Sobre El peso de vivir en la tierra, David Toscana, Alfaguara, México, 2022, 323 pp.
I
Yo no sé muy bien a qué se deba la fascinación por Rusia o por el pueblo ruso. Lo que se me ocurre decir es que como se me dio primero fue por vía política, ideológica y filosófica, por decirlo de algún modo. Es una perspectiva más objetiva que subjetiva o psicológica, digamos, histórica y militante sin duda, que se abrió paso a través de Marx y el marxismo –y la pasión política que con su mediación se configura para revolucionar la cabeza de cualquiera– al que llegué primero por la vía italiana de Antonio Gramsci, y la mexicana de José Revueltas (de quien por cierto dijo Juan José Arreola que más que mexicano, a él le pareció siempre, en realidad, más bien, un escritor ruso), para luego desplazarme inevitablemente a las coordenadas rusas que me llevaron de Plejanov a Lenin y al Diamat soviético (después sería el materialismo español de Gustavo Bueno, que es una ontología pluralista, la plataforma en la que iba a encontrar la síntesis superior y la rectificación fundamental del materialismo soviético, que es una ontología monista) y a la pasión histórica por la revolución bolchevique de 1917, par universal de la mexicana de 1910.
Podríamos decir entonces tal vez que la importancia de o, si se quiere, la fascinación por Rusia, se debe al hecho de que fue ese pueblo o imperio el lugar en donde tuvo lugar la puesta en práctica, a través de Lenin, de las ideas de Marx preñadas con el encargo hegeliano de realizar el absoluto aquí en la tierra, de la misma forma en que la importancia de Roma y su imperio se debe al hecho de que fue ahí en donde tuvo lugar la puesta en práctica y la cristalización de las ideas y la acción del Jesús histórico para dar paso, a través de Constantino y de Teodosio, a la configuración universal de la cristiandad como matriz civilizatoria.
Gustavo Bueno solía decir en ese sentido, y en línea directa con la tesis dos sobre Feuerbach de Marx (y que dice que “el problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento), que de no haber sido por Lenin y por Stalin, Marx hubiera pasado a la historia como un muy buen economista y pensador político, social y filosófico alemán, pero nada más, así como también de no haber sido por el imperio romano y sus calzadas Jesucristo hubiera sido solamente uno de los tantos predicadores que en su tiempo deambularon como nómadas por las tierras del cercano oriente.
Es una fascinación histórico-política en toda regla por todo lo ruso, vamos a decir y para volver a lo nuestro, que se me solía –y se me suele aún– manifestar mediante el expediente de la manía de rebautizar a amigos, alumnos o compañeros de trabajo con versiones rusas de sus nombres: Andrés por Andrei o Andreiev (mi gran amigo pintor Andrés del Collado que vive todavía en Madrid y con quien compartí departamento durante mi estancia de estudio y formación por allá); Mariana por Marianushka (mi mejor alumna de todos los tiempos); Andrea por Andreovshna (una compañera actual de trabajo) o Emilio por Milishky, mi bello y maravilloso sobrino de madre ucraniana, la pequeña Rusia. Pareciera que, al ser rebautizados en clave rusa, todas estas personas pasaran a ser personajes de una comunión sui generis determinada por la severidad trágica y apasionada de ser partícipes de una aventura manifestada como misión política revolucionaria a la que yo, al renombrarlos, los he convocado cual Alonso Quijano enloquecido por la literatura.
Y es que después vino entonces, efectivamente, la literatura; la fascinación por la gran literatura como segundo momento, situada en cambio en una perspectiva más subjetiva y psicológica o estética, vamos a decir dramática.
Recuerdo antes que todo el Tolstoi o Dostoyevski de Steiner, en el que dice que leer a los grandes de la literatura rusa en su propio idioma es uno de los placeres más sublimes que pueden existir para cualquier ser humano. Luego Selma Ancira y su pasión desbordante y bella por Tsvetáyeva y Tolstoi, y su hermosa antología Paisaje caprichoso de la literatura rusa, en donde por ejemplo se me reveló Gogol de una manera prodigiosa y casi mística por la belleza de la prosa del texto que para los efectos seleccionó y tradujo Ancira en el libro en cuestión.
Y está también La Casa Rusia de John le Carré, que es un doble homenaje al pueblo ruso y a su literatura plasmada mediante la organización de la trama alrededor de una novela al parecer extraordinaria y sinfónica en línea con las obras supremas de los Tolstoi, los Turguénev o los Pushkin, o luego de los Grossman, los Solzhenitsyn o los Axiónov, pero que por su naturaleza crítica no puede ser publicada en una Unión Soviética a punto de caer y que por tanto es filtrada para que llegue a las manos de un editor inglés venido a menos –pero que intercepta la inteligencia británica, y luego la CIA– y que ama profundamente a un insólito y único pueblo, el ruso, en el que lo más común –al tiempo de ser también increíble– es que al entrar a un insignificante mingitorio público de Moscú o Leningrado lo más seguro es que el que está orinando al lado tuyo te comience a hacer preguntas sobre el sentido de la muerte o lo que opinas sobre Nietzsche o Dostoyevski.
Rainer Matos dice en su Historia mínima de Rusia que ‘Rusia fascina. Rusia atrae irresistiblemente, sea para elogiarla o despedazarla como tema de conversación. Rusia asombra, tanto en la acepción de “asustar” como en la de “causar gran admiración”… Se puede hablar bien o mal de Rusia, pero es difícil ignorarla: en los periódicos, en los Juegos Olímpicos, en las clases de relaciones internacionales, en cualquier librería, en las noticias de todos los días, en los globos terráqueos y en las tiendas de música’, y el epígrafe que usa como frontispicio es precisamente de Almas muertas de Gogol, en uno de cuyos párrafos dice, hablando de Rusia, que “Todo es amplio y lleno en ti; tus ciudades de casas bajas aparecen imperceptibles en medio de las llanuras, como unos puntos, como una motitas; nada cautiva ni encanta la vista. ¿Qué fuerza incomprensible y misteriosa atrae hacia ti? ¿Por qué se oye y resuena siempre en los oídos tu melancólica canción, que se extiende de un extremo a otro, de mar a mar? ¿Qué tiene esa nación? ¿Qué llama y solloza, penetrando en el corazón? ¿Qué sonidos acarician dolorosamente y tienden a penetrar en el alma, envolviendo el corazón? ¡Rusia! ¿Qué quieres de mí? ¿Qué incomprensible vínculo se oculta entre nosotros? ¿Por qué me miras así y por qué todo lo que hay en ti ha puesto sobre mí sus ojos, llenos de esperanza?…”
Acaso podamos decir que nos ocurre con Rusia aquello que atormentaba tanto a Serenus Zeitblom, el narrador de la estremecedora Doctor Faustus de Mann cuando se preguntaba angustiado por el hecho de que Alemania tenía que estar abriendo la boca en todos y cada uno de los momentos en los que el destino del mundo estuviera en entredicho o en juego o en peligro, cosa que lo perturbaba, lo asombraba, lo estremecía y, también, lo aterraba por la magnitud de las consecuencias de lo que pudiera ocurrir según dijera una u otra cosa.
