Club Nikolái

Decimosexta noche en el Sályut

‘El libro me ha encantado’, me dijo LD. a bocajarro nomás se sentó en la mesa en donde me encontraba sólo esperando la llegada del resto de la tertulia convocada para esta decimosexta noche en el Sályut, ‘aunque la diferencia la hace la autora, porque la historia de Silvia es en realidad la historia de cientos, eso es todo’, continuó diciéndome en lo que pedíamos algo para tomar. ‘Haberse salvado fue su tragedia. La castigan por sobrevivir’, continuó para luego añadir: ‘He invitado a un amigo que tuvo como profesor a un ex Montonero. Le dije del libro, que le iba a interesar; lo compró y lo leyó. Ahora llega.’. Era evidente que le gustó.

Se trata de La llamada de Leila Guerriero (Anagrama, 2024) y era la tarde del sábado 21 de marzo al punto de las doce del día más o menos. Estábamos acomodados en una esquina del Café La Habana desde la que se divisaba panorámicamente todo el local. En no más de media hora llegó el resto. Terminamos siendo por ahí de nueve o diez.

Yo fui el que recomendó el libro. No conocía a Guerriero, pero meses atrás me había comprado un libro magnífico de entrevistas suyas editado por Anagrama, Plano americano, que me dejó una muy buena impresión. Hurgué un poco en internet y me enteré de su última publicación.

Leila Guerriero

El tema de La llamada desde luego que engancha. Estaba yo por terminar de leer Conocer a Perón. Destierro y regreso (2024) de Juan Manuel Abal Medina, que es una reconstrucción autobiográfica apasionada y apasionante del fenómeno de Perón y el peronismo como catalizador de la tragedia política de la Argentina del siglo XX narrada por un protagonista central de la misma y cuyo hermano, Fernando Abal Medina, fue líder fundador de Montoneros y autor material de la ejecución del general y exdictador Pedro Eugenio Aramburu en junio de 1970. Abal Medina caería pocos meses después en un enfrentamiento con la policía luego de haber sido reconocido por el dueño del local en donde habría de reunirse con Firmenich y otros miembros de la dirigencia Montonera.

Beatriz Sarlos diría luego en La pasión y la excepción (2003) que ‘reclamar la devolución del cadáver de Eva Perón, sustraído y ocultado por las autoridades de la Revolución Libertadora, fue uno de los motivos invocados por el grupo que secuestró al general Eugenio Aramburu en 1970. El asesinato del militar, ritualizado como un ajusticiamiento, introdujo a los Montoneros en la historia de la causa peronista e inició una etapa diferente en el ciclo de la violencia política en la Argentina… Quise plantear de nuevo la pregunta de por qué el secuestro de Aramburu fue vivido por miles como un acto de justicia y reparación.’      

En la reconstrucción del juicio y asesinato de Aramburu por parte de Montoneros y su hermano Fernando, Juan Manuel Abal Medina cuenta por su parte lo siguiente:

‘De modo que me puse a caminar por Rivadavia, y al llegar a la esquina del 2300 me chistaron desde un auto. Era un muchacho joven, del que luego supe que era Carlos Capuano Martínez. Me dijo: “Juan Manuel, subí, por favor”. Subí al auto, un Dodge de los chicos, dimos unas vueltas, y en un momento el auto se detuvo y subió Fernando al asiento de atrás. “Fernando, ¿qué estás haciendo?”, lo exhorté. Me dijo que estaba todo bastante seguro y que él creía que en unos días se iba a “normalizar”. Me pidió que les dijera a mamá y papá que él está bien. Entonces, le pregunté si habían sido ellos, y Fernando me contestó: “Sí, sí, claro…”. Fue entonces que intenté decirle que saliera del país por un tiempo, que yo lo sacaba… Pero Fernando se negó. Lo vi inquieto. Aparentemente, estaba tranquilo, pero algo traía. Entonces me dijo: “Matar es terrible… es tremendo”, o al revés: “Es tremendo, es terrible”. Estaba claro que el haber matado no le había hecho bien. Me apretó los hombros desde atrás, yo le apreté las manos, y se bajó del auto. Esa fue la última vez que nos vimos’.

