encuentro con Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), que lo recibió en casa de un sobrino. La conversación está registrada en la entrada titulada ‘Una visita’ en Los diarios de Emilio Renzi (pp. 70-77). Le faltaba poco a Martínez Estrada para morir.
Yo no lo he leído nunca, la verdad sea dicha, y creo incluso que ni siquiera tengo algo suyo en mi biblioteca. Acaso puede que tenga, tal vez, si no recuerdo mal, una antología sobre su obra, de esas clásicas de Casa de las Américas cubana, pero nada más y ya digo que no me consta.
‘Me impresionó su fragilidad y su aire cadavérico –apunta Piglia en la nota a pie de página en la que explica la circunstancia del encuentro–, entró en la sala sosteniéndose de las paredes, pero en cuanto se sentó y empezó a hablar su tono fue el mismo de las extraordinarias diatribas que escribía en esos años’.
Las claves de la conversación que registra Piglia son bien interesantes, marcadas eso sí por un tono crepuscular y de agonía personal e intelectual en el que entiendo se encontraba Martínez Estrada, en enfrentamiento dialéctico y político con la inteligencia instalada del régimen (lo que se suele llamar el establishment o inteligencia). Como no lo he leído en absoluto confieso que estoy comentando esto sin mayores referencias en cuanto a contextos y detalles (y me da un poco de pena no tener siquiera un contexto mínimo sobre él). Me atendré solamente a lo consignado por Piglia.
Habló entonces Martínez Estrada sobre el problema o cuestión de la posibilidad de que una época entera de un pueblo o nación pueda ser resumida en una sola persona, en el sentido tal vez, pienso yo, de Los héroes de Carlyle o, mejor aún, del hombre histórico de José Revueltas al hablar de Lombardo Toledano (‘Pero recordemos que los hombres no se dan por accidente, nos dice Revueltas, y que todo “hombre histórico” tiene a su vez una “razón histórica” de nacimiento’).
En su caso, Martínez Estrada se encontraba preparando un discurso en la Universidad para anunciar su decisión de retirarse, que leería ni más ni menos que en ocasión del homenaje que se le tenía preparado. El problema de la relación entre un individuo tipo (el “hombre histórico”) y su país lo iba a instrumentalizar para contrarrestar los comentarios alusivos al hecho de que estaba volviéndose loco: ‘Señores –cuanta Piglia que le contaba Martínez Estrada–, pensaban que mi enfermedad era psíquica, una agresión esquizofrénica, la realización real del cuerpo despedazado por los lunáticos. Cuando en realidad no era otra cosa que una exasperación de mi conexión con mi país. Mi cuerpo era el representante explícito de la situación general de mi patria, no una metáfora ni una alegoría. Las determinaciones económicas, geográficas, climáticas, históricas pueden, en situaciones muy especiales, concentrarse y actuar en un individuo’.
En esta controversia yo soy de los que definitivamente se inclinan por la afirmativa: sí, sí es posible que una época y hasta una historia se resuma, dialécticamente, en la trayectoria de una persona. Tal fue el caso para México de Juárez, de Vasconcelos o de Lázaro Cárdenas, y lo es también de Andrés Manuel López Obrador. Son trayectorias únicas, límite, en las que contextos de determinación ampliados, que implican los planos económico, social, cultural, religioso, ideológico y político, encuentran en resumen dialéctico que se refracta en las controversias y combates asumidos por una persona, lo que supone a su vez que los antagonismos demarcados por él establecen un elenco de interlocutores a través de cuya relación quedan también incorporados al escenario epocal en cuestión, en el sentido de lo que llegó a decirme algún día mi amigo Fernando Muñoz cuando me dijo: “tú entiendes a España sabiendo lo que pensaba Ortega de Unamuno y Unamuno de Ortega, ahí se resume todo”.
