Club Nikolái

Primera noche en el Sályut

I

Es muy curioso –y tal vez indicativo– el hecho de que la Breve historia de los españoles de Luis Suárez y José Luis Comellas (Ariel, 2003) tenga como portada el clásico óleo de José Gutiérrez Solana “La tertulia en el Café Pombo” de 1920, con Ramón Gómez de la Serna figurando en el centro del cuadro de pie presidiendo la tertulia en cuestión.

Es curioso (y ya digo que indicativo) por el hecho de que acaso esté queriéndosenos decir con ello que la tertulia en general, y la literaria en particular, es una suerte de rasgo distintivo y constitutivo de los españoles, cuestión que, de ser cierta la hipótesis, podría muy bien hacerse extensiva hacia todo el orbe hispanoamericano dentro del que México se destaca el primero. A mí en lo personal me parece sensacional, y me reconozco de cuerpo entero en la tradición en caso de que así sea.  

Yo recuerdo que, en mi primera visita a Madrid, o de las primeras que realicé hace ya muchos años, quedé cautivado nomás me crucé con el Café Comercial de la glorieta de Bilbao –y literalmente me crucé con él en una primera caminata sin rumbo fijo que hice por aquellas calles madrileñas, hace ya más de veinte años, con el peculiar olor a tabaco tan característico, para mí, de Madrid–, después del traspaso de cuya puerta giratoria quedas arrojado a una atmósfera fascinante de mesas de mármol viejas, espejos, café, humo de cigarro, cervezas, mucha gente conversando y también mucha gente leyendo y otras tantas, aunque no en la misma proporción, escribiendo.

Si no recuerdo mal, llevaba bajo el brazo un libro de Günter Grass con el que me dispuse en transe de éxtasis intelectual a sentarme en la mejor mesa que ubiqué para los efectos cual si se tratara conmigo de la encarnación de un Valle Inclán, un Baroja o un Torrente Ballester en disposición de adentrarse en las faenas de lectura o confección de textos fundamentales. Después hice de ese lugar mi sitio predilecto, mi querencia, antes de descubrir el Ateneo de Madrid, y pasé muchísimas tardes de lectura inolvidables y definidoras de lo que soy. Alguno de esos días me parece que vi por ahí sentado, escribiendo, a Rafel Sánchez Ferlosio.

Ramón Gómez de la Serna inauguró su tertulia del Pombo por ahí de 1912 en el Café y Botillería de Pombo, ubicada en la calle de Carretas número 4, muy cerca de la Puerta del Sol, y casi sin interrupciones la mantuvo durante muchos años, entiendo que cerca de treinta, convocando todos los sábados a una nómina de hombres –al parecer no había mujeres: eran otros tiempos ciertamente– dentro de los que descuellan los nombres de José Ortega y Gasset, para quien aquél lugar fue algo así como la última barricada de los últimos liberales, el pintor Gutiérrez Solana, efectivamente, Antonio Machado, Valle Inclán o Valery Larbaud.

José Luis Barrera dice (‘Un café en la cripta’, 2019) que las características del lugar se ajustaron perfecto al criterio de Ramón, que ‘lo escogió porque sufría de una incontrolable pasión por las incongruencias y un sitio antiguo y tan castizo era el contraste perfecto para la que sería la sede de la vanguardia y el universalismo’. Gómez de la Serna mismo dice en Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos (Buenos Aires, 1941), para los efectos, lo siguiente:

‘Cuando yo elegí Pombo, el año 1912 lo hice por jugar a los anacronismos y porque en ningún sitio iban a resonar mejor nuestras modernidades que en aquel viejo sótano. Además me guio una especial condición de rabdomante que suelo tener y por la cual sé lo que no se va a derruir y lo que va a permanecer con su cordial decorado aunque sea inverosímil y aunque los gozquecillos murmuren su desaparición’

Y es que, además, continúa diciéndonos Ramón en otro lado del libro, ‘España cuando se apodera del Café, lo hace de ese modo entrañable, conventual y místico con que se adscribe a las cosas en las que cree. El Café para España es el nuevo sitio de Dios y ha habido trapenses del Café que gastaron toda su vida, lo mejor de sus oraciones y de sus transportes en el claustro del Café.’

