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Sicilia y la Mafia como sistema político VI

Por ahí de 2012, se difundió la noticia escandalosa de que el gobierno regional de Sicilia empleaba a más personas que el gabinete británico en razón más o menos de 1385 burócratas sicilianos frente a 1337 de Downing Street.

A saber si la diferencia se mantiene hasta el día de hoy. Íñigo Domínguez decía que tal era el caso a la altura de 2014, que es cuando escribió Crónicas de la mafia: ‘la inercia del gran saqueo llega hasta hoy con la elefantiasis de la administración de Sicilia, con récords famosos como ese de que el Gobierno regional tiene más empleados que el británico. Nunca nadie ha hecho nada para arreglarlo.’ (p. 72) No es muy difícil imaginar que las cosas siguen más o menos igual.

El diferencial supone la existencia en todo caso de algo así como un saqueo del gobierno, pues es evidente que la abultada y obscena sobresaturación de empleados públicos en un gobierno que es fácil pensar que debiera ser pequeño es el resultado de una dinámica perversa y nociva de apropiación de los espacios gubernamentales y, en correspondencia, del presupuesto, que es adonde se debe de ir a buscar la decantación del verdadero problema.

¿La razón de todo? La mafia, como muchos habrán podido imaginar. ¿El mecanismo? La industria de la construcción y el arrebato de los contratos de infinidad de servicios públicos. ¿El pivote que articula el engranaje? La clase política.

Íñigo Domínguez le pone siglos al asunto para darle un poco de dramatismo:

‘En Italia se suele hablar de dos saqueos por excelencia. Uno, el sacco di Roma, en 1527, por las tropas de Carlos I. El otro, el sacco di Palermo, en los años cincuenta y sesenta del siglo XX, obra de la Mafia y de sus cómplices políticos, la cúpula local de la Democracia Cristiana. Todos se hicieron ricos. Resultó asombrosamente fácil. Consistió en coger una ciudad preciosa, llena de villas liberty ajardinadas y aplastarla con moles de cemento de quince pisos.’ (p. 67)

Lo trágico del asunto aparece en el momento en el que la dinámica económica corrupta mediante la que se amasan fortunas privadas con dinero público se articula con la lógica de poder mediante un mecanismo de eslabonamiento de necesidades políticas locales con las nacionales:

‘Este entramado empresarial-mafioso –continúa Domínguez– fue puesto en pie por Salvo Lima y Vito Ciancimino. Lima, alcalde Palermo entre 1959 y 1963, y de 1965 a 1968, era el hombre fuerte de la Democracia Cristiana en Sicilia… Luego, huyendo de los marrones judiciales, fue eurodiputado… Junto a uno de los jefes de la Democracia Cristiana siciliana, Giovanni Gioia, eran los hombres en la isla de Giulio Andreotti, líder del partido nacional, siete veces primer ministro y pilar esencial de la República italiana desde la posguerra hasta los noventa. Para dominar los congresos del partido, lo que significaba controlar el país, había que contar con el apoyo de la delegación siciliana. De aquí nace la venenosa contigüidad de Andreotti con la Mafia, probada en lo tribunales en 2004.’ (pp. 67 y 68)

La lobreguez de este entramado empresarial-mafioso se retrata magistralmente por uno de los mejores directores de cine del presente, Paolo Sorrentino, en una película de la que no recuerdo si ya he hablado en esta serie de artículos sobre la Mafia y Sicilia pero no importa si ya lo hice y lo vuelvo a hacer: se trata de Il divo, de 2008: una joya que no me canso de recomendar como ejemplo casi plástico de la manera en la que la forma del Estado, en este caso el italiano de postguerra, se moldea a partir de un amasijo de entramados corruptos inconfesables a través de cuya trabazón se fueron generando, efectivamente, dinámicas de saqueo de gobiernos y presupuestos públicos como el de Sicilia hasta que la droga vino a cambiarlo todo a partir de la década de los 60 del siglo pasado más o menos:

‘Nunca nadie ha hecho nada para arreglarlo –venía de decirnos Íñigo Domínguez–. Sin embargo, con ser un gran negocio, la construcción y el botín del dinero público pasarían a ser secundarios en los sesenta para la Mafia. Eran ricos, pero con la droga serían millonarios.’ (p. 72).

Publicación original de El Sol de México