El otro personaje de este drama desgarrador es Mario Firmenich, de quien Felipe Celesia y Pablo Waisberg dicen en su introducción a Firmenich. La historia jamás contada del jefe montonero (2014) esto:

‘Firmenich tenía menos de veinticinco años en el cenit del poder montonero y muy poco espacio para equivocarse en un escenario de caníbales. El éxito lo ensoberbeció. Fue producto de una Argentina totalitaria, extrema, y sus aportes también fueron totalitarios y extremos. Cuando tuvo que hablar, calló. Cuando debió callar, habló. Sobrevivió a la represión más cruenta y siempre deberá rendir cuentas por no haber caído, en la lógica de una revolución que sacrificaba todo. De una veintena de jefes montoneros, sólo tres sobrevivieron y él fue el número uno’.

Mario Firmenich

El contexto lo daba todo para que el libro de Guerriero suscitara entonces el interés en la lectura y en el intercambio de ideas y opiniones. La convocatoria fue buena y se respiraba una cierta inminencia por entrar en materia. ‘¿Ya están hablando del libro?’, preguntó K. mientras se sentaba. Ella es de los que siempre llegan, por lo general, con el libro en cuestión terminado y esta no fue la excepción. G. se acababa de incorporar al Club y también llegó con el libro terminado.

Luego de unos veinte minutos o poco más de la obligada puesta al día –política, trabajo, en qué anda cada uno, etc.–, entramos en materia. ‘No es tan duro como muchos dicen’, comenzó un poco intempestiva K., ‘y debo decir que el libro, a mí, no me gustó. La redacción es muy laxa. Se va por las ramas en detalles irrelevantes, y yo lo que buscaba era una imagen de dónde agarrarme. Además hay cosas de género que me parecen gratuitas’.

Lo de la redacción muy laxa me llamó la atención, porque a mí lo que me atrajo de Guerriero, además del tema del libro, fue precisamente su estilo, su sintaxis, tal como la vi expuesta en las entrevistas de Plano americano. No he avanzado lo suficiente en el libro, pero sí lo mínimo como para darme cuenta de que se trata de una obra hecha a partir, efectivamente, de una serie de largas entrevistas con Silvia Labayru, la protagonista de esta historia.

Me parece que fue G. entonces la que intervino –no tengo anotada la secuencia exacta de los que fueron hablando– y dijo ‘sí, la estructura como que no tiene una tensión que te lleve a algo’, fueron más o menos sus palabras, estoy reinterpretando según mis notas, ‘pero lo que ocurre’, continuó, ‘es que nada va a pasar porque lo que se cuenta es algo que ya ocurrió. No es una novela, es una crónica o una biografía, y lo que yo vi fue una superficialidad en el personaje dada su extracción de clase. Hay algo así como una rebeldía juvenil muy frívola. Lo digo con respeto, pero así es como yo lo veo: ella se involucró porque fue arrastrada por el contexto pero no por una convicción ideológica o por un proyecto político claro.’. ‘Sí’, dijo K., ‘ella lo vio todo desde la perspectiva de una revolución liberal, de su revolución liberal.’.

J. por su parte intervino en un sentido que se cruzó, digamos, con los planteamientos de K.: ‘a mí lo que me interesó –dijo– es la cuestión de la supervivencia, y el tema de los abusos sexuales’, queriendo dar a entender, me parece a mí, que desde esa perspectiva quedaba justificada el enfoque de género señalada críticamente por K.

M., el amigo de LD., nos comentó que, efectivamente, había tenido un maestro que había sido montonero, y que el libro al principio no le había gustado, entre otras cosas porque no lograba descifrar el sentido de lo que se decía, pero poco a poco fue cobrando claridad del planteamiento: ‘el valor está –nos dijo– en la descripción de la época, y en la ingenuidad de muchos’.