Para José Ramón Bravo, a estos efectos, y retomando por cierto una tesis ya planteada en su momento por Leopoldo Zea así como también por Carlos Marx, de algún modo, en La revolución en España, hay una suerte de excepcionalidad compartida por el orbe hispánico (las Españas) y el ruso (las Rusias), en virtud de que, mientras que el imperio o plataforma inglesa se avocó desde su insularidad a la construcción de una potencia marítima, comercial e industrial, los imperios español y ruso se avocaron a la defensa universal de la cristiandad frente al islam, circunstancia que deparó para cada una de estas tres magnitudes fundamentales de la historia universal una suerte de misión específica a la que quedarían sometidos los destinos de sus pueblos y de sus hombres y mujeres, determinando así dos modos específicos de estar en el mundo y de influir en la historia que sólo mediante los siglos, la filosofía, o la gran literatura, se pueden apreciar en su justa dimensión y significación:
‘Britania, Iberia y Rusia representaban para Zea a las naciones periféricas de Occidente. La primera logró hacer de su imperio marítimo y comercial el centro del sistema geopolítico mundial. Las otras dos se construyeron como bastiones de defensa de la cristiandad frente al islam y se proyectaron como imperios territoriales, continentales: una al este, sobre Asia; otra al oeste, sobre América. Su expansión se justificará, como en los viejos imperios europeos medievales, por la preocupación salvacionista cristiana, “tanto en la ortodoxia católica como en la bizantina”. Serán, por tanto, imperios ecuménicos, “generadores” o civilizadores en sentido incorporativo y teológico. Por el contrario, Inglaterra será, en expresión de Karl Marx, “el demiurgo del cosmos burgués”; centro de un nuevo imperio: el capitalista’ | Filosofía del Imperio y la Nación del siglo XXI. Ensayo sobre el problema político de las Españas y las Rusias (Pentalfa, 2021).
Rusia asombra y aterra al mismo tiempo, entonces, porque es un pueblo, una sociedad y una magnitud con una misión trágica y grande y enorme impuesta por la historia y la geopolítica (por aquello de que, en política, geografía es destino), que ilumina al mismo tiempo de quemar, y todo lo que ocurre y puede ocurrir ahí está llamado a tener dimensiones igualmente y en correspondencia grandes, trágicas y tremendas, que es la tesitura adoptada por Bertrand Russell según cuenta Isaiah Berlin en Pensadores rusos cuando dijo que sólo era posible comprender la revolución rusa de 1917 comparándola con el problema de gobernar a personajes endemoniados como los de Dostoyevski.
El ruso vendría a ser entonces, tal vez, un pueblo intenso, radical, absolutista, consagrado a la consecución de una serie de ideas trascendentales y maniqueas, propias en calidad exclusiva de cruzados. Y si su historia y su cultura te sacuden y te desafían todo el tiempo en función de cuestiones que hacen palidecer –y por tanto que destruyen– cualquier aspecto de la vida cotidiana, es fácil que alguien enloquezca si se sumerge apasionado en las obras fundamentales de su tradición literaria: tal fue el caso de Nicolás, el personaje de la hermosa y llena de ingenio y penetrante y entrañable novela El peso de vivir en la tierra de David Toscana (Alfaguara, 2022), que un buen día, en el Monterrey de la década de los 70 del siglo pasado, decidió que tendrían todos que comenzar a referirse a él como Nikolái Nikoláievich Pseldónimov, y que así como Alonso Quijano se transformó en Don Quijote para hacer de su vida una manifestación histórica de lo que es un caballero andante, él decidió transformar la suya y la de su mujer en una aventura heroica mediante la que se pudieran encarnar las virtudes y las acciones necesarias para tener un alma grande: ‘nuestros corazones no soportarán el peso de vivir en la tierra’, dijo Nicolás a su mujer –según cuenta Toscana en el Preludio– al entrar en su casa luego de decirle también que morirán como cosmonautas rusos, devastado por la noticia de que tres cosmonautas soviéticos habían muerto recién al ingresar a la bóveda atmosférica terrestre en función de lo cual, y merced a las variaciones en los niveles de presión correspondientes, ‘lo más plausible era que luego de pasar tanto tiempo sin gravedad, sus corazones se habían detenido al sentir de nuevo el peso de vivir en la tierra’.
La clave poética de la novela cifrada en el título y su justificación ficcional no puede ser más bella y más rica en analogías, parábolas e insinuaciones, disponiendo el ánimo del lector en una escala tonal, en efecto, de trágico tremendismo ruso.
II
‘San Petesburgo, Imperio Ruso, Fiesta de la Epifanía, 1871’, escribió Nikolái Nikoláievich Pseldónimov en la hoja de la primera copia del contrato que el licenciado Domínguez, su jefe en no se sabe nunca qué oficina pública o privada, le había encargado completar, pasar en limpio y reproducir en cinco juegos para el día siguiente. El esquema cervantino-quijotesco queda de inmediato dispuesto en función de la evidencia del desface entre su realidad prosaica y cotidiana y la idea poética que tenía de su vida en búsqueda atormentada por tener un alma grande como apasionado leitmotiv de la vida rusa según las coordenadas históricas y filosóficas que venimos de comentar.
La fórmula de Toscana es extraordinaria así como sorprendente, en el sentido de que replica un esquema conocido, leído, repetido y comentado seguramente que miles de veces durante siglos enteros, y que aún así, siempre que se utilice con genio y maestría poética y narrativa tal como lo ha hecho él, te vuelve a estremecer con la misma suavidad, frescura y belleza originarias.
