Por Carlos Martínez
No pasaba día en que no me preguntara, cuando caminaba por las calles desordenadas de la ciudad y descubría mi reflejo en un cristal, por la sensación que mi rostro, con sus facciones medio retorcidas y redondas, producía en los demás. Resolvía, después de haber hecho algunas consideraciones sin sentido, que todo ello era causa de una vanidad desviada, fundada, probablemente, en los lugares más oscuros de mi infancia. No mucho tiempo después me convencía de que, más que vanidad, se trataba de un acto reflejo tan natural como un gesto en un animal que sigue instintos. Algunas veces, tengo que admitirlo, la imagen que me devolvía el espejo, aun siendo este de la manufactura más fina, o más bien por causa de esa cualidad, me pareció grotesca. Para sobrevivir al sobresalto que en mi conciencia representaba descubrir en mi semblante los signos más claros de lo que identificaba como un envejecimiento prematuro, ponía en práctica el siguiente mecanismo: descubrir, a fuerza de trabajos forzados, la miseria en los demás. Y, contrario a lo que llegaba a pensar, siempre era posible encontrar rasgos más grotescos, ademanes más desordenados, cuerpos más viles.
Papeles sin clasificar
Por Carlos Martínez
No pasaba día en que no me preguntara, cuando caminaba por las calles desordenadas de la ciudad y descubría mi reflejo en un cristal, por la sensación que mi rostro, con sus facciones medio retorcidas y redondas, producía en los demás. Resolvía, después de haber hecho algunas consideraciones sin sentido, que todo ello era causa de una vanidad desviada, fundada, probablemente, en los lugares más oscuros de mi infancia. No mucho tiempo después me convencía de que, más que vanidad, se trataba de un acto reflejo tan natural como un gesto en un animal que sigue instintos. Algunas veces, tengo que admitirlo, la imagen que me devolvía el espejo, aun siendo este de la manufactura más fina, o más bien por causa de esa cualidad, me pareció grotesca. Para sobrevivir al sobresalto que en mi conciencia representaba descubrir en mi semblante los signos más claros de lo que identificaba como un envejecimiento prematuro, ponía en práctica el siguiente mecanismo: descubrir, a fuerza de trabajos forzados, la miseria en los demás. Y, contrario a lo que llegaba a pensar, siempre era posible encontrar rasgos más grotescos, ademanes más desordenados, cuerpos más viles.
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