F. lanzó, a su vez, la pregunta de las razones por las que recomendé el libro, a lo que respondí haciendo mención de mi interés histórico y político por “la cuestión argentina”, digámoslo así, en el sentido de las diferencias cualitativas entre el proceso de guerra civil que tuvimos nosotros a principios del siglo XX –refiriéndome a la Revolución mexicana– con la que tuvo Argentina pero con un desface de décadas: mientras que en México, dije más o menos, se logró desactivar la politicidad del ejército incorporándolo a la matriz de poder burocrático del Estado postrevolucionario subordinándolo al mando civil, en Argentina eso no se logró, siendo entonces que la guerra civil que México tuvo entre 1910 y 1938 la tuvo Argentina desplazada en el tiempo entre 1945 y 1983 en la plenitud de la Guerra Fría, lo que supuso una intensidad ideológica y geopolítica de gran envergadura y presión.

Juan Domingo Perón, José Ignacio Rucci y Juan Manuel Abal Medina (recién fallecido en 2025) el día del regreso de Perón a Argentina en 1972 tras 17 años de exilio. Abal Medina contó luego que su semblante triste era porque lo único en lo que pensaba en esos momentos era en la muerte de su hermano Fernando meses después de haber ejecutado a Aramburu.

A todo esto hay que añadir la especificidad del fenómeno de Montoneros, que fue una guerrilla liderada por elementos de extracción burguesa (de clase media y alta) y de formación católica fundamentalmente jesuita, que además se organizaba en función no ya de una doctrina filosófica en sentido estricto como podría serlo el marxismo-leninismo (que sí era su método de análisis, pero sólo en parte: recordemos la respuesta que años después le dio Firmenich al periodista que lo quiso arrinconar moralmente cuando le preguntó que cómo fueron capaces, siendo católicos, de ejecutar a Aramburu, a lo que respondió él implacablemente y dejándolo mudo acudiendo a la justificación que del tiranicidio hace Santo Tomás), ni tampoco en función exclusiva de un objetivo histórico como pudiera serlo el socialismo (que lo era pero, también, sólo en parte), sino que lo hacía inequívocamente como función de la figura de un líder carismático como factor fundamental de aglutinación y proyección histórica: Juan Domingo Perón.

Todo esto nos llevó al tema igualmente apasionante de la experiencia guerrillera como fenómeno posiblemente exclusivo de América Latina, en la que el foquismo del Ché Guevara figura en el centro de las discusiones tanto teóricas como prácticas. ‘La clave está siempre en las armas, en seguir la ruta de las armas, para saber quién está detrás de semejantes procesos’, dijo más o menos F. mientras se detenía en comentar las particularidades de Montoneros y en el hecho de poder considerar al EZLN mexicano como la última expresión que en el siglo XX se puede encontrar de un intento de codificación de la lucha y la participación política en esos términos tan radicales como lo son los de tomar las armas para tomar el poder o para defender un proyecto, pero que al fracasar se transmuta en un factor de identidad cultural solamente.

E. llamó al final la atención de todos sobre el hecho de “la llamada” de donde se toma el nombre de esta obra de Guerriero: ‘esa llamada al padre de Silvia fue la que la salvó’, nos dijo, ‘porque al manifestar su repudio a Montoneros les quedó claro a los captores de su hija que él era uno de ellos. Eso lo cambió todo. Cambió su suerte.’  

Creo que, así no lo haya terminado aún, el libro tiene una calidad indiscutible, por eso el interés suscitado en todos. La “cuestión argentina”, por lo demás, concentra un buen número de claves cualitativas que le dan un estatuto canónico desde la perspectiva del análisis histórico-político latinoamericano, que es algo por lo cual, me parece a mí, Alain Rouquié publicó un libro en 2017 con el elocuente título de El siglo de Perón, queriendo decir con ello que lo que activó y provocó Perón, y las lecciones que dejó para bien o para mal –tal es el caso de Montoneros y una historia como la de Silvia Labayru–, sirve para explicar la totalidad de las variables y procesos que en el siglo XX encararon las sociedades y los pueblos a la hora de intentar resolver su correspondiente llamado a la tragedia.  

Cuando me regresaba a casa en Metrobús con E., me estuvo hablando de Truman Capote. ‘Él es el que inició con todo esto del reportaje o la crónica novelada’, me dijo, ‘y lo hizo con maestría insuperable. Si en el libro de Guerriero es un poco difícil encontrarle la secuencia o el hilo conductor, en A sangre fría de Capote eso no es así: el hilo conductor, la estructura, la coherencia son perfectas. Es como una novela. Te lo recomiendo mucho.’.