Los entusiasmos de R.D.

Lew Fields y el espíritu de vaudeville

Para Adriana Duch Carvallo, primera actriz de los Carvallo.

El 29 de julio de 1941, Robertson Davies escribió en el Peterborough Examiner sobre la muerte de Lew Fields (1867-1941), del que desde luego no sabía nada hasta cruzarme con el texto en cuestión (The Enthusiasms of Robertson Davies, Viking, New York, 1990). Fields fue un actor, humorista, director y productor teatral norteamericano, que destacó fundamentalmente por haber sido una estrella del vaudeville. Y a esto dedica Davies su reflexión.

Hoy el vaudeville está muerto, decía ya entonces categórico R.D., ‘pero muchos de nosotros podemos todavía recordar los días en que todo foro de cine o teatro de alguna pretensión tenía algunos “actos” incluidos en su programa’. “Actos” de vaudeville hemos de entender, desde luego. Recordemos que estamos leyendo un artículo de 1941, escrito para el periódico de la ciudad de Peterborough, Ontario, Canadá.

El buen vaudeville era para Davies una forma de notable y fino entretenimiento: ‘tenía brío y una cualidad abundante y terrenal que hoy echamos de menos, pues el espíritu de vaudeville no es comunicable por los medios del cine, y lo es aún menos por los de la radio… Sólo en el teatro era posible ver a los actores y ser acariciados con el calor de su encanto personal, así como responder a sus esfuerzos y sentir su respuesta al aplauso y a la apreciativa carcajada de su audiencia. Tenía una cualidad íntima; audiencia y actores conspiraban para crear un pequeño oasis de felicidad y alegría al interior de las paredes del teatro’.

Estamos, a juicio de Davies, ante una de las más disciplinadas y especiales formas de entrenamiento de los grandes actores, pues el vaudeville exige a alta presión y en tiempo real el despliegue de todo lo que de talento creativo y de improvisación actoral puede haber en ellos, puesto que ‘todo segundo contaba, de modo tal que debían bailar, cantar, recitar y actuar como si les fuera la vida en ello, para darnos unas cuantas pero bellamente estimulantes horas’. Horas de fino, y acaso podríamos pensar también que elegante entretenimiento.

Yo no soy un hombre de teatro, debo confesar. Y no lo soy ni como espectador ni como lector menos aún. No me disgustaría comenzar a serlo en la medida de mis posibilidades, eso sí. Sólo por mi prima he querido acercarme un poco más a esta actividad de tan longeva y constante presencia en la historia de la racionalidad y la experiencia humanas. Y es que la mía es una generación de cine y de televisión, quiero pensar. Y las que vienen después ya ni siquiera sé cómo las habremos de catalogar.

Existe un escritor central en mi vida que de entre el vastísimo y fascinante universo temático sobre el que escribió miles de cosas, figuran característicamente los dos ámbitos de los que estoy aquí hablando, a saber, el teatro y el cine: José Revueltas. Max Aub también combinó de forma magistral, ahora que lo pienso, esas tres formas creativas conectadas con la escritura: literatura, teatro y cine. Referentes entonces, desde luego, ya lo vemos, no me faltan. Con los entusiasmos de Robertson Davies tengo ahora uno más.

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