Política

Porfirio Muñoz Ledo. La herencia como conquista

4 de agosto, 2019.

Incansable polemista, y sabedor orgulloso de su talento. Miembro de una generación marcada por los efectos históricos y continentales de la Revolución mexicana y la Revolución cubana, y por sus lecturas de Spengler, Sartre y Malraux, lo mismo que por las de Carlos Marx, Hegel o Raymond Aron, y unificada intelectualmente, además -su generación-, por la lectura simultánea de los Breviarios del Fondo de Cultura Económica. Hombre intenso y apasionado por todo cuanto hizo y por todo cuanto era y es necesario someter a debate, y que como Zarco, Guillermo Prieto o Luis Cabrera quiere siempre poner a disposición pública sus ideas mediante artículos de prensa, entendidos como actividad constitutiva del hacer político, que por naturaleza es dialéctico.

Hijo de maestros formados en el nacionalismo revolucionario cardenista y en las escuelas de Vasconcelos, habiéndose formado él en escuelas públicas, en el Centro Universitario México y en la UNAM donde estudió Derecho, la carrera por excelencia de la clase política durante décadas. En Francia completó su formación intelectual en la época de las batallas por la descolonización, que fue también la de los grandes catedráticos (Raymond Aron, Sartre, Duverger) y las grandes discusiones sobre los destinos del mundo.

Fue discípulo teórico de Mario de la Cueva, y de vida de Jaime Torres Bodet, así como interlocutor de Haya de la Torre, de Mario Soares y Mitterand, y contemporáneo de Carlos Fuentes y Cuauhtémoc Cárdenas. Es un político de pies a cabeza que, como los estoicos, morirá con las botas puestas aunque lo embarga una cierta tristeza histórica por considerar que su promoción ideológica no logró en su momento sus objetivos políticos. A mí me dijo que si no redactaba sus memorias era porque hacerlo supondría su retiro.

Fruto genuino de la clase media del México postrevolucionario, tuvo siempre como guía de vida la confianza en el estudio y la convicción de que la educación es la única vía legítima para el perfeccionamiento humano y, sobre todo, para el escalamiento social. Ha dicho que en la administración o burocracia, ya sea pública o privada, se es algo pero que en política se es alguien, y que eso es lo fundamental. En 2009, cuando le pregunté sobre cuál o cuáles podrían ser para él los grandes problemas nacionales, a cien años de distancia del libro canónico de Molina Enríquez, su respuesta fue que ‘cuando ya tenemos nación, ya no tenemos Estado’.

Avecindado en sus primeros años citadinos en la Colonia del Valle, compartió la escuela básica con Miguel Alemán y el ingeniero Cárdenas, organizando luego a su generación, ya en la Universidad, bajo el rótulo de generación del Medio Siglo. Su carrera pública tuvo lugar en el sector social del Gobierno –Educación, Difusión de la Cultura, Seguridad Social y Trabajo–, habiendo destacado luego como parlamentario nacional e internacional, y como dirigente político. Un diplomático cubano contemporáneo suyo me contó en La Habana que en la Asamblea General de la ONU, en Nueva York, cuando hablaba Muñoz Ledo el silencio y la atención de la asamblea eran totales, y que por aquéllos tiempos se encontraba ya pergeñando, según se supo, una ruptura política fundamental en México.

A finales de la década de los ochenta del siglo pasado tuvo lugar esa ruptura, y junto con otros correligionarios dinamitó desde dentro el sistema político mexicano, produciendo la subsecuente reorganización política tanto del sistema como del Estado mexicano en su conjunto. Como resultado de aquéllas batallas, el  1 de diciembre de 2018 entregó en Sesión Solemne la Banda Presidencial a Andrés Manuel López Obrador, el presidente más votado de la historia de México. El esfuerzo, concentrado, arduo y prolongado, había dado el fruto. El objetivo estratégico y por tanto histórico es entonces ahora, podríamos pensar, regenerar la Nación y reconstruir el Estado.

Nació un 23 de julio de 1933, en la ciudad de México. Es uno de los más prominentes políticos mexicanos del siglo XX, y uno de los actores que con más peso, pasión, inteligencia y coraje  han influido en la configuración política de nuestro presente, y que ha dicho que la razón de ser de su vida ha sido probar que México es un país históricamente fundamental, y que además lo ha probado con hechos. 

El día de ayer, Porfirio Muñoz Ledo anunció su retiro de la presidencia de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados de la LXIV Legislatura. Hay muchas tareas y misiones aún, no obstante, por ser llevadas a vías de efecto. El trabajo y el deber, por tanto, siguen, como no podría ser menos. 

De él recuerdo y recordaré siempre dos cosas. Primero está la insistencia apasionada con la que me explicó que su vida ha estado guiada, en todo momento y hasta el final, por la consigna aquilea, malrauxiana y vasconcélica del repudio de la pequeñez. Después está la lección de su eterno maestro de vida -Jaime Torres Bodet- que me compartió, según la cuál la construcción de un Estado nacional debe hacerse con la misma paciencia, tesón, y con el mismo horizonte temporal con los que se construye una catedral, que puede ser tarea de siglos.

José Aricó dijo que no siempre en la historia se perfila una nueva generación. Porfirio Muñoz Ledo es el testimonio enhiesto y luminoso de una de ellas, y nadie nos garantiza que se repita, razón por la cual cobra entonces tanto sentido para nosotros la consigna dramática de que, así como con la libertad, toda herencia debe ser -porque no puede ser otra cosa que- una conquista. 

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