Ismael Carvallo Robledo

il divo

Toni Servillo como Andreotti en Il Divo. ‘Dios no vota, pero el cura sí’.

En uno de los diálogos de la película Il Divo (Paolo Sorrentino, 2010), la magistral dramatización de la vida sorprendente de Giulio Andreotti -fundador, junto con Alcide De Gasperi, de la poderosa Democracia Cristiana italiana-, el sacerdote con el que se confesaba le recuerda con ironía lo que la gente, según Montanelli, solía decir sobre él y su colega, haciendo referencia al hecho de que, mientras De Gasperi, en la Iglesia, hablaba con Dios, Andreotti hablaba con el cura. La respuesta que para justificarse da “il Divo” es al mismo tiempo irónica y perfecta, pues le dice que, mientras que Dios no vota, el cura sí.

El hilvanado es fino, y los hilos multitud. Porque son muchas las claves que en la respuesta de Andreotti se encapsulan: una escena como la de un poderoso político católico en la Italia de las postrimerías de la Guerra Fría -y con la mafia incrustada en el núcleo central de su sistema político con la anuencia geoestratégica de Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial-  confesándose en Roma, sede tanto de la Iglesia como del Estado Vaticano, dos de las instituciones políticas, por otro lado, más poderosas –y longevas, en el caso de la Iglesia- de la historia, que piensan y calculan sus movimientos en función de siglos y de cuyo entrelazamiento se desprenden las vigas que han soportado, durante siglos también, el oleaje caudaloso de la política y las más intensas catástrofes de la guerra, el poder, la intriga y la ambición humanas tanto externa como internamente; una escena como esta, dejando de lado la cansina e intelectualmente pálida polémica sobre la laicidad del Estado a la que se aferran políticos, sociólogos, masones, “intelectuales” y periodistas de medio pelo para abajo y que jamás han leído a Hegel –porque de haberlo hecho serían más complejos en sus análisis-, está como decimos saturada de claves fundamentales para efectos de la comprensión de la dialéctica del poder y del drama histórico de la política de nuestro tiempo, y en realidad de todos los tiempos.

Y es que la religión -lo hemos dicho ya, varias veces, aquí- no puede separarse por completo de la política y en sentido inverso (tan sólo pueden disociarse), sobre todo cuando nos situamos en la escala de los cientos de millones en que se computa el número de seguidores de las religiones que, como el cristianismo (católico o protestante), el islam, el judaísmo, el hinduismo o el budismo, conforman una de las capas fundamentales del mapa geopolítico de poder a nivel planetario, sobreañadida a otras capas como la de los estados nacionales, la de las reservas energéticas, la demográfica, la de la división internacional del trabajo o la de los idiomas más hablados, la de los flujos migratorios (decisivo cuando se cruza con la religiosa, precisamente), la de la producción de armas, la económico-financiera o la de las grandes formaciones ideológicas, la de los servicios secretos (desde los del Vaticano o los de España o México o Cuba, a la antigua KGB, la CIA, el Mossad o la Interpol) y la del crimen organizado (sobre todo el narcotráfico, decisivo cuando se cruza también con la capa económico-financiera y la de la producción de armas).

La trabazón global de todas estas “capas geológicas” nos ofrece como resultancia un mapamundi de gran complejidad, multifactorial, dinámico y de muy alta densidad histórica, tridimensional, que produce infinidad de dialécticas entrelazadas ante las cuales los maniqueísmos de izquierda contra derecha, de progresismo contra conservadurismo o el de los buenos contra los malos -el peor de todos a fuerza de pueril-, quedan reducidos a su más infantil y mínima, por no decir estúpida, expresión.

Un contexto político como este es en el que cobra su verdadera magnitud la visita del Papa Francisco a México, que mueve ficha en un tablero de dimensiones efectivamente geopolíticas y en medio de tensiones de poder de alto voltaje: enfrentado con la Ndrangheta en Italia, intentando reconstruir la autoridad al interior del Vaticano -lo que pasa por meterse con sus finanzas- y hablando con Fidel en su casa de La Habana, el primer Papa jesuita, y el primero que habla español como lengua materna, visitará -entre otras- Ciudad Juárez Chihuahua, considerada como de las más peligrosas de la tierra por la violencia conectada con el narcotráfico mexicano, el más poderoso del mundo.

A Francisco no le tocó la Guerra Fría, eso fue para Juan Pablo II, que de cinco que hizo fueron dos las veces que vino en ese período (1979 y 1990). Poco antes de la segunda, en 1989, el Ayatola Jomeini le advertía a Gorbachov que la bandera comunista sería sustituida por la bandera del islam. Después volvió Wojtyła dos veces más, en 1993 y 1999. En 2001, caían las Torres Gemelas de Nueva York. Tal como lo advirtió el Ayatola, los pilotos de los aviones bomba no eran ni marxistas ni comunistas. La última vez que vino el Papa polaco a México fue poco antes de morir, en 2002. Al año siguiente, surge la primera célula del Estado Islámico en Irak. Benedicto XVI nos visitó en 2012. Un año antes, iniciaba la guerra civil en Siria.

Los cárteles más poderosos del planeta son mexicanos. México es el país con más hispanohablantes de la tierra. Y la lengua materna de Francisco, primer Papa jesuita de la historia, es el español.

Viernes 12 de febrero, 2016. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.