La segunda cosa que tuve en la mente al saber que visitaría Budapest fueron las bibliotecas y las librerías de viejo, cosa que ya en otra ocasión había comentado en un mismo sentido para explicar que al visitar cualquiera ciudad, la que fuera, lo que buscaba en internet en automático –tecleándolo en Google– eran las dos cosas siguientes: ‘Librerías de viejo en…’ y ‘Biblioteca pública de …’. En este caso la palabra correspondiente fue Budapest. Después suelo buscar también, desde luego, ‘Museo nacional de…’, parametrizando tal vez un poco más la búsqueda añadiendo ‘arte contemporáneo’ o ‘arte nacional’, o también ‘de historia nacional’ o cosas así. Pero lo fundamental son las bibliotecas y las librerías de viejo.
Por cuanto a lo primero, encontré una página que me enlistó un aproximado de nueve lugares a través de la visita de los cuales yo me quise imaginar, en mi optimismo de la voluntad gramsciano y balzaquiano, protagonista de jornadas memorables de compra de libros viejos. Por cuanto a lo segundo, lo que encontré de inmediato fue el nombre de la Biblioteca metropolitana Ervin Szabó.
En ambos casos se activó en mí una receptividad especial para con el paso del tiempo –por decirlo de algún modo– tal como nos es posible apreciarlo en los objetos que nos conectan con el pretérito a través de la idea de ‘lo antiguo’, y que acaso pudiéramos caracterizar como un estado de transe proustiano o algo así, pienso yo, por aquello que nos dice Proust en Por el camino de Swann de la manera siguiente cuando explica la relación de su abuela con los libros y las cosas antiguos en lo que de intelectual pueda encontrar en ello:
‘En realidad, no se resignaba nunca a comprar nada de que no se pudiera sacar un provecho intelectual, sobre todo ese que nos procuran las cosas bonitas al enseñarnos a ir a buscar nuestros placeres en otra cosa que en las satisfacciones del bienestar y de la vanidad. Hasta cuando tenía que hacer un regalo de los llamados útiles, un sillón, unos cubiertos o un bastón, los buscaba en las tiendas de objetos antiguos, como si, habiendo perdido su carácter de utilidad con el prolongado desuso, parecieran ya más aptos para contarnos cosas de la vida de antaño que para servir a nuestras necesidades de la vida actual. Le hubiera gustado que yo tuviese en mi cuarto fotografías de los monumentos y paisajes más hermosos. Pero en el momento de ir a comprarlas, y aunque lo representado en la fotografía tuviera un valor estético, le parecía en seguida que la vulgaridad y la utilidad tenían intervención excesiva en el modo mecánico de la representación: en la fotografía. Y trataba de ingeniárselas para disminuir, ya que no para eliminar totalmente, la trivialidad comercial, de substituirla por alguna cosa artística más para superponer como varias capas o “espesores” de arte; en vez de fotografías de la catedral de Chartres, de las fuentes monumentales de Saint-Cloud o del Vesubio, preguntaba a Swann si no había ningún artista que hubiera pintado eso, y prefería regalarme fotografías de la catedral de Chartres, de Corot; de la fuentes de Saint-Cloud, de Hubert Robert, y del Vesubio, de Turner, con lo cual alcanzaba un grado más de arte. Pero aunque el fotógrafo quedase así eliminado de la representación de la obra maestra o de la belleza natural, sin embargo, el fotógrafo volvía a recobrar sus derechos al reproducir aquella interpretación del artista. Llegada así al término fatal de la vulgaridad, aun trataba mi abuela de defenderse’.