Se trata de la fórmula cervantina del Alonso Quijano enloquecido por la lectura industrial de novelas de caballería merced a la cual se le quema el cerebro para iniciar un periplo vital, el de Don Quijote de la Mancha, desde el que decide replantear su vida de hidalgo cincuentón venido a menos para convertirse en un caballero andante que, montado en los lomos de su “glorioso y gallardo” corcel y acompañado por su “valeroso y también gallardo escudero”, habría de recorrer los territorios de la Mancha en lucha heroica por la justicia consagrada a una “gran y apasionada dama” que a la distancia lo mira y escucha el ”eco de las arias” mediante el que se da cuenta de las andanzas heroicas de su enamorado, conectando el concepto de vida heroica con el de le guerra como fundamentos, además, del amor caballeresco. Era una guerra que, para los tiempos de Cervantes, habría de comenzar a ser procesada desde un nuevo criterio y una nueva figura, la del Estado moderno, en función de cuya razón (la razón de Estado) el soldado anónimo iba a terminar siendo el sustituto del caballero medieval, que es la circunstancia contradictoria a través de la cual se procesa el desface trágico entre lo que estaba muriendo, el heroísmo caballeresco medieval, y lo que estaba naciendo: el Estado moderno de los ejércitos anónimos y mecanizados que luego, con Napoleón y las guerras napoleónicas, terminarían transfigurando a las sociedades históricas en máquinas nacionales y nacionalistas de guerra total.
La forma es cervantina, entonces, pero el contenido tiene un cambio de variable fundamental, bello e inspirador. Porque lo que hace enloquecer a Nicolás no es la lectura de novelas de caballería, y ni siquiera la lectura de la gran literatura española o mexicana: es la lectura de la gran literatura rusa lo que lo ha trastornado, y lo que lo ha llevado a la decisión de transfigurarse en Nikolái Nikoláievich Pseldónimov para hacer de su vida y la de su esposa una búsqueda de las claves fundamentales para tener un alma grande, en una línea tal vez como la de Chejov, que en su Cuaderno de notas dice que alguien ‘escribe sobre el “alma rusa”. El idealismo sería el gran “carácter distintivo” de esta alma. Un occidentalista puede descreer de los milagros de lo sobrenatural; pero no debe llegar al punto de destruir la fe en el alma rusa, pues se trata de un idealismo predestinado a salvar a Europa.’
¿Pero a quién podrían salvar Nikolái y Marfa, su rebautizada esposa, desde un Monterrey de la década de los 70 del siglo pasado en un México gobernado por Luis Echeverría, una vez habiéndose enterado de que tres cosmonautas soviéticos habían muerto al volver a la tierra luego de veinte días vividos en gravedad cero en la estación orbital Sályut? He aquí la belleza, la ironía, el genio ficcional y la astucia de la narrativa de David Toscana, y el encanto sublime de El peso de vivir en la tierra.
III
La cuestión de la relación entre un libro o serie de libros, o de un corpus literario constitutivo de una tradición profunda y longeva, y la sociedad en la que surge y se afirma como referente fundamental de su cultura, es de estatuto filosófico, por eso el acorde que toca Toscana es de naturaleza sinfónica ciertamente.
Porque aquí de lo que se trataría es de saber la forma del carácter a la que llega un pueblo, o una persona, al leer a consciencia una gran tradición literaria como la rusa, la francesa, la inglesa o la española o la mexicana (que es una rama de la española y que se inicia precisamente con la obra de los cronistas de Indias), de lo cual se podrían extraer los criterios para situar y comprender el papel de la gran literatura como forma cultural, histórica y, al ser producto del trabajo del hombre, civilizatoria.
La existencia de un libro o libros dentro de una sociedad, pero no ya solamente como texto impreso para la lectura sin más sino como materia medular y por tanto vertebradora de su cultura objetiva, puede marcar la diferencia entre el carácter y papel (o misión o destino) de una sociedad o pueblo en la historia de una manera radical, tal como cuenta Steiner en algún lado al recordar la anécdota en la que fuera invitado a la recepción en honor de Nadine Gordimer al recibir el Nobel de Literatura en 1991.
Resulta ser que, en la recepción en cuestión, había varios líderes negros en resistencia contra el abyecto régimen del Apartheid sudafricano, ante lo cual Steiner no perdió la oportunidad de preguntarles que cómo era posible que, siendo los negros mayoría en Sudáfrica, pudieran soportar un régimen levantado por una minoría blanca que los mantenía a ellos en una situación de marginalidad histórica y política total. ¿A qué se debía eso?; ¿a qué se debía el hecho de que no lograran transformar su mayoría demográfica en potencia política efectiva capaz de derrocar un régimen opresor? La respuesta fue lapidaria y llena de simbolismo, porque lo que le dijo aquél hombre fue ésto: “porque nosotros no tenemos libro; los negros no tenemos libro. Los judíos tienen la Torah, los cristianos la Biblia, los musulmanes el Corán, los marxistas el Manifiesto del Partido Comunista: los negros no tenemos libro”.
Obviamente el líder en cuestión hablaba del libro como objeto cultural y no sólo como un texto impreso; como símbolo de refracción de un conjunto de virtudes, consignas u objetivos políticos o estratégicos (y aquí entraría también, desde luego, Mi lucha de Hitler), y por tanto como dispositivo de agrupación configuradora de una colectividad dispuesta hacia la acción en uno u otro sentido, y en función de un plan determinado u otro.
Es una relación orgánica constitutiva, ontológica, para la explicación de la cual Castoriadis se remonta a la única dualidad de la antigüedad capaz de concentrar significado semejante: la dualidad del orbe griego y el cristiano:
‘La relación de Homero con la cultura griega no es el equivalente de la relación de Balzac, digamos, con la cultura francesa contemporánea, no es una obra reservada a una parte de la sociedad; se trata de algo que la gente bebe literalmente con la lecha materna y que aparece regularmente en innumerables ocasiones. El único caso análogo sería, por ejemplo, en la civilización cristiana –y también, evidentemente, en la civilización hebraica–, el papel formado de la Biblia en una población cristiana muy creyente que no se limita a ir a la iglesia para escuchar la misa con oídos distraídos, sino que la sigue atento, y lee la Biblia regularmente, como se hace, por ejemplo, en la cultura protestante’ | Lo que hace a Grecia (FCE, 2022).
