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Apuntes sobre Emilio Renzi III

Leo en la página 69 de los diarios de Piglia el momento en el que plasma los mecanismos de identificación con personajes fundamentales con los que se identifica más que lo que le ocurre con los personajes (los escritores) reales. En el caso en cuestión se trata ni más ni menos que de Stephen Dedalus, del Ulises de Joyce.

‘Leo sus vidas como forma de entender de qué se trata. No me interesa inspirarme en los escritores “reales”. El desprecio de Dedalus por la familia, la religión y la patria será el mío. Silencio, exilio y astucia. Escribía un diario (como yo). Leía filosofía (Aristóteles, San Agustín, Giordano Bruno, Vico). Tenía una teoría extraordinaria sobre Hamlet y la discute en el capítulo de la biblioteca en Ulises. Le gustaban las chicas de mala vida (como a mí). Se fue a París para escapar del mundo familiar (como yo me fui a La Plata), quería ser un escritor y que sus cuentos y epifanías se mandaran a todas las bibliotecas del mundo (si él muriera). Admiraba y fue a visitar a Yeats, un gran poeta, como yo admiro y quiero conocer a Borges. Es decir, veía como maestro a un escritor que podía ser no su padre sino su abuelo. Por fin, admiraba la admiración que su padre tenía por Parnell como yo admiro la admiración de mi padre por Perón, aunque ni a Dedalus ni a mí nos interesara la política paterna’.

En mi caso concreto no ha ocurrido así en cuanto a mis mecanismos de identificación-configuración mimética con un escritor. El primero que me sacudió fue sin duda José Revueltas. Y lo hizo para determinar un canon. Digamos que hay algo así como un canon Revueltas que me define de cuerpo entero, y lo sigue haciendo al día de hoy. No era tanto un personaje suyo –la novela fundamental y primera que leí de él fue Los días terrenales–: era él mismo a la hora de escribir lo que escribió, y sobre todo la menara en que lo hacía. José Revueltas es para mí el escritor por excelencia. Algo a lo que aspiro llegar a ser tal vez.

Todo ocurrió en el Ateneo de Madrid. Era una edición que no necesariamente era la mejor ni en términos de diseño editorial ni de funcionalidad material del libro mismo. De hecho era un libro horrendo ciertamente. Se trataba de la edición especial de los noventa del siglo pasado más o menos, en tapa dura, con una serie de ensayos críticos que antecedían el texto, y que era algo así como una colección financiada por múltiples instituciones, entre las cuales estaba la UNESCO, me parece, y que era bastante incómoda de leer. Nada que ver con las bellas ediciones realizadas por Era.

En todo caso, la prosa de Revueltas me subyugó de inmediato nomás puse mis ojos sobre las primeras letras. Ahí estaba el hecho literario en estado puro en tanto que núcleo donde se concentra la sustantividad poética que sostiene una obra narrativa al margen de la trama: no es la historia que te están contando, no es el qué, es el cómo de lo que te está ocurriendo mentalmente a la hora de ira avanzando en el libro. Algo así me ocurrió después al leer el Tristam Shandy de Lawrence Sterne, que me parece suprema en cuanto a la magia –por decirlo de algún modo entendible, y si sirve para dimensionar el efecto– producida por la pura forma en que está compuesto el texto.

Luego fue curiosamente también en Madrid, durante esa misma época, donde me conseguí las obras completas de Revueltas. Creo que, de los veinticinco o veintiséis tomos de que constan, resulta ser que aquella librería de viejo de no recuerdo bien dónde ni de qué barrio madrileño los tenía casi todos, a dos euros por tomo. Me los compré todos, desde luego.

Y comencé la lectura copiosa, descontrolada, dostoyevskiana de Revueltas. Sus memorias –Las evocaciones requeridas, en dos tomos– han sido de las lecturas más sublimes que he realizado en mi vida. Aquello era un proyecto de vida entendido como plan de estudio y plan político al mismo tiempo. La explicación de una vida en función de las formas de desgarramiento psicológico a las que se somete merced a la consagración personal enderezada por una idea y una forma de vida y de estar en el mundo: el marxismo, la historia, el socialismo, la revolución, la pasión política en definitiva, la filosofía, eran todas ideas incandescentes en función de las cuales estaba organizado el universo intelectual y existencial de un Revueltas que al írtelo contando te va al mismo tiempo modificando la memoria, el entendimiento y la voluntad, para hablar en los términos de las tres facultades psicológicas (o del alma) según San Agustín.

Y hay otra diferencia fundamental, también, con Piglia: a mí la política jamás me fue indiferente. Nunca. La política lo define todo. Lo es todo. Tal vez haya en mí, por ahí, algún rastro de severitas romana antiguo que me determina de manera total, aunque sé que la influencia fundamental es la que proviene de mi padre, para quien si no se habla de política no tiene sentido nada en la vida. Como debe de ser.

Y así es como ocurrió también con Revueltas, al igual que con Malraux y Vasconcelos, y también con Malaparte, que, más que su obra, es en realidad su vida misma la que no se entiende al margen de la política y las formas intensas a las que se lleva la pasión humana por su través. En un texto publicado en otro sitio hace tiempo, transcribí este fragmento de las memorias de Revueltas en el que se plasma lo que aquí yo quiero explicar:

“Principio a estudiar. No en la medida e intensidad que lo deseo, pero al fin ya inicié la jornada. Terminé de leer la vida de don Lucas Alamán y ahora sigo con una obra de Worral (Panorama de la ciencia) que se refiere al materialismo dialéctico. Es una polémica vigorosa e inteligente, basada en algunos de los recientes experimentos en física, biología y matemáticas, contra los ‘filósofos’ ingleses contemporáneos (Bertrand Russell y otros) y su solipsismo (tendencia idealista –radicalmente idealista– que acaba por encerrar sus concepciones de la naturaleza en el ser pensante, a tal grado que para estos filósofos el mundo exterior es sólo una representación, y lo que está fuera del alcance de las percepciones es incognoscible –’el mundo es mi idea, fuera de eso no hay nada real, existente’–). El libro me ha gustado mucho. Me sirve para iniciar mis lecturas filosóficas. Después de él me leeré algunos dos o tres libros más sobre bases filosóficas generales, para después estudiar historia de la filosofía y en seguida cada uno de los filósofos más importantes desde la antigüedad clásica hasta el presente. Paralelamente a esto, estudiaré historia de México y en particular historia de Yucatán. Daré un repaso a la historia general de México (voy a leerme a Orozco y Berra, Lucas Alamán y Pereyra) y después, en la medida de lo posible, estudiaré el desarrollo económico del país, históricamente hablando.”

La vida como plan de estudio y como proceso de configuración filosófica de la consciencia y el entendimiento cifrados como parte de un proyecto de combate y lucha política, que es lo que queda plasmado de una manera estremecedora y bella en la foto clásica de Revueltas leyendo en la cárcel mientras está sentado en alguna sala de espera.

Tiempo después preparé yo también mi plan de estudio como proyecto de vida, y lo redacté en las páginas finales de uno de los libros de Revueltas, precisamente, que leía en una cantina vieja de Coyoacán hace muchos años. Era mi único plan y proyecto de vida madre mía. José Revueltas convertido en mi canon, mi condena y mi inspiración fundamental. Nunca nadie como él. Nunca.

Las razones del apoliticismo de Piglia, en todo caso, es algo que estoy todavía por descubrir, cosa que no impide tampoco ni mucho menos que sus diarios me estén resultando tan cautivadores dada la pasión intelectual que los anima prácticamente en cada una de sus entradas.

El canon José Revueltas