Vamos a decir entonces, poniéndonos un poco en plan de tratadistas, que el transe proustiano en cuestión tiene que ver con el deseo de poner distancia entre los objetos y nosotros para conferirles la cualidad del arte (Benjamin hablaba del aura) y obtener de él entonces un cierto provecho intelectual entendido como una suerte de elegancia que se logra por virtud del trámite de añadirle capas de arte al objeto en cuestión, proceso que sólo puede expresarse de la manera más inmaterial posible: la del transcurrir del tiempo; un tiempo a través del paso del cual (y mientras más mejor), en correspondencia, el objeto pierde utilidad práctica y funcionalidad, entra en desuso pero pasar gradualmente, así, del plano paratético del diseño (‘paratético’ significa contiguo, lo que está en contacto con nosotros) al plano apotético del arte (‘apotético’ significa a distancia), que es lo que para mí, siguiendo la filosofía del arte de Gustavo Bueno, distingue al diseño, que genera belleza para ser tocada, usada, manipulada, del arte, que genera belleza para ser observada a distancia, que no se toca, y por eso se enmarca y se pone en la pared o en un pedestal: para observarse, nunca para tocarse.
Ahora bien, la clave filosófica de los objetos antiguos como un libro que todavía puedes leer o una biblioteca vieja a la que puedes efectivamente ir a leer todavía, no se diga una catedral gótica en la que todavía puedes rezar, está en que la funcionalidad no ha sido eliminada del todo, que tiene todavía cierta actualidad a través de la cual nos es posible entonces, literalmente, tocar la rueda de la historia mediante el contacto con objetos antiguos.
II
En todo caso, y volviendo a lo nuestro, debo decir que una suerte de frustración súbita fue lo que me sucedió en la búsqueda de ambas cosas –las librerías de viejo encontradas en internet y la biblioteca Szabó– nomás pude. La razón fue el lenguaje.
Porque ocurre que, efectivamente, y como era obvio saber por lo demás, en las librerías era muy poco, si no es que nada en realidad, lo que me iba a poder encontrar publicado en inglés o en español, siendo imposible desde luego que me pudiera interesar lo publicado en húngaro a no ser que lo hiciera por el fetichismo del coleccionista, que algo de eso también tengo ciertamente porque ocurre que, en efecto, en la primera liberaría que encontré (el nombre no lo recuerdo pues no entendí una palabra de él) a la vuelta del hotel precisamente y ni más ni menos (el Novotel Budapest Danube), me compré un par de ediciones en húngaro de El joven Hegel de Lukács y del Anti-Dühring de Engels, además de que encontré tres cosas bien interesantes, las tres, ellas sí, en español.
Lo primero fue una edición muy bonita en formato digamos que de bolsillo de El destino de un hombre de Mijail Sholojov (Editorial Progreso, Moscú, 1971) de apenas 54 páginas que comienza de esta manera: ‘La primera primavera después de la guerra fue en el Alto Don excepcional: llegó impetuosa, y el deshielo se produjo rápido, a un tiempo. A fines de marzo, soplaron de las costas del Mar de Azov templados vientos y, dos días más tarde, ya estaban completamente desnudas las arenas de la margen izquierda del Don; se alzó, abombándose, la nieve que llenaba barranquillos y cañadas, mientras los riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corrían retozones, primaverales, y los caminos se ponían casi intransitables’.
En un mismo tenor y formato, me compré también otro bello libro de cuentos de Chejov, editado igualmente por Editorial Progreso de Moscú el año que yo nací, 1974, además de llevarme también una rareza absoluta y bastante chocante ciertamente, creo yo, para quienes, como los húngaros, tuvieron que vivir los estragos del régimen comunista de aquellos tiempos, porque ocurre que mi tercera compra en español en esa entrañable librería atendida por una anciana generosa y amable que se esforzaba por buscarme cosas en español o inglés según le pedí al contarle de mi procedencia, fue ni más ni menos que un pequeño manual de Reglas de urbanidad soviético de 1963.
Detengámonos un poco para tomar nota del índice del manual y darnos así una idea de por dónde iban los tiros en la sociedad soviética de entonces. Los temas tratados eran los siguientes: Educación y don de gentes; Presentaciones y saludos; Invitaciones y excusas; Las tarjetas; Las cartas; Los regalos; Las visitas (Clases de visitas); Comidas (Comidas de importancia, Banquetes, Almuerzos y cenas); El te; Bailes, tertulias y veladas (Bailes, Reuniones); Espectáculos; Fuera de casa, Palabras y expresiones.