No se trataría tanto aquí de la veracidad histórica de lo que en cada texto (La Ilíada, la Biblia) se expone, sino de la formación del “espíritu” (Castoriadis pone también el ejemplo de un pueblo inglés cultivado en la lectura detenida y formativa de Shakespeare, y lo mismo podríamos pensar respecto de la sociedad cubana en relación a José Martí) a la que dan lugar estos textos, que es entonces la ecuación que Toscana está poniendo a jugar en El peso de vivir en la tierra, y ante la cual lo procedente, desde una perspectiva comparada, es preguntarse por lo que ocurre correspondientemente cuando los textos proceden de la tradición española, la francesa, la inglesa, la mexicana o, efectivamente, la rusa, que es algo que de algún modo abordara Jaime Torres Bodet en su bello Tres inventores de realidad. Stendhal, Pérez Galdós y Dostoyevski, con relación a tres gigantes de las tradiciones literarias francesa, española y rusa respectivamente.
IV
Inicio de la década de los setenta del siglo pasado. Monterrey. Luis Echeverría comenzaba su gobierno en México y Leonid Brézhnev estaba en el séptimo del suyo en la Unión Soviética. El halconazo o represión del Jueves de Corpus había tenido lugar recién, un 10 de junio de 1971, como respuesta del gobierno entrante a las manifestaciones de estudiantes de la UNAM y el Politécnico en solidaridad con la huelga estudiantil de la Universidad de Nuevo León organizada para la defensa de la autonomía y otras demandas democráticas muy del clima de la época.
Mientras Nicolás destila desdén por la frivolidad e insignificancia de la inculta noticia de la muerte de Jim Morrison que le comunica un compañero de trabajo: “Hace cuatro meses murió Stravinski, ¿por qué entonces no me dijiste nada?”, se inicia el relato de El peso de vivir en la tierra en función de otra noticia que en este caso sí que llama su atención y no nada más eso, sino que lo perturba terriblemente: el 29 de junio de ese mismo año aciago del setentaiuno, los cosmonautas soviéticos Vladislav Vólkov, Gueorgui Dobrovolski y Víktor Patsáyev murieron asfixiados en el momento en el que la nave Soyuz 7K-T ingresaba a la tierra, debido a la despresurización de la cabina en la que estaban como consecuencia de la fatal falla de una válvula.
Se trataba de la primera misión tripulada, la Soyuz 11, que había logrado habitar una estación espacial, la Sályut 1, habiendo alcanzado la cifra de 383 órbitas completadas. El objetivo de la Soyuz 11 era hacer avanzar los planes estratégicos soviéticos de establecer las condiciones para habitar el mayor tiempo posible una estación espacial en el contexto geopolítico de la guerra espacial como componente medular de la Guerra Fría.
Si Cervantes puso a Don Quijote a surcar las tierras de La Mancha sobre los lomos de Rocinante, Melville al capitán Ahab y su tripulación a surcar los mares a bordo del Pequod y Saint-Exupéry a sus personajes a surcar los aires en aviones de la Compañía General Aeropostale, la Unión Soviética había puesto a algunos de sus ciudadanos a surcar el espacio y a habitar en él transformándolos en héroes o mártires en caso de ser el fracaso el resultado, como fue el destino de Vólkov, Dobrovolski y Patsáyev. Una misión, una guerra, un fracaso, tres héroes y un sacrificio. La poesía de la tragedia es innegable.
Esta fue la perturbación apasionada que activó el nacimiento de Nikolái Nikoláievich Pseldónimov en función de la cual se inicia un recorrido delirante en el que David Toscana lo pone correspondientemente a surcar las calles de Monterrey, haciéndose acompañar por una tripulación que, como la del capitán Ahab, poco a poco va reclutando y convenciendo pero a la que, como Don Quijote, les va cambiando el nombre: su esposa será Marfa Petrovna, el borracho de la cantina junto al que se sienta, y que acaso pudiera considerarse como su Sancho Panza, será Guerásim, la cantina será su estación espacial Sályut en calidad de centro de operaciones fundamental por virtud y recordación de aquello dicho por Gogol según lo cual “todo ruso que realizaba su oficio decentemente era un borracho empedernido”.
Alcohol, pobreza, enfermedad, dolor, intensidad por la búsqueda desesperada de una misión en la tierra como dispositivo central de una aventura apasionada por hacer de sus vidas y sus cuerpos los contenedores de almas grandes son, así, los elementos mediante los cuales se establece una maravillosa, sutil e inteligentemente cómica conversación entre el lector y los grandes de la literatura rusa, entre cuya nómina universal de interlocutores Christopher Domínguez Michael identifica, por ejemplo, a Paulina Simons (El jinete de bronce), a Gogol (El capote), a Dostoyevski (Los demonios, Crimen y castigo) y a Goncharov (Oblómov), así como a Tolstoi (Ana Karenina, Guerra y paz) y Chéjov (infinidad de cuentos) y Gorki (La madre), y después Babel (Caballería roja), o Solzhenitsyn (Un día en la vida de Iván Denísovich), o Pasternak (El doctor Zhivago) o Shólojov (El Don apacible), entre muchos otros más como Vasili Grossman, plasmada en una trama protagonizada por unos personajes tragicómicos que como Chaplin y sólo Chaplin –a quien tanto se parece Toscana por la genialidad creativa y poética de esta hermosa conquista novelística– manipula tus estados de ánimo para hacerte primero reír y después, al párrafo o página o línea siguiente, cimbrarte estremecido por la reflexión sacada de alguna línea de Tolstoi o de Mandelstam, o del propio Toscana desde luego, sobre la vida, el destino, la muerte o el sacrificio, o el tema arduo y peliagudo y para mí vasconceliano al cien por cien en el sentido de que ‘el anhelo de absoluto en los pensadores rusos (la intelligentsia radical)’, según dice Isaiah Berlin en Pensadores rusos otra vez (y terminamos ya este texto con él):
‘originó la firmeza y consistencia característica de su actuar: su costumbre de llevar ideas y conceptos hasta sus últimas y a veces absurdas consecuencias, a pensar que el detenerse en un razonamiento sin llegar a sus últimas conclusiones era signo de cobardía moral y un compromiso insuficiente con la verdad’.