II

Pues ya digo que yo me reconozco en cuerpo y alma, para decirlo con una gravedad a la altura de las circunstancias, en esta tradición, y si es el caso de que no sea cierta la hipótesis, entonces me la invento y la confirmo, para los efectos de lo cual tuvo lugar el día de ayer, jueves 21 de septiembre, al punto de las 7 de la noche más o menos, la primera reunión de una tertulia literaria que hemos querido organizar teniendo tal vez a la ramoniana, por qué no, como una de sus influencias fundamentales, con la diferencia cualitativa de que no tuvo ni tendrá lugar en un café en el sentido que aquí venimos comentando, sino en la fantástica y longeva –data de 1869– cantina Tío Pepe (Independencia 26, Col. Centro), y que hemos convocado como Club Literario Nikolái Nikoláievich Pseldónimov (que abreviaremos por economía sintáctica como Club Nikolái) en función de las razones, criterios y detalles expuestos en la carta de invitación siguiente:

***

Querido amigo, querida amiga:

Si te llega esta carta es porque sé que hay una pasión o interés o curiosidad común entre tú y yo y el resto de los destinatarios a los que también les llegará, que es la pasión por la literatura a través de la cual se manifiesta también por cierto una pasión muy especial y acaso más genérica por los libros, por los buenos libros en general y, no se diga, por las bibliotecas.

Se trata de los elementos –los libros, las bibliotecas, la literatura– constitutivos de una forma histórica y cultural de estar en el mundo que para nosotros puede que sea única, pero que colinda en realidad de una manera vamos a decir que bastante modesta ciertamente, e insignificante de hecho para muchos, con una infinidad de formas alternas –y desde luego que legítimas, faltaría más– de estar también en el mundo, como pueden ser las configuradas en función de criterios provenientes de otras artes, o deportivos, religiosos, políticos o de índoles de una diversidad tan vasta que es en realidad imposible de abarcar.

Lo nuestro en todo caso, y no me dejarás mentir, es algo así como una suerte de milagro del entendimiento; como una forma de la elegancia, de la dignidad y de la soledad que se nos presenta a la experiencia mediante la forma de palabras orquestadas en función de la belleza sintáctica y que se plasman narrativamente en la forma de historias y ficciones a través de las cuales se detonan procesos de maduración y crecimiento intelectual que hacen que se transforme nuestro entendimiento, nuestra memoria o nuestra voluntad movidos todos ellos por el dispositivo de la imaginación y el destilado de ideas fundamentales de tipo filosófico, moral o existencial. Cuando todo este proceso se activa, tu vida comienza entonces a trocarse –por lo menos, y en principio, para ti– en una aventura. 

El Club Literario Nikolái Nikoláievich Pseoldónimov, que es a lo que te estoy invitando a formar parte con esta carta, es una suerte de tertulia literaria de formato clásico –amigos, libros, literatura, una cerveza o un café alrededor de una mesa de Cantina o de Café–, organizada en homenaje a la bella novela de David Toscana El peso de vivir en la tierra (2022), que es una obra que me parece verdaderamente excepcional –y de lo mejor y más bello que he leído en muchos años– por la forma tan hermosa y genial con la que recoge Toscana un formato tan clásico y archiconocido como el del Quijote, para crear una obra que discurre a partir de las formas de la locura y el delirio a los que alguien, por ejemplo un hombre llamado Nicolás en el Monterrey del inicio de los 70 del siglo pasado, puede quedar sometido merced a la lectura copiosa, apasionada e incontrolada de literatura rusa, que es aquello por lo cual fue su deseo fundamental el que se le conociera siempre y mejor como Nikolái Nikoláievich Pseoldónimov, y que quisiera reorganizar su vida en función del problema arduo de saber cómo es que se le hace para tener un alma grande, de la misma forma en que Alonso Quijano prefirió que se pensara en él bajo el nombre de Don Quijote de la Mancha, y que quisiera reorganizar su vida, respectivamente, en función de todo lo que se requiere saber y hacer para ser un caballero andante en toda regla. 

Para poner en marcha el Club hay solamente dos criterios. Uno es de tipo organizativo, y consiste en acordar reunirnos en la cantina Tío Pepe (Independencia 26, Col. Centro, CDMX), el tercer jueves de cada mes, al punto de las 7 de la noche más o menos, comenzando en este mes de septiembre próximo.