Las palabras introductorias no tienen desperdicio (y no lo digo con sarcasmo sino con toda sinceridad), y decían para los efectos correspondientes lo siguiente:
‘La vida de relación ha sufrido modificaciones de tal índole que bien puede aseverarse hoy que es un hecho real la obtención de la igualdad y de la democracia, hasta pocos años ha meros ideales. Ya no rigen las normas sociales basadas en absurdos privilegios y en los prejuicios propios de cada pueblo. Su desaparición ha promovido tan profunda variación en los usos, valores y costumbres que ha sido forzado aunar las nuevas leyes sociales en un código internacional fundamentado en los preceptos del “saber vivir” y de la bondad y la belleza del espíritu, únicos elementos de la cortesía de todos los tiempos, estos últimos, que permanecen inmutables.
Esta época de veloces viajes, de acelerado progreso, de enérgicos deportes y de febriles actividades ha introducido una muy sensata simplificación de todos los formalismos y constantemente exige tanto mudanzas en los usos sociales como variaciones en las modas y mayor sobriedad en los vestidos.
No es de extrañar, por lo tanto, que aun los conceptos que más arraigados parecían hayan visto trocados sus alcances, cuando no caído en el más lamentable ridículo. Tal ha ocurrido, por ejemplo, con el relativo a la mujer. ¿Dónde está actualmente aquello de “sexo débil” que vanamente pretendieron desterrar las líderes del movimiento sufragista? El tiempo transcurrido desde la anterior catástrofe universal logró, gracias a la carencia de hombres y a los nuevos hábitos y maneras, tanto sociales como comerciales, equiparar los sexos, con el notable resultado de que, empeñados hombre y mujer en igual tarea, ha puesto de manifiesto ella que sustituye a aquél, a veces con ventaja, sea cual fuere la naturaleza del trabajo; bien es cierto que, como postrera consecuencia, el continuo roce obligado por la competencia en las posiciones conquistadas por la mujer, al acrecentar su derecho a la consideración general, le ha restringido la recepción de extremas cortesías, de tal modo que es hoy la reciprocidad de trato social una real expresión de igualdad’.
Lo último que me mostró en inglés la entrañable librera fue Memoir of Hungary. 1944-1948 de Sándor Márai, que aún no he revisado todavía con detenimiento.
III
Y por cuanto a la biblioteca Erwin Szabó pasó lo mismo: decepción total porque nunca la encontré pues me perdí, no siéndome posible ubicarme en función del nombre de las calles, ininteligibles todas, además de que el calor de ese jueves por la mañana en que me salí a caminar era ciertamente insoportable.
Lo bueno fue que, en medio del extravío, no llegué a la Szabó pero sí me topé de pura suerte con la Biblioteca de la Universidad ELTE, que resulta ser la primera biblioteca de Hungría, fundada en 1561 por el arzobispo de Estergom para los jesuitas, tras de cuya expulsión se convirtió entonces en biblioteca universitaria. Ahí fue entonces que me pude sentar a leer un aproximado de una hora el libro que llevaba para los efectos y del que se inspiran estas crónicas, Danubio de Claudio Magris, del que hablaré después en condiciones y como se debe.
La sala de lectura es ciertamente pequeña. Es bonita pero no espectacular, aunque para mí fue suficiente para encontrar un poco de paz, pues todos los días, esté donde esté y haga lo que haga, debo de leer o escribir algo por necesidad prácticamente orgánica, en el sentido materialista de que, literalmente, el cuerpo me lo pide.
IV
Antes de perderme para cruzarme luego con la Biblioteca ELTE buscando la Erwin Szabó, pasé por otra librería de viejo que para entonces, eran más o menos las 9.30 de la mañana, estaba cerrada: la Librería Antikvárium. Al regresar ya encaminado para volver al hotel, pues a las 2PM pasarían por mí para llevarme a la ciudad de Kaposvár, pasé a revisar si ahí había un poco más de suerte en cuanto a la localización de libros en inglés y español.