Sobre El peso de vivir en la tierra, David Toscana, Alfaguara, México, 2022, 323 pp.
I
Yo no sé muy bien a qué se deba la fascinación por Rusia o por el pueblo ruso. Lo que se me ocurre decir es que como se me dio primero fue por vía política, ideológica y filosófica, por decirlo de algún modo. Es una perspectiva más objetiva que subjetiva o psicológica, digamos, histórica y militante sin duda, que se abrió paso a través de Marx y el marxismo –y la pasión política que con su mediación se configura para revolucionar la cabeza de cualquiera– al que llegué primero por la vía italiana de Antonio Gramsci, y la mexicana de José Revueltas (de quien por cierto dijo Juan José Arreola que más que mexicano, a él le pareció siempre, en realidad, más bien, un escritor ruso), para luego desplazarme inevitablemente a las coordenadas rusas que me llevaron de Plejanov a Lenin y al Diamat soviético (después sería el materialismo español de Gustavo Bueno, que es una ontología pluralista, la plataforma en la que iba a encontrar la síntesis superior y la rectificación fundamental del materialismo soviético, que es una ontología monista) y a la pasión histórica por la revolución bolchevique de 1917, par universal de la mexicana de 1910.
Podríamos decir entonces tal vez que la importancia de o, si se quiere, la fascinación por Rusia, se debe al hecho de que fue ese pueblo o imperio el lugar en donde tuvo lugar la puesta en práctica, a través de Lenin, de las ideas de Marx preñadas con el encargo hegeliano de realizar el absoluto aquí en la tierra, de la misma forma en que la importancia de Roma y su imperio se debe al hecho de que fue ahí en donde tuvo lugar la puesta en práctica y la cristalización de las ideas y la acción del Jesús histórico para dar paso, a través de Constantino y de Teodosio, a la configuración universal de la cristiandad como matriz civilizatoria.
Gustavo Bueno solía decir en ese sentido, y en línea directa con la tesis dos sobre Feuerbach de Marx (y que dice que “el problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento), que de no haber sido por Lenin y por Stalin, Marx hubiera pasado a la historia como un muy buen economista y pensador político, social y filosófico alemán, pero nada más, así como también de no haber sido por el imperio romano y sus calzadas Jesucristo hubiera sido solamente uno de los tantos predicadores que en su tiempo deambularon como nómadas por las tierras del cercano oriente.
Es una fascinación histórico-política en toda regla por todo lo ruso, vamos a decir y para volver a lo nuestro, que se me solía –y se me suele aún– manifestar mediante el expediente de la manía de rebautizar a amigos, alumnos o compañeros de trabajo con versiones rusas de sus nombres: Andrés por Andrei o Andreiev (mi gran amigo pintor Andrés del Collado que vive todavía en Madrid y con quien compartí departamento durante mi estancia de estudio y formación por allá); Mariana por Marianushka (mi mejor alumna de todos los tiempos); Andrea por Andreovshna (una compañera actual de trabajo) o Emilio por Milishky, mi bello y maravilloso sobrino de madre ucraniana, la pequeña Rusia. Pareciera que, al ser rebautizados en clave rusa, todas estas personas pasaran a ser personajes de una comunión sui generis determinada por la severidad trágica y apasionada de ser partícipes de una aventura manifestada como misión política revolucionaria a la que yo, al renombrarlos, los he convocado cual Alonso Quijano enloquecido por la literatura.
Y es que después vino entonces, efectivamente, la literatura; la fascinación por la gran literatura como segundo momento, situada en cambio en una perspectiva más subjetiva y psicológica o estética, vamos a decir dramática.
Recuerdo antes que todo el Tolstoi o Dostoyevski de Steiner, en el que dice que leer a los grandes de la literatura rusa en su propio idioma es uno de los placeres más sublimes que pueden existir para cualquier ser humano. Luego Selma Ancira y su pasión desbordante y bella por Tsvetáyeva y Tolstoi, y su hermosa antología Paisaje caprichoso de la literatura rusa, en donde por ejemplo se me reveló Gogol de una manera prodigiosa y casi mística por la belleza de la prosa del texto que para los efectos seleccionó y tradujo Ancira en el libro en cuestión.
Y está también La Casa Rusia de John le Carré, que es un doble homenaje al pueblo ruso y a su literatura plasmada mediante la organización de la trama alrededor de una novela al parecer extraordinaria y sinfónica en línea con las obras supremas de los Tolstoi, los Turguénev o los Pushkin, o luego de los Grossman, los Solzhenitsyn o los Axiónov, pero que por su naturaleza crítica no puede ser publicada en una Unión Soviética a punto de caer y que por tanto es filtrada para que llegue a las manos de un editor inglés venido a menos –pero que intercepta la inteligencia británica, y luego la CIA– y que ama profundamente a un insólito y único pueblo, el ruso, en el que lo más común –al tiempo de ser también increíble– es que al entrar a un insignificante mingitorio público de Moscú o Leningrado lo más seguro es que el que está orinando al lado tuyo te comience a hacer preguntas sobre el sentido de la muerte o lo que opinas sobre Nietzsche o Dostoyevski.
Rainer Matos dice en su Historia mínima de Rusia que ‘Rusia fascina. Rusia atrae irresistiblemente, sea para elogiarla o despedazarla como tema de conversación. Rusia asombra, tanto en la acepción de “asustar” como en la de “causar gran admiración”… Se puede hablar bien o mal de Rusia, pero es difícil ignorarla: en los periódicos, en los Juegos Olímpicos, en las clases de relaciones internacionales, en cualquier librería, en las noticias de todos los días, en los globos terráqueos y en las tiendas de música’, y el epígrafe que usa como frontispicio es precisamente de Almas muertas de Gogol, en uno de cuyos párrafos dice, hablando de Rusia, que “Todo es amplio y lleno en ti; tus ciudades de casas bajas aparecen imperceptibles en medio de las llanuras, como unos puntos, como una motitas; nada cautiva ni encanta la vista. ¿Qué fuerza incomprensible y misteriosa atrae hacia ti? ¿Por qué se oye y resuena siempre en los oídos tu melancólica canción, que se extiende de un extremo a otro, de mar a mar? ¿Qué tiene esa nación? ¿Qué llama y solloza, penetrando en el corazón? ¿Qué sonidos acarician dolorosamente y tienden a penetrar en el alma, envolviendo el corazón? ¡Rusia! ¿Qué quieres de mí? ¿Qué incomprensible vínculo se oculta entre nosotros? ¿Por qué me miras así y por qué todo lo que hay en ti ha puesto sobre mí sus ojos, llenos de esperanza?…”
Acaso podamos decir que nos ocurre con Rusia aquello que atormentaba tanto a Serenus Zeitblom, el narrador de la estremecedora Doctor Faustus de Mann cuando se preguntaba angustiado por el hecho de que Alemania tenía que estar abriendo la boca en todos y cada uno de los momentos en los que el destino del mundo estuviera en entredicho o en juego o en peligro, cosa que lo perturbaba, lo asombraba, lo estremecía y, también, lo aterraba por la magnitud de las consecuencias de lo que pudiera ocurrir según dijera una u otra cosa.
