Espacio Cultural San Lázaro Periscopio

Homenaje a Bill Evans en la Cámara de Diputados

La tarde no pudo haber sido más propicia, así haya sido teniéndonos en vilo y amenazados con una lluvia un poco intensa que al final sí se nos vino encima a la hora exacta más o menos de que fuéramos a comenzar el concierto de Homenaje a Bill Evans del miércoles 5 de julio pasado, a cargo del trío de Ricardo Vega cuyo contrabajo estuvo acompañado por el piano de Alex Mercado y la batería de Gabriel Puentes.

‘Here’s that rainy day’, pensé de inmediato, precisamente, recordando aquella pieza clásica de Jimmy Van Heusen tan hermosa, triste y melancólica cuando la interpretó Bill Evans a piano solo en el disco Alone (Verve, 1968), y que era imposible no evocarla mientras se nos caían encima las gotas provenientes de ese cielo cerrado y gris que nos tuvo a dos de tomar la decisión de mover el escenario formidable que teníamos preparado para nuestro Miércoles de Jazz de julio en el Espacio Cultural San Lázaro, que es ya un clásico de la Cámara de Diputados al realizarse en el espléndido lugar en el que se ha convertido el Rincón del Libro.

Yo de hecho propuse en algún momento que nos trasladáramos de plano a otro escenario, lo que implicaba estar obligados a mover en poco menos de 40 minutos todo el montaje de los músicos y de Juan Carlos Ertze –nuestro gran ingeniero de audio que es ya también un clásico del ECSL– al Museo Legislativo, hacia donde nos condujimos Edalid Mendoza, Alex, Ricardo, Gabriel y yo para ver las condiciones.

Creo que fue Alex el que, vestido ya con un abrigo negro largo que le daba un semblante muy “a la Bill Evans”, dijo que era mejor esperar, que la lluvia no podría durar más de una hora. Y así lo hicimos afortunadamente, y nos regresamos entonces al Rincón a esperar y a conversar un poco entre nosotros, con un nerviosismo que ya no se fue hasta que las gotas, sorprendentemente, dejaron de caer efectivamente unos diez minutos antes más o menos de que fuéramos a comenzar uno de los conciertos más bellos a los que yo he asistido en mi vida, y de los más entrañables y conmovedores de todos los que hemos realizado en el Espacio Cultural San Lázaro (entiéndaseme bien: si clasifico así este concierto es por el hecho de haberse tratado de un tributo a la figura, la de Bill Evans, sin la cual mi vida sencillamente no puede comprenderse), con un cielo que sólo en esos instantes tardíos se nos quiso abrir para permitir que la melancolía, la belleza, la tristeza colmada de perfección armónica y el genio de estos tres extraordinarios artistas pudieran ser presenciados por un público bastante nutrido que no se movió por cierto de sus sillas así hubiera llovido un poco a cántaros, o algo muy cercano a eso, durante algunos minutos.  

Mientras se acercaba la hora de iniciar, al punto más o menos de las 4 de la tarde, avanzamos con las entrevistas que realizamos para cada concierto. Primero Ricardo Vega, el líder del proyecto, luego Alex Mercado y al final Gabriel Puentes, uno de nuestros más queridos chileno-mexicanos que lleva ya más de la mitad de su vida con nosotros como uno de los bateristas más sólidos, consistentes y experimentados del universo jazzero de nuestro país.

Por las circunstancias que estoy explicando, las entrevistas resultaron aderezadas con el hecho de que las pudimos realizar con el público ahí presente (normalmente las hacemos al final de los conciertos, ya sin público), lo cual nos permitió hacer aún más cálida y especial la atmósfera de ocaso lluvioso, tardío y otoñal de aquella tarde en la Cámara de Diputados al poder conocer de primera mano y en conversación íntima las razones poéticas y musicales a través de las cuales se operó esa suerte de transfiguración vital producida por el efecto Bill Evans que cambia la vida de todo aquel que conoce su música, como fue el caso de Vega, Mercado y Puentes –y también mío, si se me permite– según me iban contando su experiencia y trayectoria.

Estaba listo entonces todo: la lluvia había parado ya, dejando para nosotros una atmósfera bella, evocadora y reclamante de abrigo, y la conversación entre Ricardo, Alex, Gabriel y yo nos había puesto en sintonía vital y biográfica para que diera inicio por fin la interpretación perfecta y sublime de principio a fin de las siete piezas que seleccionaron para estremecernos a todos: ‘Waltz for Debby’ de Bill Evans (álbum New Jazz Conceptions, de 1956), ‘We will meet again’ de Evans (álbum We will meet again, de 1979), ‘You must believe in spring’ de Michel Legrand (álbum You must believe in spring, de 1977), ‘Very early’ de Evans (álbum Moon beams, de 1962), ‘Bill’s hit tune’, de Bill Evans (álbum We will meet again, 1979), ‘Nardis’ de Miles Davis (álbum Portrait of Cannonball, de 1958) y ‘Time remembered’ de Bill Evans (álbum Loose blues, de 1962) con ‘Peri’s Scope’ (álbum Portrait in Jazz, de 1960) como encore.

Ahora caigo en cuenta de que este ha sido el primer concierto al que asisto en mi vida dedicado única y exclusivamente a Bill Evans, y tal vez sea esa la razón por la cual me ha resultado tan importante y estremecedor.

Yo sé muy bien en todo caso que son poéticas distintas las de la escritura y la música respectivamente, y que lo único que cuenta en realidad es haber estado ahí ya sea presencial o por lo menos virtualmente, además de que ya de hecho Nietzsche nos explicó que la última nos hace más proclives al repliegue dionisíaco por no haber en ella, en la música, algo así como una forma concreta que se pueda tocar o señalar con el dedo.

Pero yo no he querido sin embargo dejar de trasladar a estas letras mías, a título de homenaje subsecuente si se quiere, la atmósfera y “el sentimiento” –y pido perdón por el emotivismo inevitable y por eso las comillas, pero es que a esto es a lo que se refería Nietzsche precisamente– que aquél miércoles 5 de julio pasado nos envolvieron a todos los ahí presentes a través de las manos con las que se tributó este concierto inolvidable al que para mí es uno de los artistas más importantes de todos los tiempos, y que con una vida saturada yo no sé si de dolor, desolación tal vez pero sin duda alguna de adicciones destructivas que al final terminaron con su vida muy tempranamente en una suerte de suicidio lento y silencioso, demarcó una órbita configuradora de un universo único y exquisito y perfecto y que cambia vidas al conocerlo, tal como estoy seguro que ocurrió con quienes esa tarde tímida y lluviosa fuimos convocados para asistir a lo que terminó siendo para mí una bella, evocadora, perfecta, solemne y melancólica ceremonia.    

Here’s that rainy day