No fue el caso en realidad, o sólo parcialmente, pues había casi nada, y ya le perdí ahí el interés a seguir buscando el resto de las librerías, pues me iba a ocurrir lo mismo. Solamente encontré dos cosas bastante interesantes ciertamente, no lo voy a negar: Realidad y fantasía en Balzac, de Ezequiel Martínez Estrada (Universidad Nacional del Sur, Argentina, 1964) y Hamlet’s Mill. An essay investigating the Origins of human knowledge and its transmission through myth, de Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend (Godine, New Hampshire, 1999).
La figura de Balzac es fascinante, poderosa, titánica, qué duda cabe. Dice Martínez Estrada al comienzo de su bello e inspirador libro: ‘Honoré de Balzac, cuerpo y alma, fue modelado por su misión, adecuado como un instrumento o una herramienta que debe servir a un fin y un uso. Ya se sabe que lo psíquico configura lo somático –hasta en las plantas–, porque el soma no puede ser un configurador. Balzac lo sabía antes y mejor que nosotros, al descubrir en las formas corporales, en la fisonomía y en el porte, el alma de las personas. Su retrato es el del autor de La condición humana. Él mismo se describe… Ese cuerpo no era el de su vida ni el de su talento, sino el de su misión, que fue la de consignar en un centenar de obras, multiplicadas por las interminables correcciones, los hechos y las personas que formaban el argumento fantástico de la historia real de su país, o el argumento real de la historia fantástica de su tiempo y de todos los tiempos.’ (pp. 13 y 20).
El libro de Martínez Estrada es él mismo balzaquianamente fascinante y subyugante, de 890 páginas de apretada y apasionada prosa ensayística.
V
Unos metros más adelante de la librería me crucé con otro lugar memorable, que acaso haya sido el mejor al no haberlo tenido en el radar: el Café Astoria, que es el restaurante del Hotel Danubius Astoria, de más de cien años de vida. Ahí estuve ese jueves por la mañana, dando trámite al hábito de meterme a un café o cantina luego de pasar por una librearía de viejo, para pasar revista de lo adquirido acompañado de un café o de una cerveza.
Ahí fui también el viernes por la tarde, aprovechando el tiempo libre que tuve ya para entonces, en la víspera de tomar el vuelo de regreso.
En principio, el Astoria podría asemejársele bastante o al salón del Sanborns de los azulejos que está en la planta alta, y en cuyos balcones puedes ver en diagonal el Palacio de Bellas Artes y la calle de 5 de Mayo, o bien al Bar La Ópera que está a unos pasos nomás.
Consta de dos salones muy grandes de majestuosidad evidente acompañada no obstante de una desolación debida sobre todo a la poca concurrencia, y que le proporciona una atmósfera de cierta soledad y melancolía. Evidentemente, este lugar tuvo mejores épocas en el pasado. Pero ese es el pasado precisamente que, a su vez y en correspondencia, se ha venido sedimentado con el transcurrir del tiempo haciendo posible que aquí pueda percibirse –siempre que se esté preparado para ello– la acumulación de capas de arte configuradoras de una atmósfera proustiana en la que nos es dado encontrarle un cierto provecho intelectual al placer que nos produce el contacto con la antigüedad y que no se explica ni con el concepto de bienestar, ni mucho menos con el de vanidad.
El salón que está más al fondo, que acaso haya sido algo así como el bar principal, estaba completamente vacío, con las luces prácticamente apagados o casi. El otro salón, que daba a la avenida, estaba con algunas mesas ocupadas. No muchas: un par de señoras hablando sobre cuestiones que parecía que eran de cierta gravedad, y un señor ya un poco entrado en años vestido de lino y sombrero, que me recordó por cierto a Gustav von Aschenbach de La muerte en Venecia de Thomas Mann para terminar de dibujar una estampa inolvidable del Café Astoria de esa tarde calurosa y vagabunda en Budapest con la que me quedaré en el recuerdo para siempre.