Para José Ramón Bravo, a estos efectos, y retomando por cierto una tesis ya planteada en su momento por Leopoldo Zea así como también por Carlos Marx, de algún modo, en La revolución en España, hay una suerte de excepcionalidad compartida por el orbe hispánico (las Españas) y el ruso (las Rusias), en virtud de que, mientras que el imperio o plataforma inglesa se avocó desde su insularidad a la construcción de una potencia marítima, comercial e industrial, los imperios español y ruso se avocaron a la defensa universal de la cristiandad frente al islam, circunstancia que deparó para cada una de estas tres magnitudes fundamentales de la historia universal una suerte de misión específica a la que quedarían sometidos los destinos de sus pueblos y de sus hombres y mujeres, determinando así dos modos específicos de estar en el mundo y de influir en la historia que sólo mediante los siglos, la filosofía, o la gran literatura, se pueden apreciar en su justa dimensión y significación:
‘Britania, Iberia y Rusia representaban para Zea a las naciones periféricas de Occidente. La primera logró hacer de su imperio marítimo y comercial el centro del sistema geopolítico mundial. Las otras dos se construyeron como bastiones de defensa de la cristiandad frente al islam y se proyectaron como imperios territoriales, continentales: una al este, sobre Asia; otra al oeste, sobre América. Su expansión se justificará, como en los viejos imperios europeos medievales, por la preocupación salvacionista cristiana, “tanto en la ortodoxia católica como en la bizantina”. Serán, por tanto, imperios ecuménicos, “generadores” o civilizadores en sentido incorporativo y teológico. Por el contrario, Inglaterra será, en expresión de Karl Marx, “el demiurgo del cosmos burgués”; centro de un nuevo imperio: el capitalista’ | Filosofía del Imperio y la Nación del siglo XXI. Ensayo sobre el problema político de las Españas y las Rusias (Pentalfa, 2021).
Rusia asombra y aterra al mismo tiempo, entonces, porque es un pueblo, una sociedad y una magnitud con una misión trágica y grande y enorme impuesta por la historia y la geopolítica (por aquello de que, en política, geografía es destino), que ilumina al mismo tiempo de quemar, y todo lo que ocurre y puede ocurrir ahí está llamado a tener dimensiones igualmente y en correspondencia grandes, trágicas y tremendas, que es la tesitura adoptada por Bertrand Russell según cuenta Isaiah Berlin en Pensadores rusos cuando dijo que sólo era posible comprender la revolución rusa de 1917 comparándola con el problema de gobernar a personajes endemoniados como los de Dostoyevski.
El ruso vendría a ser entonces, tal vez, un pueblo intenso, radical, absolutista, consagrado a la consecución de una serie de ideas trascendentales y maniqueas, propias en calidad exclusiva de cruzados. Y si su historia y su cultura te sacuden y te desafían todo el tiempo en función de cuestiones que hacen palidecer –y por tanto que destruyen– cualquier aspecto de la vida cotidiana, es fácil que alguien enloquezca si se sumerge apasionado en las obras fundamentales de su tradición literaria: tal fue el caso de Nicolás, el personaje de la hermosa y llena de ingenio y penetrante y entrañable novela El peso de vivir en la tierra de David Toscana (Alfaguara, 2022), que un buen día, en el Monterrey de la década de los 70 del siglo pasado, decidió que tendrían todos que comenzar a referirse a él como Nikolái Nikoláievich Pseldónimov, y que así como Alonso Quijano se transformó en Don Quijote para hacer de su vida una manifestación histórica de lo que es un caballero andante, él decidió transformar la suya y la de su mujer en una aventura heroica mediante la que se pudieran encarnar las virtudes y las acciones necesarias para tener un alma grande: ‘nuestros corazones no soportarán el peso de vivir en la tierra’, dijo Nicolás a su mujer –según cuenta Toscana en el Preludio– al entrar en su casa luego de decirle también que morirán como cosmonautas rusos, devastado por la noticia de que tres cosmonautas soviéticos habían muerto recién al ingresar a la bóveda atmosférica terrestre en función de lo cual, y merced a las variaciones en los niveles de presión correspondientes, ‘lo más plausible era que luego de pasar tanto tiempo sin gravedad, sus corazones se habían detenido al sentir de nuevo el peso de vivir en la tierra’.
La clave poética de la novela cifrada en el título y su justificación ficcional no puede ser más bella y más rica en analogías, parábolas e insinuaciones, disponiendo el ánimo del lector en una escala tonal, en efecto, de trágico tremendismo ruso.
II
‘San Petesburgo, Imperio Ruso, Fiesta de la Epifanía, 1871’, escribió Nikolái Nikoláievich Pseldónimov en la hoja de la primera copia del contrato que el licenciado Domínguez, su jefe en no se sabe nunca qué oficina pública o privada, le había encargado completar, pasar en limpio y reproducir en cinco juegos para el día siguiente. El esquema cervantino-quijotesco queda de inmediato dispuesto en función de la evidencia del desface entre su realidad prosaica y cotidiana y la idea poética que tenía de su vida en búsqueda atormentada por tener un alma grande como apasionado leitmotiv de la vida rusa según las coordenadas históricas y filosóficas que venimos de comentar.
La fórmula de Toscana es extraordinaria así como sorprendente, en el sentido de que replica un esquema conocido, leído, repetido y comentado seguramente que miles de veces durante siglos enteros, y que aún así, siempre que se utilice con genio y maestría poética y narrativa tal como lo ha hecho él, te vuelve a estremecer con la misma suavidad, frescura y belleza originarias.