Piglia recuerda el trabajo de Martínez Estrada sobre Sarmiento: ‘Lo había dicho y lo había estudiado y demostrado antes de su enfermedad. Había manejado esa hipótesis respecto de Sarmiento, su libro sobre Sarmiento, escrito en once días, en un rapto de inspiración… dice que un hombre puede representar un país. Y no hablo aquí de mediaciones, no creo en las mediaciones, creo en el choque de las constelaciones analógicas, en las relaciones directas entre elementos irreconciliables… Un individuo ’.
Revueltas, en el texto sobre Lombardo referido, dice al respecto nuevamente que ‘ha habido épocas amodorradas, mediocres, grises, en que las fuerzas sociales se encuentran como sumergidas en una somnolencia perezosa y estéril. Estas épocas ahogan al “revolucionario”, lo aplastan con su indiferencia y su cansancio. Hay, en cambio, otras –la nuestra, donde las transformaciones por venir son las más profundas que ha contemplado la historia humana–, donde la misión de acelerar el proceso histórico se identifica de tal manera con las necesidades mismas de la propia historia, que el hombre actuante, que el ser vivo que entiende de manera cabal su misión, rebasa los límites de su propia persona para convertirse en un signo, en un símbolo, en el nombre de un tiempo’.
Piglia por su parte dice: ‘Si uno puede encontrar en una vida personal la cifra condensada del destino político de una coyuntura específica entenderá el movimiento de la historia. Había dicho eso en varios de sus libros. Pero ahora había decidido tomarse a sí mismo como objeto de investigación y completar así su obra, iniciada hacía más de treinta años, esa meditación argentina que la comunidad académica quería homenajear en las vísperas de su destierro. Ese libro que hoy les anuncio tratará sobre mi propia vida, la vida de un poeta y pensador privado que reproduce en su existencia las tendencias profundas de su país. Ese libro será al mismo tiempo una autobiografía, un tratado de ciencias, un manual de estartegia y la descripción de una batalla. La historia del último anarquista y del último pensador’.
En el año de 1959, Ricardo Piglia tuvo un encuentro con Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), que lo recibió en casa de un sobrino. La conversación está registrada en la entrada titulada ‘Una visita’ en Los diarios de Emilio Renzi (pp. 70-77). Le faltaba poco a Martínez Estrada para morir.
Yo no lo he leído nunca, la verdad sea dicha, y creo incluso que ni siquiera tengo algo suyo en mi biblioteca. Acaso puede que tenga, tal vez, si no recuerdo mal, una antología sobre su obra, de esas clásicas de Casa de las Américas cubana, pero nada más y ya digo que no me consta.
‘Me impresionó su fragilidad y su aire cadavérico –apunta Piglia en la nota a pie de página en la que explica la circunstancia del encuentro–, entró en la sala sosteniéndose de las paredes, pero en cuanto se sentó y empezó a hablar su tono fue el mismo de las extraordinarias diatribas que escribía en esos años’.
Las claves de la conversación que registra Piglia son bien interesantes, marcadas eso sí por un tono crepuscular y de agonía personal e intelectual en el que entiendo se encontraba Martínez Estrada, en enfrentamiento dialéctico y político con la inteligencia instalada del régimen (lo que se suele llamar el establishment o inteligencia). Como no lo he leído en absoluto confieso que estoy comentando esto sin mayores referencias en cuanto a contextos y detalles (y me da un poco de pena no tener siquiera un contexto mínimo sobre él). Me atendré solamente a lo consignado por Piglia.
Habló entonces Martínez Estrada sobre el problema o cuestión de la posibilidad de que una época entera de un pueblo o nación pueda ser resumida en una sola persona, en el sentido tal vez, pienso yo, de Los héroes de Carlyle o, mejor aún, del hombre histórico de José Revueltas al hablar de Lombardo Toledano (‘Pero recordemos que los hombres no se dan por accidente, nos dice Revueltas, y que todo “hombre histórico” tiene a su vez una “razón histórica” de nacimiento’).