El otro es estrictamente literario, y consiste en tener como trámite ceremonial de iniciación, por decirlo de algún modo, el haber leído previamente El peso de vivir en la tierra de David Toscana, para que sepas así la razón por la cual te estamos convocando una vez al mes para hablar de libros y literatura alrededor y con el entrañable pretexto de Nikolái Nikoláievich Pseldónimov. Todo lo demás quedará en nuestras manos a partir de lo que se vaya decidiendo sobre la marcha.

Nuestra primera tertulia será por tanto el próximo jueves 21 de septiembre, a la hora y sitio referidos. Si el lugar, la tarde y la noche nos son propicios, quizá nos lleve el viento al infinitivo.

***

III

Fuimos alrededor de nueve personas, las primeras de las cuales fueron llegando puntuales a las 7 de la noche, habiendo sido por ahí de las 8 cuando el grupo quedó conformado más o menos, colocado en una de las esquinas de la barra principal de la Tío Pepe y en donde se acomodaron en hilera tres pequeñas mesas circulares en perfecta geometría. La atmósfera estaba a media luz, pero la suficiente para poder ojear los ejemplares de El peso de vivir en la tierra que algunos llevaron consigo. La cantina estuvo casi llena hasta las nueve treinta de la noche.

Tal como se había propuesto, el detonante de la conversación fue compartir impresiones alrededor del bello libro de David Toscana e inspiración del nombre de nuestro club. Los comentarios fueron en general todos ellos elogiosos, para el caso de los que lo leyeron o estaban en ello.

T. dijo que, sin perjuicio de que la parecía una obra magnífica, y sobre todo divertida, una posible debilidad del libro era el excesivo recurso de la inserción de citas de grandes obras de la literatura rusa en el cuerpo del texto, cuestión que estaría tal vez restándole originalidad desde la perspectiva de la pureza de los elementos de la construcción narrativa, a lo que K. replicó que no le parecía un problema en realidad, pues ya Platón había dicho que –por decirlo de algún modo– “nada surge de la nada”, y que toda creación humana, que toda póiesis parte de materiales previamente dados a la experiencia, de suerte tal que es imposible que algo esté hecho en el vacío y partiendo de un grado cero de referencias.

J., por otro lado, destacó la fascinación que el libro le estaba produciendo –ella es de las que está todavía en la lectura–, y que le hacía pensar en una Matrioshka rusa, precisamente, por cuanto a la estructura del relato que, mediante capas, iba envolviendo tanto al lector como al autor mismo en el recorrido narrativo.

E. por su parte hizo un comentario muy interesante, al destacar el hecho de que, a diferencia de Don Quijote, de quien todo el tiempo se burlaba la gente con la que se cruzaba en su afán de ser un héroe vestido de caballero andante, con Nikolái no era el caso, es decir, que no era la burla lo que obtenía por respuesta ante sus afanes, además de que su objetivo no era necesariamente el de convertirse en un héroe, sino más bien tal vez en un mártir, en un antihéroe en ejercicio de sacrificio permanente en búsqueda de la forma de vida ajustada a los contornos de un alma grande.    

Por mi parte, considero que El peso de vivir en la tierra es uno de los más altos logros de la literatura mexicana contemporánea, y, tal como he dicho ya en la correspondiente reseña, se nos presenta como un acabado ejemplo de la fecundidad eterna de los clásicos, en el sentido de que un esquema tan conocido y canonizado universalmente como el del Quijote, usado y reusado yo no sé si decenas o cientos de miles de veces, puede volver a iluminar el rostro del lector con una sonrisa cómplice y genuina cuando un autor de genio como David Toscana lo usa para inventarse una historia identificable en su quijotismo en la primera o segunda página, contribuyendo al hacerlo a la consagración de la literatura como una de las formas más sublimes y extraordinarias de la experiencia intelectual.

En el proceso de transfiguración de Nicolás en Nikolái Nikoláievich Pseldónimov, la cantina de su colonia fue rebautizada como Sályut, que era el nombre de la estación espacial soviética en donde habían logrado habitar los cosmonautas rusos que luego morirían al volver y no soportar “el peso de vivir en la tierra”.

Para nosotros, entonces, la cantina Tío Pepe no será en realidad nuestro Pombo, no señor, con perdón de Gómez de la Serna, será nuestro Sályut.

Una vez que se retiró, mi querido C. me escribió un mensaje en el que me dijo: “Gracias por invitarme. Normalmente yo asumo el papel de Guerásim, pero hoy tuve que salir un poco temprano”.

Pues eso.