I
La segunda cosa que tuve en la mente al saber que visitaría Budapest fueron las bibliotecas y las librerías de viejo, cosa que ya en otra ocasión había comentado en un mismo sentido para explicar que al visitar cualquiera ciudad, la que fuera, lo que buscaba en internet en automático –tecleándolo en Google– eran las dos cosas siguientes: ‘Librerías de viejo en…’ y ‘Biblioteca pública de …’. En este caso la palabra correspondiente fue Budapest. Después suelo buscar también, desde luego, ‘Museo nacional de…’, parametrizando tal vez un poco más la búsqueda añadiendo ‘arte contemporáneo’ o ‘arte nacional’, o también ‘de historia nacional’ o cosas así. Pero lo fundamental son las bibliotecas y las librerías de viejo.
Por cuanto a lo primero, encontré una página que me enlistó un aproximado de nueve lugares a través de la visita de los cuales yo me quise imaginar, en mi optimismo de la voluntad gramsciano y balzaquiano, protagonista de jornadas memorables de compra de libros viejos. Por cuanto a lo segundo, lo que encontré de inmediato fue el nombre de la Biblioteca metropolitana Ervin Szabó.
En ambos casos se activó en mí una receptividad especial para con el paso del tiempo –por decirlo de algún modo– tal como nos es posible apreciarlo en los objetos que nos conectan con el pretérito a través de la idea de ‘lo antiguo’, y que acaso pudiéramos caracterizar como un estado de transe proustiano o algo así, pienso yo, por aquello que nos dice Proust en Por el camino de Swann de la manera siguiente cuando explica la relación de su abuela con los libros y las cosas antiguos en lo que de intelectual pueda encontrar en ello:
‘En realidad, no se resignaba nunca a comprar nada de que no se pudiera sacar un provecho intelectual, sobre todo ese que nos procuran las cosas bonitas al enseñarnos a ir a buscar nuestros placeres en otra cosa que en las satisfacciones del bienestar y de la vanidad. Hasta cuando tenía que hacer un regalo de los llamados útiles, un sillón, unos cubiertos o un bastón, los buscaba en las tiendas de objetos antiguos, como si, habiendo perdido su carácter de utilidad con el prolongado desuso, parecieran ya más aptos para contarnos cosas de la vida de antaño que para servir a nuestras necesidades de la vida actual. Le hubiera gustado que yo tuviese en mi cuarto fotografías de los monumentos y paisajes más hermosos. Pero en el momento de ir a comprarlas, y aunque lo representado en la fotografía tuviera un valor estético, le parecía en seguida que la vulgaridad y la utilidad tenían intervención excesiva en el modo mecánico de la representación: en la fotografía. Y trataba de ingeniárselas para disminuir, ya que no para eliminar totalmente, la trivialidad comercial, de substituirla por alguna cosa artística más para superponer como varias capas o “espesores” de arte; en vez de fotografías de la catedral de Chartres, de las fuentes monumentales de Saint-Cloud o del Vesubio, preguntaba a Swann si no había ningún artista que hubiera pintado eso, y prefería regalarme fotografías de la catedral de Chartres, de Corot; de la fuentes de Saint-Cloud, de Hubert Robert, y del Vesubio, de Turner, con lo cual alcanzaba un grado más de arte. Pero aunque el fotógrafo quedase así eliminado de la representación de la obra maestra o de la belleza natural, sin embargo, el fotógrafo volvía a recobrar sus derechos al reproducir aquella interpretación del artista. Llegada así al término fatal de la vulgaridad, aun trataba mi abuela de defenderse’.
