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Apuntes sobre Emilio Renzi II

Hay un tono trágico y acaso pudiéramos decir tal vez que muy ruso en el diario de Piglia, que es el que mantiene su tensión sintáctica en una tesitura crepuscular además de ser la que le da su profundidad poética, cosa bastante difícil de lograr al tratarse de un ejercicio de consigna cotidiana del discurrir insignificante y monótono del tiempo.

Acabo de terminar por cierto El peso de vivir en la tierra de David Toscana, que ha resultado ser una novela sencillamente maravillosa que se nos ofrece como tributo a la literatura rusa hecha desde México, por eso la referencia al “tono ruso” de lo que voy leyendo del diario de Piglia. Digamos que estoy en estos momentos en esa sintonía. Mi ángel bello, que llamaremos L, ya se ha dado cuenta por cierto de que lo que me ha cautivado del hermoso planteamiento de Toscana es el hecho de que, al enloquecer de manera exclusiva mediante la lectura copiosa de literatura rusa (que es lo que le ocurre al personaje de la novela, llamado Nicolás), el problema que se te clava en la cabeza es el de saber cómo es que se le hace para ser un hombre de “alma grande”, y es lo que ella dijo en una reunión de hace unos días con unos amigos, atajando la pregunta que alguien me hizo para responder al instante que lo mío lo mío lo mío, o digamos que mi problema fundamental en la vida, es tal vez –porque uno nunca sabe– el de saber cómo se le hace para tener un alma grande.

Esto de los diarios con tono ruso me recuerda en todo caso a un proyecto bastante ambicioso de Andrés Trapiello, en el que también va publicando sus diarios bajo el formato de “Salón de pasos perdidos. Una novela en marcha” (yo me compré hace más de veinte años, en un viaje a España, el que se titulaba Do fuir), y que no sé en realidad en qué número de volumen va, pero sé que son bastantes. Trapiello tiene también esa habilidad de hacer de lo monótono y lo cotidiano materia de configuración poética con brillo y sustancia propia. En las contracubiertas de todos los volúmenes, explica sus razones del modo siguiente:

“En las viejas casas había siempre un Salón Chino, un Salón Pompeyano, un Salón de Baile, otro de Retratos, cada uno empapelado o pintado de un color, con unos muebles apropiados y decoración idónea… En estos palacios españoles, un tanto vetustos y destartalados, había también un salón que llamaban de Pasos Perdidos. La casa que no lo tenía no era una buena casa. Era el salón donde nadie se detenía, pero por donde se pasaba siempre que se quería ir a alguno de los otros. Al autor le gustaría que estos libros llevaran el título general de Salón de pasos perdidos. Libros en los que sería absurdo quedarse, pero sin los cuales no podríamos llegar a esos otros lugares donde nos espera el espejismo de que hemos encontrado algo. A ese espejismo lo llamamos novela, y a ese algo lo llamamos vida.”

Volviendo a Piglia, ahí lo tenemos en todo caso anotando un miércoles de 1957 que ‘Jugar billar es simple, hay que estar frío y saber anticipar. Después fuimos a la pileta y nos quedamos hasta tardísimo. Me zambullí del trampolín alto. Desde tan arriba las luces de la cancha de paleta flotaban en el agua. Todo lo que hago me parece que lo hago por última vez.’ (p. 28, énfasis añadido).

Es la sensación de algo así como un “estado de despedida permanente” que está implícita en la idea de que todo lo que se hace se hace por última vez, y que a mí me remite de inmediato a la pintura de Hopper y a la literatura de John Cheever, aunque también al tono poético que inunda todo lo que escribió –y vaya que escribió muchísimo– Gonzalo Torrente Ballester, cuya novela de tema y tono ruso, Quizá nos lleve el viento al infinito, es verdaderamente hermosa e inolvidable, además de extraña por el tema (y que ahora que lo pienso es muy similar al de Toscana, pues en ambos casos el contexto tiene que ver con la carrera espacial a la que dan inicio los soviéticos, además del obligado elemento de los espías y la inteligencia como variables fundamentales para comprender lo que es la Geopolítica como disciplina distinta a las Relaciones Internacionales).

A los pocos días el mismo Piglia toca el acorde ruso, precisamente, pues apunta para su diario que: ‘Leo Los siete ahorcados de Andréiev. Los condenados del libro son todos librepensadores, nihilistas: Al alba los van a ejecutar, el tiempo no pasa y sin embargo es siempre más tarde –o más temprano– de lo que se imaginan. Imposible describir esa espera: “No era todavía la muerte pero ya no era la vida”. Una revolucionaria, la heroína, piensa: “Yo quisiera que sucediera así: salir sola al encuentro de los soldados, con un leve revólver en la liga; no importa que muera, pero no quiero morir como una gallina…” (¿No es increíble el símil?, pero leve revolver es perfecto).’ (p.40)

En otra ocasión, años más adelante, rondando ya el año de 1959, apunta lo siguiente con relación a Gógol: ‘Anoche leí El capote de Gógol (“todos venimos del capote de Gógol”, dijo Dostoievski) con su tono de una oralidad rabiosa, inolvidable. Pero también Kafka viene de ahí: el drama cómico gira sobre un abrigo. Se parece a los sueños, donde un objeto insignificante –perdido, encontrado, entrevisto– produce efectos demoledores. La causa mínima crea consecuencias brutales. Gran estrategia narrativa: no importan los hechos, importan sus consecuencias. Aquí la espera en las oficinas públicas se cuenta con el espanto alegre de una épica legendaria.’ (p. 54).

Pronto he de redactar, en todo caso, mi reseña de El peso de vivir en la tierra. De entrada siento que debo de revisar a detalle, aunque tampoco debo paralizarme queriéndomelo leer todo, Tolstoi o Dostoievski de Steiner (que leí hace años), Guerra y Paz en el Quijote de Pedro Ínsua (me lo estoy leyendo de hecho en estos días en Kindle), el Curso de literatura rusa y el Nikolái Gógol de Nabokov y Modelos y líderes de Max Scheler. Si la formulación de Toscana es la de que, sabiendo primero que leyendo novelas de caballería en demasía terminas convertido en el Quijote, si lees gran literatura rusa en demasía quedas entonces prendado al problema de saber cómo se le hace para tener un alma grande, ¿a dónde te lleva por ejemplo un ejercicio análogo pero leyendo gran literatura hispánica, gran literatura norteamericana o gran literatura mexicana?