Club Nikolái

Tercera noche en el Sályut

Jueves 30 de noviembre. T., LD. y yo llegamos tan solo con unos cuantos minutos de diferencia a la Tío Pepe, por ahí de las 7.30 de la noche. Varios compañeros habían anunciado ya que no llegarían a la cita, y F. lo haría tal vez un poco más tarde, pero al final no lo logró.

En la atmósfera latía la expectativa de comentar el libro de Guadalupe Nettel El cuerpo en que nací que previamente había generado algunos comentarios un tanto controversiales, entre ellos el mío, que de alguna manera fue el detonante de la atmósfera en cuestión.

Pero el diálogo y el contraste de perspectivas disipó en realidad y de inmediato cualquier controversia. F. ya nos había adelantado en el chat que el libro le gustó por una serie de razones, a saber: ‘1. porque se trata de una narración sin grandes pretensiones literarias, no es un relato heroico, sino un describir simple de una mirada sin grandes propósitos más que el transcurrir de anécdotas, incluso infantiles pero francas. 2. Recrea, desde mi punto de vista, una clase social, generalmente snob, pero sin el alarde de pertenecía y jerarquía. 3. Tiene la capacidad narrativa para recrear los pasajes, situaciones, circunstancias y perspectivas de los personajes.  4. Es una fluida historia, sin duda anodina, tratando de otorgarle valor a ese “sin importancia” a la manera del “hombre sin atributos” de Robert Musil (quizás miraba un espejismo) 5. No estoy de acuerdo con la mercadotecnia exagerada de “genio” que muy bien Ismael comenta en su texto.’.

Por otro lado, T., LD. y yo comenzamos señalando la coincidencia alrededor del hecho, detectado por los tres, de que parecía que la narración iba a tener una suerte de estructura dual, algo así como un juego de dualidades (el mundo visto con un ojo parchado por las mañanas, y sin el parche por las tardes o al revés, no recuerdo ya; la perspectiva progresista y liberal de la madre, la conservadora y tradicional de la abuela, por poner dos ejemplos) en función del cual nos pareció que la novela prometía bastante pero para disiparse después esa promesa en el aire, dejando todo eso de las dualidades en un pasaje más del relato sin mayor trascendencia.

Yo incluso llegué a pensar que el texto daría material suficiente como para desarrollar un análisis crítico del dualismo antropológico cuerpo-alma implicado en el título, mediante el que estaría trabajando la idea equivocada por cartesiana, desde un punto de vista materialista, según la cual por un lado está el cuerpo (res extensa), que vendría siendo el recipiente dentro del cual alguien, en este caso la autora, nació, y por el otro el alma nacida (res cogitans). Pero ya digo que al ir avanzando en el texto tal posibilidad crítica se diluyó por completo no habiendo en él más que una determinada secuencia de recuerdos que no iba a dar para mucho.  

T. comentó luego varias cosas interesantes: por un lado, hubo una primera identificación con la autora en la medida en la que el libro ofrece algunas claves sociológicas del proceso de configuración de la clase media alta intelectual urbana de la ciudad de México formada en la plataforma de socialización de la UNAM –padres académicos, normalmente de la UNAM; educación privada en alguna escuela o activa (Colegio Madrid, el Vives, sistema Montessori) o extranjera como la francesa o alemana (Colegio Alemán, Liceo Francés); estudios de grado en letras, filosofía o ciencias en la UNAM; postgrados en el extranjero; adopción de una postura política progresista, liberal y casi siempre postmoderna (feminismo, transgénero, etnologismo, ambientalismo, derechos humanos, aproximación a la política desde la ética, es decir, desde la izquierda indefinida, que se expresa luego en el maniqueísmo asfixiante de “izquierda progre y buenista” vs. ultraderecha, sin término medio) y casi nunca ya marxista o algo parecido; cargos en la UNAM–, evocando un ambiente en el que ella misma, T., se reconoció habiendo estudiado sus postgrados en la misma universidad y en El Colegio de México, cuyos ambientes sociales y culturales son reconstruidos más o menos por Nettel en el libro.

La segunda identificación se dio también por la vía de la coincidencia migratoria: la autora vivió y estudió varios años en Francia, tal como T., originaria de Culiacán, lo hizo también por su parte en Canadá.  

Por último, hizo también un contraste bien interesante entre esta novela de Nettel, que terminó por caracterizar como intimista, y la anterior que leímos, Temporada de huracanes de Fernanda Melchor: ‘son dos visiones de lo que es México –nos dijo más o menos–, en Melchor está el México profundo, desgarrado y miserable de la provincia, en Nettel está el México de la ciudad de México, urbano, liberal, privilegiado y progre’, cosa que también le resultó interesante a LD.