Vamos a decir entonces, poniéndonos un poco en plan de tratadistas, que el transe proustiano en cuestión tiene que ver con el deseo de poner distancia entre los objetos y nosotros para conferirles la cualidad del arte (Benjamin hablaba del aura) y obtener de él entonces un cierto provecho intelectual entendido como una suerte de elegancia que se logra por virtud del trámite de añadirle capas de arte al objeto en cuestión, proceso que sólo puede expresarse de la manera más inmaterial posible: la del transcurrir del tiempo; un tiempo a través del paso del cual (y mientras más mejor), en correspondencia, el objeto pierde utilidad práctica y funcionalidad, entra en desuso pero pasar gradualmente, así, del plano paratético del diseño (‘paratético’ significa contiguo, lo que está en contacto con nosotros) al plano apotético del arte (‘apotético’ significa a distancia), que es lo que para mí, siguiendo la filosofía del arte de Gustavo Bueno, distingue al diseño, que genera belleza para ser tocada, usada, manipulada, del arte, que genera belleza para ser observada a distancia, que no se toca, y por eso se enmarca y se pone en la pared o en un pedestal: para observarse, nunca para tocarse.
Ahora bien, la clave filosófica de los objetos antiguos como un libro que todavía puedes leer o una biblioteca vieja a la que puedes efectivamente ir a leer todavía, no se diga una catedral gótica en la que todavía puedes rezar, está en que la funcionalidad no ha sido eliminada del todo, que tiene todavía cierta actualidad a través de la cual nos es posible entonces, literalmente, tocar la rueda de la historia mediante el contacto con objetos antiguos.
II
En todo caso, y volviendo a lo nuestro, debo decir que una suerte de frustración súbita fue lo que me sucedió en la búsqueda de ambas cosas –las librerías de viejo encontradas en internet y la biblioteca Szabó– nomás pude. La razón fue el lenguaje.
Porque ocurre que, efectivamente, y como era obvio saber por lo demás, en las librerías era muy poco, si no es que nada en realidad, lo que me iba a poder encontrar publicado en inglés o en español, siendo imposible desde luego que me pudiera interesar lo publicado en húngaro a no ser que lo hiciera por el fetichismo del coleccionista, que algo de eso también tengo ciertamente porque ocurre que, en efecto, en la primera liberaría que encontré (el nombre no lo recuerdo pues no entendí una palabra de él) a la vuelta del hotel precisamente y ni más ni menos (el Novotel Budapest Danube), me compré un par de ediciones en húngaro de El joven Hegel de Lukács y del Anti-Dühring de Engels, además de que encontré tres cosas bien interesantes, las tres, ellas sí, en español.
Lo primero fue una edición muy bonita en formato digamos que de bolsillo de El destino de un hombre de Mijail Sholojov (Editorial Progreso, Moscú, 1971) de apenas 54 páginas que comienza de esta manera: ‘La primera primavera después de la guerra fue en el Alto Don excepcional: llegó impetuosa, y el deshielo se produjo rápido, a un tiempo. A fines de marzo, soplaron de las costas del Mar de Azov templados vientos y, dos días más tarde, ya estaban completamente desnudas las arenas de la margen izquierda del Don; se alzó, abombándose, la nieve que llenaba barranquillos y cañadas, mientras los riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corrían retozones, primaverales, y los caminos se ponían casi intransitables’.
En un mismo tenor y formato, me compré también otro bello libro de cuentos de Chejov, editado igualmente por Editorial Progreso de Moscú el año que yo nací, 1974, además de llevarme también una rareza absoluta y bastante chocante ciertamente, creo yo, para quienes, como los húngaros, tuvieron que vivir los estragos del régimen comunista de aquellos tiempos, porque ocurre que mi tercera compra en español en esa entrañable librería atendida por una anciana generosa y amable que se esforzaba por buscarme cosas en español o inglés según le pedí al contarle de mi procedencia, fue ni más ni menos que un pequeño manual de Reglas de urbanidad soviético de 1963.
Detengámonos un poco para tomar nota del índice del manual y darnos así una idea de por dónde iban los tiros en la sociedad soviética de entonces. Los temas tratados eran los siguientes: Educación y don de gentes; Presentaciones y saludos; Invitaciones y excusas; Las tarjetas; Las cartas; Los regalos; Las visitas (Clases de visitas); Comidas (Comidas de importancia, Banquetes, Almuerzos y cenas); El te; Bailes, tertulias y veladas (Bailes, Reuniones); Espectáculos; Fuera de casa, Palabras y expresiones.