Se trata de la fórmula cervantina del Alonso Quijano enloquecido por la lectura industrial de novelas de caballería merced a la cual se le quema el cerebro para iniciar un periplo vital, el de Don Quijote de la Mancha, desde el que decide replantear su vida de hidalgo cincuentón venido a menos para convertirse en un caballero andante que, montado en los lomos de su “glorioso y gallardo” corcel y acompañado por su “valeroso y también gallardo escudero”, habría de recorrer los territorios de la Mancha en lucha heroica por la justicia consagrada a una “gran y apasionada dama” que a la distancia lo mira y escucha el ”eco de las arias” mediante el que se da cuenta de las andanzas heroicas de su enamorado, conectando el concepto de vida heroica con el de le guerra como fundamentos, además, del amor caballeresco. Era una guerra que, para los tiempos de Cervantes, habría de comenzar a ser procesada desde un nuevo criterio y una nueva figura, la del Estado moderno, en función de cuya razón (la razón de Estado) el soldado anónimo iba a terminar siendo el sustituto del caballero medieval, que es la circunstancia contradictoria a través de la cual se procesa el desface trágico entre lo que estaba muriendo, el heroísmo caballeresco medieval, y lo que estaba naciendo: el Estado moderno de los ejércitos anónimos y mecanizados que luego, con Napoleón y las guerras napoleónicas, terminarían transfigurando a las sociedades históricas en máquinas nacionales y nacionalistas de guerra total.
La forma es cervantina, entonces, pero el contenido tiene un cambio de variable fundamental, bello e inspirador. Porque lo que hace enloquecer a Nicolás no es la lectura de novelas de caballería, y ni siquiera la lectura de la gran literatura española o mexicana: es la lectura de la gran literatura rusa lo que lo ha trastornado, y lo que lo ha llevado a la decisión de transfigurarse en Nikolái Nikoláievich Pseldónimov para hacer de su vida y la de su esposa una búsqueda de las claves fundamentales para tener un alma grande, en una línea tal vez como la de Chejov, que en su Cuaderno de notas dice que alguien ‘escribe sobre el “alma rusa”. El idealismo sería el gran “carácter distintivo” de esta alma. Un occidentalista puede descreer de los milagros de lo sobrenatural; pero no debe llegar al punto de destruir la fe en el alma rusa, pues se trata de un idealismo predestinado a salvar a Europa.’
¿Pero a quién podrían salvar Nikolái y Marfa, su rebautizada esposa, desde un Monterrey de la década de los 70 del siglo pasado en un México gobernado por Luis Echeverría, una vez habiéndose enterado de que tres cosmonautas soviéticos habían muerto al volver a la tierra luego de veinte días vividos en gravedad cero en la estación orbital Sályut? He aquí la belleza, la ironía, el genio ficcional y la astucia de la narrativa de David Toscana, y el encanto sublime de El peso de vivir en la tierra.
III
La cuestión de la relación entre un libro o serie de libros, o de un corpus literario constitutivo de una tradición profunda y longeva, y la sociedad en la que surge y se afirma como referente fundamental de su cultura, es de estatuto filosófico, por eso el acorde que toca Toscana es de naturaleza sinfónica ciertamente.
Porque aquí de lo que se trataría es de saber la forma del carácter a la que llega un pueblo, o una persona, al leer a consciencia una gran tradición literaria como la rusa, la francesa, la inglesa o la española o la mexicana (que es una rama de la española y que se inicia precisamente con la obra de los cronistas de Indias), de lo cual se podrían extraer los criterios para situar y comprender el papel de la gran literatura como forma cultural, histórica y, al ser producto del trabajo del hombre, civilizatoria.
La existencia de un libro o libros dentro de una sociedad, pero no ya solamente como texto impreso para la lectura sin más sino como materia medular y por tanto vertebradora de su cultura objetiva, puede marcar la diferencia entre el carácter y papel (o misión o destino) de una sociedad o pueblo en la historia de una manera radical, tal como cuenta Steiner en algún lado al recordar la anécdota en la que fuera invitado a la recepción en honor de Nadine Gordimer al recibir el Nobel de Literatura en 1991.
Resulta ser que, en la recepción en cuestión, había varios líderes negros en resistencia contra el abyecto régimen del Apartheid sudafricano, ante lo cual Steiner no perdió la oportunidad de preguntarles que cómo era posible que, siendo los negros mayoría en Sudáfrica, pudieran soportar un régimen levantado por una minoría blanca que los mantenía a ellos en una situación de marginalidad histórica y política total. ¿A qué se debía eso?; ¿a qué se debía el hecho de que no lograran transformar su mayoría demográfica en potencia política efectiva capaz de derrocar un régimen opresor? La respuesta fue lapidaria y llena de simbolismo, porque lo que le dijo aquél hombre fue ésto: “porque nosotros no tenemos libro; los negros no tenemos libro. Los judíos tienen la Torah, los cristianos la Biblia, los musulmanes el Corán, los marxistas el Manifiesto del Partido Comunista: los negros no tenemos libro”.
Obviamente el líder en cuestión hablaba del libro como objeto cultural y no sólo como un texto impreso; como símbolo de refracción de un conjunto de virtudes, consignas u objetivos políticos o estratégicos (y aquí entraría también, desde luego, Mi lucha de Hitler), y por tanto como dispositivo de agrupación configuradora de una colectividad dispuesta hacia la acción en uno u otro sentido, y en función de un plan determinado u otro.
Es una relación orgánica constitutiva, ontológica, para la explicación de la cual Castoriadis se remonta a la única dualidad de la antigüedad capaz de concentrar significado semejante: la dualidad del orbe griego y el cristiano:
‘La relación de Homero con la cultura griega no es el equivalente de la relación de Balzac, digamos, con la cultura francesa contemporánea, no es una obra reservada a una parte de la sociedad; se trata de algo que la gente bebe literalmente con la lecha materna y que aparece regularmente en innumerables ocasiones. El único caso análogo sería, por ejemplo, en la civilización cristiana –y también, evidentemente, en la civilización hebraica–, el papel formado de la Biblia en una población cristiana muy creyente que no se limita a ir a la iglesia para escuchar la misa con oídos distraídos, sino que la sigue atento, y lee la Biblia regularmente, como se hace, por ejemplo, en la cultura protestante’ | Lo que hace a Grecia (FCE, 2022).