En su caso, Martínez Estrada se encontraba preparando un discurso en la Universidad para anunciar su decisión de retirarse, que leería ni más ni menos que en ocasión del homenaje que se le tenía preparado. El problema de la relación entre un individuo tipo (el “hombre histórico”) y su país lo iba a instrumentalizar para contrarrestar los comentarios alusivos al hecho de que estaba volviéndose loco: ‘Señores –cuanta Piglia que le contaba Martínez Estrada–, pensaban que mi enfermedad era psíquica, una agresión esquizofrénica, la realización real del cuerpo despedazado por los lunáticos. Cuando en realidad no era otra cosa que una exasperación de mi conexión con mi país. Mi cuerpo era el representante explícito de la situación general de mi patria, no una metáfora ni una alegoría. Las determinaciones económicas, geográficas, climáticas, históricas pueden, en situaciones muy especiales, concentrarse y actuar en un individuo’.
En esta controversia yo soy de los que definitivamente se inclinan por la afirmativa: sí, sí es posible que una época y hasta una historia se resuma, dialécticamente, en la trayectoria de una persona. Tal fue el caso para México de Juárez, de Vasconcelos o de Lázaro Cárdenas, y lo es también de Andrés Manuel López Obrador. Son trayectorias únicas, límite, en las que contextos de determinación ampliados, que implican los planos económico, social, cultural, religioso, ideológico y político, encuentran en resumen dialéctico que se refracta en las controversias y combates asumidos por una persona, lo que supone a su vez que los antagonismos demarcados por él establecen un elenco de interlocutores a través de cuya relación quedan también incorporados al escenario epocal en cuestión, en el sentido de lo que llegó a decirme algún día mi amigo Fernando Muñoz cuando me dijo: “tú entiendes a España sabiendo lo que pensaba Ortega de Unamuno y Unamuno de Ortega, ahí se resume todo”.
Piglia recuerda el trabajo de Martínez Estrada sobre Sarmiento: ‘Lo había dicho y lo había estudiado y demostrado antes de su enfermedad. Había manejado esa hipótesis respecto de Sarmiento, su libro sobre Sarmiento, escrito en once días, en un rapto de inspiración… dice que un hombre puede representar un país. Y no hablo aquí de mediaciones, no creo en las mediaciones, creo en el choque de las constelaciones analógicas, en las relaciones directas entre elementos irreconciliables… Un individuo ’.
Revueltas, en el texto sobre Lombardo referido, dice al respecto nuevamente que ‘ha habido épocas amodorradas, mediocres, grises, en que las fuerzas sociales se encuentran como sumergidas en una somnolencia perezosa y estéril. Estas épocas ahogan al “revolucionario”, lo aplastan con su indiferencia y su cansancio. Hay, en cambio, otras –la nuestra, donde las transformaciones por venir son las más profundas que ha contemplado la historia humana–, donde la misión de acelerar el proceso histórico se identifica de tal manera con las necesidades mismas de la propia historia, que el hombre actuante, que el ser vivo que entiende de manera cabal su misión, rebasa los límites de su propia persona para convertirse en un signo, en un símbolo, en el nombre de un tiempo’.
Piglia por su parte dice: ‘Si uno puede encontrar en una vida personal la cifra condensada del destino político de una coyuntura específica entenderá el movimiento de la historia. Había dicho eso en varios de sus libros. Pero ahora había decidido tomarse a sí mismo como objeto de investigación y completar así su obra, iniciada hacía más de treinta años, esa meditación argentina que la comunidad académica quería homenajear en las vísperas de su destierro. Ese libro que hoy les anuncio tratará sobre mi propia vida, la vida de un poeta y pensador privado que reproduce en su existencia las tendencias profundas de su país. Ese libro será al mismo tiempo una autobiografía, un tratado de ciencias, un manual de estartegia y la descripción de una batalla. La historia del último anarquista y del último pensador’.
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