Las palabras introductorias no tienen desperdicio (y no lo digo con sarcasmo sino con toda sinceridad), y decían para los efectos correspondientes lo siguiente:
‘La vida de relación ha sufrido modificaciones de tal índole que bien puede aseverarse hoy que es un hecho real la obtención de la igualdad y de la democracia, hasta pocos años ha meros ideales. Ya no rigen las normas sociales basadas en absurdos privilegios y en los prejuicios propios de cada pueblo. Su desaparición ha promovido tan profunda variación en los usos, valores y costumbres que ha sido forzado aunar las nuevas leyes sociales en un código internacional fundamentado en los preceptos del “saber vivir” y de la bondad y la belleza del espíritu, únicos elementos de la cortesía de todos los tiempos, estos últimos, que permanecen inmutables.
Esta época de veloces viajes, de acelerado progreso, de enérgicos deportes y de febriles actividades ha introducido una muy sensata simplificación de todos los formalismos y constantemente exige tanto mudanzas en los usos sociales como variaciones en las modas y mayor sobriedad en los vestidos.
No es de extrañar, por lo tanto, que aun los conceptos que más arraigados parecían hayan visto trocados sus alcances, cuando no caído en el más lamentable ridículo. Tal ha ocurrido, por ejemplo, con el relativo a la mujer. ¿Dónde está actualmente aquello de “sexo débil” que vanamente pretendieron desterrar las líderes del movimiento sufragista? El tiempo transcurrido desde la anterior catástrofe universal logró, gracias a la carencia de hombres y a los nuevos hábitos y maneras, tanto sociales como comerciales, equiparar los sexos, con el notable resultado de que, empeñados hombre y mujer en igual tarea, ha puesto de manifiesto ella que sustituye a aquél, a veces con ventaja, sea cual fuere la naturaleza del trabajo; bien es cierto que, como postrera consecuencia, el continuo roce obligado por la competencia en las posiciones conquistadas por la mujer, al acrecentar su derecho a la consideración general, le ha restringido la recepción de extremas cortesías, de tal modo que es hoy la reciprocidad de trato social una real expresión de igualdad’.
Lo último que me mostró en inglés la entrañable librera fue Memoir of Hungary. 1944-1948 de Sándor Márai, que aún no he revisado todavía con detenimiento.
III
Y por cuanto a la biblioteca Erwin Szabó pasó lo mismo: decepción total porque nunca la encontré pues me perdí, no siéndome posible ubicarme en función del nombre de las calles, ininteligibles todas, además de que el calor de ese jueves por la mañana en que me salí a caminar era ciertamente insoportable.
Lo bueno fue que, en medio del extravío, no llegué a la Szabó pero sí me topé de pura suerte con la Biblioteca de la Universidad ELTE, que resulta ser la primera biblioteca de Hungría, fundada en 1561 por el arzobispo de Estergom para los jesuitas, tras de cuya expulsión se convirtió entonces en biblioteca universitaria. Ahí fue entonces que me pude sentar a leer un aproximado de una hora el libro que llevaba para los efectos y del que se inspiran estas crónicas, Danubio de Claudio Magris, del que hablaré después en condiciones y como se debe.
La sala de lectura es ciertamente pequeña. Es bonita pero no espectacular, aunque para mí fue suficiente para encontrar un poco de paz, pues todos los días, esté donde esté y haga lo que haga, debo de leer o escribir algo por necesidad prácticamente orgánica, en el sentido materialista de que, literalmente, el cuerpo me lo pide.
IV
Antes de perderme para cruzarme luego con la Biblioteca ELTE buscando la Erwin Szabó, pasé por otra librería de viejo que para entonces, eran más o menos las 9.30 de la mañana, estaba cerrada: la Librería Antikvárium. Al regresar ya encaminado para volver al hotel, pues a las 2PM pasarían por mí para llevarme a la ciudad de Kaposvár, pasé a revisar si ahí había un poco más de suerte en cuanto a la localización de libros en inglés y español.