No se trataría tanto aquí de la veracidad histórica de lo que en cada texto (La Ilíada, la Biblia) se expone, sino de la formación del “espíritu” (Castoriadis pone también el ejemplo de un pueblo inglés cultivado en la lectura detenida y formativa de Shakespeare, y lo mismo podríamos pensar respecto de la sociedad cubana en relación a José Martí) a la que dan lugar estos textos, que es entonces la ecuación que Toscana está poniendo a jugar en El peso de vivir en la tierra, y ante la cual lo procedente, desde una perspectiva comparada, es preguntarse por lo que ocurre correspondientemente cuando los textos proceden de la tradición española, la francesa, la inglesa, la mexicana o, efectivamente, la rusa, que es algo que de algún modo abordara Jaime Torres Bodet en su bello Tres inventores de realidad. Stendhal, Pérez Galdós y Dostoyevski, con relación a tres gigantes de las tradiciones literarias francesa, española y rusa respectivamente.
IV
Inicio de la década de los setenta del siglo pasado. Monterrey. Luis Echeverría comenzaba su gobierno en México y Leonid Brézhnev estaba en el séptimo del suyo en la Unión Soviética. El halconazo o represión del Jueves de Corpus había tenido lugar recién, un 10 de junio de 1971, como respuesta del gobierno entrante a las manifestaciones de estudiantes de la UNAM y el Politécnico en solidaridad con la huelga estudiantil de la Universidad de Nuevo León organizada para la defensa de la autonomía y otras demandas democráticas muy del clima de la época.
Mientras Nicolás destila desdén por la frivolidad e insignificancia de la inculta noticia de la muerte de Jim Morrison que le comunica un compañero de trabajo: “Hace cuatro meses murió Stravinski, ¿por qué entonces no me dijiste nada?”, se inicia el relato de El peso de vivir en la tierra en función de otra noticia que en este caso sí que llama su atención y no nada más eso, sino que lo perturba terriblemente: el 29 de junio de ese mismo año aciago del setentaiuno, los cosmonautas soviéticos Vladislav Vólkov, Gueorgui Dobrovolski y Víktor Patsáyev murieron asfixiados en el momento en el que la nave Soyuz 7K-T ingresaba a la tierra, debido a la despresurización de la cabina en la que estaban como consecuencia de la fatal falla de una válvula.
Se trataba de la primera misión tripulada, la Soyuz 11, que había logrado habitar una estación espacial, la Sályut 1, habiendo alcanzado la cifra de 383 órbitas completadas. El objetivo de la Soyuz 11 era hacer avanzar los planes estratégicos soviéticos de establecer las condiciones para habitar el mayor tiempo posible una estación espacial en el contexto geopolítico de la guerra espacial como componente medular de la Guerra Fría.
Si Cervantes puso a Don Quijote a surcar las tierras de La Mancha sobre los lomos de Rocinante, Melville al capitán Ahab y su tripulación a surcar los mares a bordo del Pequod y Saint-Exupéry a sus personajes a surcar los aires en aviones de la Compañía General Aeropostale, la Unión Soviética había puesto a algunos de sus ciudadanos a surcar el espacio y a habitar en él transformándolos en héroes o mártires en caso de ser el fracaso el resultado, como fue el destino de Vólkov, Dobrovolski y Patsáyev. Una misión, una guerra, un fracaso, tres héroes y un sacrificio. La poesía de la tragedia es innegable.
Esta fue la perturbación apasionada que activó el nacimiento de Nikolái Nikoláievich Pseldónimov en función de la cual se inicia un recorrido delirante en el que David Toscana lo pone correspondientemente a surcar las calles de Monterrey, haciéndose acompañar por una tripulación que, como la del capitán Ahab, poco a poco va reclutando y convenciendo pero a la que, como Don Quijote, les va cambiando el nombre: su esposa será Marfa Petrovna, el borracho de la cantina junto al que se sienta, y que acaso pudiera considerarse como su Sancho Panza, será Guerásim, la cantina será su estación espacial Sályut en calidad de centro de operaciones fundamental por virtud y recordación de aquello dicho por Gogol según lo cual “todo ruso que realizaba su oficio decentemente era un borracho empedernido”.
Alcohol, pobreza, enfermedad, dolor, intensidad por la búsqueda desesperada de una misión en la tierra como dispositivo central de una aventura apasionada por hacer de sus vidas y sus cuerpos los contenedores de almas grandes son, así, los elementos mediante los cuales se establece una maravillosa, sutil e inteligentemente cómica conversación entre el lector y los grandes de la literatura rusa, entre cuya nómina universal de interlocutores Christopher Domínguez Michael identifica, por ejemplo, a Paulina Simons (El jinete de bronce), a Gogol (El capote), a Dostoyevski (Los demonios, Crimen y castigo) y a Goncharov (Oblómov), así como a Tolstoi (Ana Karenina, Guerra y paz) y Chéjov (infinidad de cuentos) y Gorki (La madre), y después Babel (Caballería roja), o Solzhenitsyn (Un día en la vida de Iván Denísovich), o Pasternak (El doctor Zhivago) o Shólojov (El Don apacible), entre muchos otros más como Vasili Grossman, plasmada en una trama protagonizada por unos personajes tragicómicos que como Chaplin y sólo Chaplin –a quien tanto se parece Toscana por la genialidad creativa y poética de esta hermosa conquista novelística– manipula tus estados de ánimo para hacerte primero reír y después, al párrafo o página o línea siguiente, cimbrarte estremecido por la reflexión sacada de alguna línea de Tolstoi o de Mandelstam, o del propio Toscana desde luego, sobre la vida, el destino, la muerte o el sacrificio, o el tema arduo y peliagudo y para mí vasconceliano al cien por cien en el sentido de que ‘el anhelo de absoluto en los pensadores rusos (la intelligentsia radical)’, según dice Isaiah Berlin en Pensadores rusos otra vez (y terminamos ya este texto con él):
‘originó la firmeza y consistencia característica de su actuar: su costumbre de llevar ideas y conceptos hasta sus últimas y a veces absurdas consecuencias, a pensar que el detenerse en un razonamiento sin llegar a sus últimas conclusiones era signo de cobardía moral y un compromiso insuficiente con la verdad’.
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