GAP Andrés Molina Enríquez

Nikolái Nikoláievich Pseldónimov

Les cuento que hace apenas unas semanas pude hacerme por fin con la novela de David Toscana El peso de vivir en la tierra, editado por Alfaguara recién en 2022. El libro me parece que lo vi desde su publicación en alguna sucursal de Sanborns, habiéndome resultado muy atractiva la bella fotografía utilizada para la portada en la que aparece Antón Chéjov leyendo su obra de teatro La gaviota junto con los miembros de la Compañía de Teatro del Arte de Moscú, alrededor de 1899.

Al principio la portada lo fue todo, ya sea por el hecho de tratarse de una foto antigua, ya sea por el hecho de tratarse de un autor canónico de la tradición tan apasionante de la literatura rusa, tema y universo que me subliman al instante tal como me ocurre también por cierto con la literatura cubana.  

El hecho concreto en todo caso es que la novela no me la compré, así haya estado con ella un buen rato parado ojeándola a la ligera. No me pregunten por qué, pero sencillamente regresé el libro a la mesa de novedades de donde la tomé. El nombre del autor y de la novela, no obstante, se me quedaron pegados desde entonces eso sí.

A partir de ese momento, como suelo hacer en situaciones como ésta, me puse a revisar cosas en internet sobre David Toscana y la novela en cuestión: artículos, entrevistas y sobre todo videos, en continuidad con una búsqueda infinita de buena literatura, y sobre todo de gran literatura, que es una de mis grandes pasiones vitales. 

Recomiendo mucho por cierto, ahora que hablamos de videos, dos programas sobre literatura que no me pierdo los fines de semana casi de manera religiosa: uno que se llama “Café Chejov”, producido por la Universidad de Guadalajara y que consiste en entrevistas realizadas a narradores de cuento en español, y “Los Siete Locos”, un programa argentino sobre literatura verdaderamente genial y, según entiendo, legendario, conducido por Cristina Mucci.

Recuerdo que en mis buenas épocas de lector vamos a decir que dostoyevskiano, en el sentido de vivir en un universo paralelo al de la vida cotidiana y mundana leyendo diez o doce horas al día en promedio, durmiéndome a las 3 de la mañana o más por lo regular, y viviendo en un departamento pequeño transformado en bodega de libros viejos con cama, mesa y cocina como complementos insignificantes y mundanos, yo lo que solía hacer era intercalar, dentro de mi plan tolstoiano o balzaquiano de estudio de temas fundamentales de filosofía, economía política (marxismo) y teoría política, la lectura de por lo menos dos novelas como regla: una breve o de algún autor contemporáneo o reciente más o menos, y alguna gran novela de autores de envergadura universal tipo Broch, Joyce, Melville o Tolstoi, además de dedicarle también un buen tiempo al ensayo literario.

El hecho en todo caso es que llevo apenas cinco o seis días de haber comenzado El peso de vivir en la tierra, y estoy convencido, a muy poco de terminarla (y creo poder decir que sé de lo que hablo, aunque tampoco me crean demasiado), de que se trata de una obra maestra que me estremeció desde la página dos, que es en donde explica entre otras cosas las razones por las que la obra se llama como se llama. Aquí está el Quijote metido, pensé al instante, sólo que en vez de novela de caballería, la locura tiene como causa y procedencia, en efecto, la literatura rusa. Vaya hermosura de situación y planteamiento.   

No les digo más, porque el libro amerita un texto en serio y a profundidad. El personaje se llamaba Nicolás, pero quería que le llamaran Nikolái Nikoláievich Pseldónimov. Además de vivir en Monterrey en los 70 del siglo pasado, lo hacía también y sobre todo atormentado por saber lo que significaba tener un alma grande. Por qué se llega a esto como resultado de leer literatura rusa en cantidades industriales es algo respecto de lo que en su momento hemos de hablar.