No fue el caso en realidad, o sólo parcialmente, pues había casi nada, y ya le perdí ahí el interés a seguir buscando el resto de las librerías, pues me iba a ocurrir lo mismo. Solamente encontré dos cosas bastante interesantes ciertamente, no lo voy a negar: Realidad y fantasía en Balzac, de Ezequiel Martínez Estrada (Universidad Nacional del Sur, Argentina, 1964) y Hamlet’s Mill. An essay investigating the Origins of human knowledge and its transmission through myth, de Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend (Godine, New Hampshire, 1999).
La figura de Balzac es fascinante, poderosa, titánica, qué duda cabe. Dice Martínez Estrada al comienzo de su bello e inspirador libro: ‘Honoré de Balzac, cuerpo y alma, fue modelado por su misión, adecuado como un instrumento o una herramienta que debe servir a un fin y un uso. Ya se sabe que lo psíquico configura lo somático –hasta en las plantas–, porque el soma no puede ser un configurador. Balzac lo sabía antes y mejor que nosotros, al descubrir en las formas corporales, en la fisonomía y en el porte, el alma de las personas. Su retrato es el del autor de La condición humana. Él mismo se describe… Ese cuerpo no era el de su vida ni el de su talento, sino el de su misión, que fue la de consignar en un centenar de obras, multiplicadas por las interminables correcciones, los hechos y las personas que formaban el argumento fantástico de la historia real de su país, o el argumento real de la historia fantástica de su tiempo y de todos los tiempos.’ (pp. 13 y 20).
El libro de Martínez Estrada es él mismo balzaquianamente fascinante y subyugante, de 890 páginas de apretada y apasionada prosa ensayística.
V
Unos metros más adelante de la librería me crucé con otro lugar memorable, que acaso haya sido el mejor al no haberlo tenido en el radar: el Café Astoria, que es el restaurante del Hotel Danubius Astoria, de más de cien años de vida. Ahí estuve ese jueves por la mañana, dando trámite al hábito de meterme a un café o cantina luego de pasar por una librearía de viejo, para pasar revista de lo adquirido acompañado de un café o de una cerveza.
Ahí fui también el viernes por la tarde, aprovechando el tiempo libre que tuve ya para entonces, en la víspera de tomar el vuelo de regreso.
En principio, el Astoria podría asemejársele bastante o al salón del Sanborns de los azulejos que está en la planta alta, y en cuyos balcones puedes ver en diagonal el Palacio de Bellas Artes y la calle de 5 de Mayo, o bien al Bar La Ópera que está a unos pasos nomás.
Consta de dos salones muy grandes de majestuosidad evidente acompañada no obstante de una desolación debida sobre todo a la poca concurrencia, y que le proporciona una atmósfera de cierta soledad y melancolía. Evidentemente, este lugar tuvo mejores épocas en el pasado. Pero ese es el pasado precisamente que, a su vez y en correspondencia, se ha venido sedimentado con el transcurrir del tiempo haciendo posible que aquí pueda percibirse –siempre que se esté preparado para ello– la acumulación de capas de arte configuradoras de una atmósfera proustiana en la que nos es dado encontrarle un cierto provecho intelectual al placer que nos produce el contacto con la antigüedad y que no se explica ni con el concepto de bienestar, ni mucho menos con el de vanidad.
El salón que está más al fondo, que acaso haya sido algo así como el bar principal, estaba completamente vacío, con las luces prácticamente apagados o casi. El otro salón, que daba a la avenida, estaba con algunas mesas ocupadas. No muchas: un par de señoras hablando sobre cuestiones que parecía que eran de cierta gravedad, y un señor ya un poco entrado en años vestido de lino y sombrero, que me recordó por cierto a Gustav von Aschenbach de La muerte en Venecia de Thomas Mann para terminar de dibujar una estampa inolvidable del Café Astoria de esa tarde calurosa y vagabunda en Budapest con la que me quedaré en el recuerdo para siempre.
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