GAP Andrés Molina Enríquez

Sobre la batalla cultural, la muerte de la Universidad y la gran tiranía progresista de nuestro tiempo

He visto este fin de semana una interesantísima entrevista a un profesor argentino, Leonardo Orlando, de una universidad francesa, el Instituto de Estudios Políticos de París, alrededor de quien se ha generado una muy dura controversia por la razón de que el Instituto en cuestión le clausuró un par de cursos que estaba programado para impartir sobre dos temas fundamentales: el primero era sobre el enfoque biológico y evolutivo del comportamiento político (en una línea tal vez como la de Richard Dawkins), y el segundo sobre el mismo enfoque biológico-evolutivo pero aplicado a las teorías de género.

El asunto es que un conjunto de profesoras o “académicas” de las teorías de género del Instituto hicieron un llamado para solicitar expresamente que se clausuraran y se eliminaran las clases, cosa que, acto seguido, la dirección acató.

Orlando aclara que, en primer lugar, se trataba de cursos opcionales para estudiantes de grado de Sciences Po, además de que, en segundo, era solamente un miserable y marginal par de cursos donde se ofrecía por primera vez en ese “prestigiado” Instituto una visión alterna a la dominante, respaldada por otro lado –la visión dominante– por cerca de ochenta abrumadores cursos sobre cuestiones de género caracterizadas todas ellas, de manera dogmática, por negar la biología.  

Ante la pregunta de la entrevistadora sobre cuál era la contradicción entre la biología y las teorías de género, Orlando fue categórico: es la misma contradicción que existe entre la teoría de que la tierra es plana y la de que la tierra es redonda, es decir, que una de ellas remite a un hecho real y verdadero mientras que la otra es una fantasía.

Vale mucho la pena que se mire esa entrevista. Hay además una impresa por ahí también en internet: ambas, la impresa y la oral fueron realizadas en Argentina muy recientemente, a cuyo Senado fue invitado Orlando para hablar sobre el particular.

Su actitud durante todo el tiempo es una mezcla de solidez y convicción intelectual entre medio de la cual no obstante se destila una suerte de hartazgo y de asfixia personal (parece que está harto) por lo que ve estar ocurriendo en Francia y su circuito universitario en particular, pero también en el de las instituciones públicas nacionales e internacionales en general, considerado por él como un imperio de los estudios de género y sus resultancias ideológicas Queer y LGBT, y que se ha apropiado no ya nada más de cátedras, centros y universidades por entero, sino que ha permeado ya en el mundo de la administración pública y privada por igual, en cuyas oficinas y corporativos gubernamentales o de las empresas se obliga a empleados a aceptar el adoctrinamiento ideológico de unos postulados que, según dice, se mueven en una perspectiva pre-Darwiniana y pre-Mendeliana, es decir, que se desarrollan y siguen avanzando ignorando lo mismo a la biología que a la teoría de la evolución y a la genética como característica gnoseológica constitutiva de las ciencias sociales de por lo menos la segunda mitad del siglo XX en adelante. A partir de todo esto, dice Orlando más o menos con ironía y sarcasmo implacable, entonces ‘todas las tonterías son posibles’.

Y dice más todavía: para él, la Universidad con mayúscula, es decir, su idea y realidad como tal, en occidente, está perdida de manera general, fundamentalmente porque se niega a la ciencia desde la ideología progresista, que es el imperio dogmático y tiránico que se ha apropiado de nuestro lenguaje y nuestros conceptos, y que categoriza como de “ultraderecha” cualquier cosa que vaya en su contra, vaciando de contenido por completo a este concepto político que, en su momento, tuvo una cierta utilidad o funcionalidad. Pero hoy ya no.

Tomemos nota de esto como un episodio más de la batalla cultural por el sentido común que hemos de emprender ya y en los próximos años y décadas por venir.