Hay dos elementos determinantes del hecho de que el PRI ha cumplido su ciclo histórico, y que lo ha hecho de la forma aquélla que señalara Marx según la cual la manifestación de la decadencia de una formación histórica es su comedia.

La comedia actual del PRI tiene como primer acto el hecho de que, nacido desde el poder y para el poder político, resulta ser que, por primera vez en toda su historia, el partido no tiene candidato propio para competir por el máximo cargo y símbolo por excelencia del poder político: la presidencia de la república.

El segundo acto es triste y patético, porque resulta ser que la precandidata priísta fue bajada de la contienda de un frente político opositor inconsistente e instrumentalizado abiertamente por la oligarquía nacional según ha quedado despejado por el presidente, habiendo tenido todos que denigrarse para claudicar ante la candidata proveniente del partido que históricamente nació como el enemigo declarado de todo lo que el PRI llegó a representar: el católico Partido Acción Nacional, haciéndolo además y para colmo ante la bufona/botarga de la tragicomedia mexicana de nuestro tiempo: Xóchitl Gálvez.

El sistema político mexicano moderno surge cuando, en el contexto de la Revolución mexicana (es decir de la 3T), y luego del asesinato de Álvaro Obregón en 1928, al año siguiente surge el Partido Nacional Revolucionario (PNR) como alianza de los generales revolucionarios orquestada por Plutarco Elías Calles para “pasar de las armas a las instituciones”, y dar así estabilidad al proceso de transferencia del poder presidencial.

En 1938, el presidente Lázaro Cárdenas transforma al PNR en Partido de la Revolución Mexicana (PRM) como remate del proceso revolucionario, articulando a los sectores fundamentales de la sociedad: el campesino, el obrero y el popular para dar continuidad al impulso social, popular y patriótico de la Revolución mexicana sellada con la nacionalización de la industria petrolera. En 1939 surge Acción Nacional contra todo esto, convirtiéndose en el partido anti-cardenista por excelencia.  

En 1946, el presidente Miguel Alemán vuelve a reorganizar al partido para transformarlo en Partido Revolucionario Institucional (PRI) en alianza con el gran capital nacional y desactivando al marxismo y al socialismo como corrientes ideológicas de su sector obrero (sustitución de Lombardo Toledano por Fidel Velázquez en la CTM), y abriendo un antagonismo interno entre lo que vino a ser la corriente empresarial alemanista y la corriente obrera y popular cardenista.

Según el profesor Rodolfo Lara Lagunas, cuando en 1962 ese régimen político asesina a Rubén Jaramillo, el “último zapatista originario”, concluye el ciclo de la Revolución mexicana en tanto que gran movimiento popular y de masas, y se intensifica la lucha de facciones al interior del régimen entre el alemanismo y el cardenismo, y fuera de él surgen movimientos y liderazgos sociales, populares y sindicales con la bandera de la democracia como estandarte principal como los de Otón Salazar, Demetrio Vallejo y Valentín Campa, además del movimiento estudiantil del 68: ésta es la línea de la que somos herederos generacionales y políticos directos y con la que da inicio un proceso largo llamado a desembocar, en antagonismo con el bloque neoliberal y neoporfirista del salinismo de fines del siglo XX y el primer tramo del XXI, en la ruptura de la Corriente Democrática y el Frente Democrático Nacional neo-cardenista al interior del PRI a la que se terminarían articulando las corrientes de la izquierda socialista y marxista marginadas por el sistema para dar vida, alrededor del liderazgo histórico de Andrés López Obrador y del obradorismo, al gran proceso de revolución democrática (la 4T) de la que su presidencia y MORENA, que gobierna ya la casi totalidad del país, son su máxima y más extraordinaria expresión y conquista.

El fin histórico del PRI es también uno de los logros de la 4T.