J.I. llegó un poco más tarde, así como C. y S., terminando de conformar la tertulia de la noche. J.I. ya había realizado, hace un año más o menos, una cápsula en redes comentando otro de los libros de Nettel, La hija única (2020), en la línea de exploración de la narrativa mexicana contemporánea.

Para él, El cuerpo en que nací le parece ser una suerte de novela de juventud, y puede que haya tenido que pasar algún tiempo para que la autora tomara la decisión de publicarla, siendo La hija única, a su juicio, una novela mucho mejor lograda y con mayor consistencia. ‘El cuerpo en que nací tal vez no sea la mejor obra de Nettel ciertamente’, nos dijo más o menos, pasando luego a comentar el interés que, en todo caso, encuentra él en la narrativa de nuestra autora del mes: por un lado, Guadalupe Nettel se asume como una persona rara, que no encaja en los contextos en los que a lo largo de su vida ha tenido que insertarse (es evidente que su problema visual haya sido tal vez la razón fundamental) y a la que, además, le cuesta trabajo hablar de sí misma: El cuerpo en que nací no sería para él una novela intimista tal como lo es para T., es más bien una novela testimonial.

C., por su parte, y en contraste conmigo, encontró interesante la forma digamos que superficial con la que Nettel procesa sus recuerdos (para mí es ésa, precisamente, la debilidad del texto, mientras que a F. lo que le recordó es la idea desarrollada por Musil en El hombre sin atributos, según nos había dicho ya), poniendo en ejercicio una suerte de dispositivo de ficcionalidad de los recuerdos que le pareció, a C., de cierta sutilidad narrativa, ante lo que T. complementó recordando lo dicho por el poeta Álvaro Solís para afirmar que “el recuerdo no es una extensión de la memoria, es su corrupta forma”. La prosa de El cuerpo en que nací, concluyó C., es una prosa ligera, bien escrita pero ligera al fin.

Acercándonos al final de nuestra tercera noche en el Sályut, preguntamos a cada uno por el libro iniciático con el que se activó la conexión con el libro como objeto y la lectura como experiencia fundamental. Los libros citados fueron los siguiente: para S., Batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, para C. El inmortal de Borges, que leyó una primera vez muy niño sin saber de quién era pero que quedó sacudido, siendo mucho tiempo después cuando se lo volvió a encontrar y dijo “esto era, este era”. Para T. Mujercitas de Louisa May Alcott, para LD. Motín a bordo de Charles Nordhoff y James Norman Hall, mientras que para JI. las historietas de Ásterix. Es obvio que se trató, prácticamente en todos los casos, de experiencias de infancia, adolescencia o, a lo mucho, de juventud temprana.

Recuerdo que, cuando era niño –etapa en la que todas las pasiones humanas están a flor de piel y sin filtro alguno–, yo solía preguntarle a la gente por el lugar en el que habían nacido, pero con la intención nada disimulada de que, luego de responderme, me preguntaran por el lugar en el que yo lo hice, porque como nací en Munich Alemania era grande el regocijo y desbordante la vanidad infantil de sentirme diferente y especial, o tal vez raro, a la hora de lanzarles orgulloso mi correspondiente respuesta.

En este caso la jugada no me salió, porque a mí nadie me preguntó por mi libro iniciático en estas lides de la pasión por los libros y la lectura, y me quedé con las ganas de decirles que, en mi caso, la experiencia fundamental tuvo lugar en mi adolescencia tardía cuando me leí, pegado a las hojas y sorprendido por lo que se me estaba revelando, Dos crímenes de Jorge Ibargüengoitia.

Llegadas las diez de la noche pagamos la cuenta y preparamos la retirada. La narrativa de Guadalupe Nettel quedó contextualizada en un marco mucho más amplio y diverso, haciéndonos a todos caer en cuenta de la riqueza que comporta el hecho de intercambiar ideas, perspectivas y dialogar. Tal es el objetivo del Club Literario Nikolái Nikoláievich Pseldónimov.

Al día siguiente, T. me compartió el comentario que le hizo un amigo con motivo de haber publicado en sus redes la foto de nuestra tertulia. Resulta ser que el amigo en cuestión conoce ni más ni menos que a David Toscana, autor de la novela –como se sabe– de la que brota la inspiración de nuestra cripta de la Tío Pepe, para decirlo en términos ramonianos. El comentario fue el siguiente: ‘Un día, David Toscana, entre tequilas, me dijo que escribimos o leemos literatura para buscar lo que Dios no nos puede enseñar. Tal vez esa pueda ser la brújula de sus reuniones’.

Aunque yo soy ateo y Dios no existe ni puede existir, la idea suena bien, bastante bien.  

El Club Literario Nikolái Nikoláievich Pseldónimov en acción